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Japón se encamina al desastre[1]

 

 

12 de julio de 1933

 

 

 

1. El mito de la invencibilidad

 

Las clases dominantes del Japón se encuentran en una situación tal que indudablemente los éxitos se les han subido a la cabeza. Encontraron la forma de supe­rar dificultades internas sin precedentes a través de una política exterior de conquistas y de amenazas o utilización de la fuerza. Han triunfado en todas partes. Con todo el cinismo del caso han violado los tratados internacionales y con el pretexto de fundar un estado independiente anexaron a un país enorme [Manchuria]. La Liga de las Naciones elabora incontables informes que no sirven para nada. Norteamérica guarda un silen­cio cauteloso. La Unión Soviética vira hacia una política de concesiones. Verdaderamente, parece que el Japón fuese invencible y sus amos estuviesen destinados a dominar no sólo al continente asiático sino también al mundo entero. Pero, ¿es realmente así?

 Hace menos de cuatro décadas la pequeña nación insular derrotó al gigante chino tanto por tierra como por mar. El mundo entero quedó atónito. Catorce días después de la firma del Tratado de Shimonoseki,[2] el famoso geógrafo alemán Richthofen afirmó que el Japón había alcanzado la "igualdad" y se había elevado al rango de una gran potencia. Diez años más tarde ocurrió un milagro aún mayor: el Japón derrotó rotundamente a la Rusia zarista. No muchos previeron tal desenlace. Entre los pocos que lo hicieron estaban los revolucionarios rusos. Pero, en aquellos tiempos, ¿a quién podía interesar lo que ellos dijeran? El prestigio del imperio fue elevándose en proporción a sus sorprendentes victorias sobre dos países vecinos cuya población conjunta era diez veces mayor a la suya.

La participación japonesa en la guerra mundial se redujo a las grandiosas operaciones policiales que se adelantaron en el Lejano Oriente y especialmente en el Mediterráneo. Pero su presencia misma en el bando victorioso, y el rico botín conquistado, contribuyeron a aumentar aun más el sentimiento de orgullo nacional dentro de las clases dominantes japonesas. Los "veintiún mandamientos" impuestos en China a comienzos de la guerra -después de que el Japón había roto los tratados humillantes- mostraron ante el mundo la voracidad del imperialismo japonés.

El memorándum del general Tanaka[3] escrito en 1927, exponía un programa elaborado en el que las ambiciones nacionales alcanzaban la máxima expresión de megalomanía. ¡Documento asombroso! Las desmen­tidas oficiales no debilitan un ápice su poder de convic­ción, es imposible fraguar esa clase de documentos. Y, de todas maneras, la política exterior japonesa de los últimos dos años es una prueba irrefutable de la autenticidad del documento.

La conquista de Manchuria fue realizada por fuerzas relativamente insignificantes: cuatro o cinco divisiones, que sumaban escasamente cincuenta mil efectivos, con apoyo aéreo y bombarderos, se concentraron rápida­mente en Manchuria. La intervención se pareció más a un operativo de instrucción militar que a una guerra. ¡Tanto más grande el "honor" del estado mayor de Tokio!

No obstante, la invencibilidad militar de Japón es un mito piadoso que, aunque hasta el momento ha rendido grandes ganancias, en última instancia se estrellará inexorablemente contra la realidad. Hasta ahora Japón no tuvo oportunidad de medir sus fuerzas con las de las naciones avanzadas. Sus éxitos, por bri­llantes que sean, derivan de la superioridad del atraso frente al gran atraso. El principio de la relatividad es tan valido en el terreno militar como en cualquier otro. Hubo una época en que el imperio de los zares parecía ir de conquista en conquista; el remoto princi­pado de Moscovia se transformó en uno de los estados más poderosos del mundo, que se extendía sobre dos continentes, desde el Atlántico hasta el Pacífico. Todos los manuales escolares calificaban de invencibles a los ejércitos del zar. Empero, la verdad es que la vieja Rusia, basada en un campesinado semiservil, sólo obtuvo victorias reales y duraderas en la lucha contra las tribus semibárbaras del Asía Central y del Cáucaso y contra estados en descomposición interna, como la Polonia gobernada por la szlachta (nobleza feudal) o la Turquía de los sultanes. En general, a partir de la Revolución Francesa, el ejército zarista fue la personi­ficación del desmoronamiento y la impotencia. Es cierto que entre 1907 y 1914 se reformó y fortaleció el ejército y la marina, con ayuda de las dumas patrió­ticas. Pero la prueba de la guerra mundial trajo consigo la amarga desilusión: el ejército ruso obtuvo victorias técnicas mientras tuvo que enfrentarse con las fuerzas centrífugas del imperio austro-húngaro; en la escala más amplia de la guerra en su conjunto, el ejército mostró nuevamente su ineptitud.

Los coeficientes que indican la fuerza relativa de los ejércitos deben determinarse en cada caso particu­lar; no se puede tomar como base las supuestas cuali­dades inmutables de "la raza" sino la combinación de ciertos factores sociales e históricos: los recursos naturales del país, el nivel de su desarrollo económico, las relaciones entre las clases y las cualidades del propio ejército: el material humano que conforma sus efectivos, el cuerpo de oficiales, sus armas y pertre­chos, el cuerpo de mando. Expresando este concepto en el lenguaje de las cifras -sólo para ilustrar la idea porque, desde luego, las cifras no pretenden ser precisas - podemos decir que, en cuanto a capacidad de combate, la relación entre el ejército ruso de 1914 y el ejército ruso de 1907 era por lo menos de tres a uno. No obstante lo cual, su relación con el ejército alemán era aproximadamente de uno a tres. Asimismo, así como a principios de siglo el ejército japonés era dos o tres veces mejor que el ejército zarista, ello no impide que sea inferior, en la misma proporción, a las fuerzas armadas de los países adelantados.

Es innegable que, desde la época de la guerra con Rusia, el Japón ha progresado económica y cultu­ralmente lo suficiente como para que su armamento esté a tono con el nivel alcanzado por la tecnología mundial. Sin embargo, este criterio aislado es sumamente engañoso. La verdadera capacidad militar de un ejército no reside en las armas exhibidas en los desfiles o amontonadas en los arsenales sino en las que están implícitas en el poderío productivo de la industria del país. La industria japonesa vivió una expansión extraordinaria durante la guerra y luego retrocedió drásti­camente en las crisis de posguerra. El militarismo Japonés quiere vivir de las ilusiones engendradas por el boom de la guerra, ignorando el disloque de la economía y devorándose la mitad del presupuesto nacional. Las relaciones entre el militarismo japonés y la economía nacional por un lado y entre la industria del Japón y la de sus enemigos potenciales por el otro nos dan índices de excepcional importancia, si no absoluta­mente decisivos, para analizar las perspectivas que enfrentan los distintos bandos en una guerra futura. Y para el Japón dichos índices son sumamente desfa­vorables.

De acuerdo al memorándum del general Tanaka-y también según la lógica de la situación - el imperio del Mikado tiene previstas dos guerras: una contra la URSS y otra contra Estados Unidos.

El escenario de aquélla sería el más grande de los continentes; el de ésta, el más ancho de los océanos. Ambas guerras suponen operaciones sobre vastas extensiones de tierra que abarcarían, por consiguiente, lapsos considerables de tiempo. Pero cuanto más prolongada sea la guerra, mayores serán las ventajas de un pueblo armado sobre un ejército destacado, de la industria en su conjunto sobre las fábricas de muni­ciones, de la realidad cultural y económica sobre las maniobras estratégicas.

El ingreso nacional per cápita del Japón es de sólo 175 yen, varias veces menor que el de los países europeos, y ni hablar del norteamericano; es, por lo menos, un tercio más bajo que el de la URSS. La industria japonesa es fundamentalmente una industria ligera, esto es, atrasada. Los obreros textiles constitu­yen el 51 por ciento del total, mientras que los meta­lúrgicos y los constructores de maquinaria apenas ascienden al 19 por ciento. Estados Unidos consume 1413 kilogramos de acero por persona; los países de Europa occidental, 612; la Unión Soviética, más de 192; Japón, menos de 165. Y la guerra moderna se libra con metales. Admitamos que Manchuria le abre grandes perspectivas a la industria japonesa. Pero las grandes perspectivas requieren grandes inversiones de capital y de tiempo. Y aquí hablamos en términos de lo que existe y de lo que no puede alterarse profundamente en pocos años.

Además, los combatientes son hombres, no máqui­nas. Todo demuestra que a Japón no le va mejor en el terreno de los recursos humanos que en el de los obje­tos inanimados.

El ejército japonés, construido en base al viejo modelo prusiano, contiene, exagerados, todos los vicios del ejército Hohenzollern y ninguna de sus virtudes. El mismo Bismarck dijo una vez que se puede copiar los reglamentos prusianos pero no se puede falsificar un teniente prusiano. Más difícil todavía es falsificar un soldado prusiano.

Además, el militarismo también debe pagar por el nivel de vida extremadamente bajo de las masas popu­lares. Japón es la tierra de la tuberculosis y toda clase de enfermedades derivadas de la desnutrición. La tasa de mortalidad es la más alta de los países avanzados y aumenta año tras año. La guerra moderna exige algo más que estar dispuesto a morir en manada; requiere, antes que nada, resistencia individual, habilidad física, nervios de acero. Las cualidades que permitieron a Japón vencer a los chinos y a los rusos son las virtudes del viejo Japón: una organización centralizada y moderna que transformó la sumisión feudal en disci­plina militar. El ejército japonés carece de cualidades como la iniciativa, la inventiva y la capacidad de tomar decisiones propias, y no tiene dónde buscarlas. El régi­men militar feudal jamás podía fomentar el desarrollo de la personalidad. Ni la aldea oprimida y empobrecida ni la industria japonesa, principalmente la textil, en la que predomina el trabajo femenino e infantil, pueden proporcionar soldados capacitados para ponerse a tono con la tecnología moderna. Una gran guerra mostrará la veracidad de esta afirmación.

Este ensayo de ninguna manera quiere sugerir que la guerra con Japón seria cosa fácil o que no es aconsejable negociar con este país. Consideramos que la política extremadamente pacífica -a veces aparentemente demasiado conciliatoria- del gobierno soviético hacia Japón es esencialmente correcta. Pero que haya guerra o paz no depende, por naturaleza, de un solo bando sino de dos. Tanto la política que tiende a buscar la paz como la política beligerante deben basarse en una apreciación realista de la relación de fuerzas. Y en ese sentido, la idea hipnótica de la supuesta invencibilidad de Japón ya pasó a ser un fac­tor muy importante en las relaciones internacionales. Del mismo modo, a principios del siglo XX el exceso de confianza de la camarilla petersburguesa llevó a un enfrentamiento militar. El estado de ánimo de la cúpula gobernante japonesa recuerda el estado de ánimo que imperaba en la burocracia zarista en vísperas de la guerra ruso-japonesa.

 

2. Guerra y revolución

 

La era de la transformación japonesa, que se inició en 1868 -poco después de la época de las transfor­maciones en Rusia y de la Guerra Civil de Estados Unidos- refleja el instinto de supervivencia de las clases dominantes; no fue, como dicen algunos autores, una "revolución burguesa", sino el intento burocrá­tico de sobornar a esa revolución.

Rusia, cuyo desarrollo fue tardío, y que recorrió el mismo camino histórico que Occidente en un lapso mucho más breve, necesitó tres siglos para pasar de la liquidación del aislamiento feudal bajo Iván el Terrible, pasando por la occidentalización bajo Pedro el Grande, hasta las primeras reformas liberales de Alejandro ll.[4] La llamada Restauración de Meiji, incorporó, en un par de décadas, los rasgos fundamentales de esas tres grandes eras del desarrollo ruso. Tratándose de una marcha tan forzada, el desarrollo cultural no podía ser homogéneo en todos los terrenos. Al mismo tiempo que aplicaba la tecnología moderna -sobre todo militar-para obtener resultados prácticos a toda carrera, ideológicamente Japón permanecía sumergido en la Edad Media. Esa combinación apresurada de Edison con Confucio ha dejado su marca en toda la cultura japonesa.

La tan trillada aseveración de que los japoneses, "por naturaleza", son capaces de imitar pero no de crear ni siquiera merece refutarse. Toda nación en vías de desarrollo, como todo joven artesano, escritor o artista, empieza su carrera imitando, que es una forma de aprender. Sin embargo es cierto que, al menos por el momento, todas las esferas de la vida intelectual japonesa se caracterizan por cierto empirismo imitativo. La fuerza de sus estadistas reside en su realismo cínico, combinado con una formidable incapacidad de generalización. Pero aquí reside, también, su debili­dad, no tienen la menor idea de las leyes que gobiernan el desarrollo de las naciones modernas, incluida la suya. El documento programático de Tanaka es asom­broso por la combinación de una perspicaz penetra­ción en los aspectos empíricos del problema con la ceguera respecto de la perspectiva histórica. Tanaka toma como base de su "programa sagrado" de conquis­tas al "testamento" imaginario del emperador Meiji, y luego expone el desarrollo futuro de la humanidad como una espiral creciente de anexiones japonesas. Con los mismos objetivos, el general Araki[5] utiliza los principios morales del sintoísmo, la religión del Mikado. Si personas de semejante catadura inte­lectual son capaces en determinadas circunstan­cias, de obtener éxitos formidables, no serán menos capaces de hundir a su país en un desastre de mag­nas proporciones.

Ningún estado moderno llegó a su forma actual sin haber pasado por una revolución o una serie de ellas. En cambio, el Japón contemporáneo no pasó por una reforma religiosa, ni por una era de iluminismo, ni por una revolución burguesa, ni por una verdadera escuela democrática. La dictadura militar fue, en cierta medida, beneficiosa para el joven capitalismo japonés al garantizar la unidad en política exterior y una disci­plina implacable en el interior. Pero ahora, la existencia de poderosos rasgos feudales se ha convertido en un freno terrible para el desarrollo del país.

La servidumbre feudal del campesinado no sólo se mantiene intacta; la presión del mercado y el tesoro estatal la han incrementado en forma monstruosa. Los campesinos arrendatarios pagan a los terratenientes alrededor de 750 millones de yen por año. Para com­prender el significado de esta suma basta recordar que el campesinado ruso, que supera numéricamente al japonés en un 250 por ciento, pagaba a los terratenien­tes menos de medio millón de rublos, y ese tributo fue suficiente para irritar al mujik hasta el punto de lle­varlo a realizar una revolución agraria de inmensa envergadura.

Los usos de la servidumbre agraria se han exten­dido a la industria: jornada laboral de once o doce horas, barracas que sirven de vivienda a los obreros, salarios miserables y dependencia servil del obrero respecto de su patrón. A pesar de la energía eléctrica y el avión, las relaciones sociales están impregnadas de espíritu medieval. Tengamos en cuenta que en el Japón contemporáneo subsiste la casta de los parias.

En virtud de las circunstancias históricas, la burguesía japonesa entró en la etapa de expansión agre­siva sin haber roto con la servidumbre medieval. Este es el origen del mayor peligro que acecha al Japón; la estructura militarista está erigida sobre un volcán social. En la caída del zarismo -fenómeno que los asesores del Mikado deberían estudiar con todo cuidado- las nacionalidades oprimidas, que consti­tuían el cincuenta y tres por ciento de la población del viejo imperio ruso, desempeñaron un papel de gran importancia. La homogeneidad de la madre patria seria una gran ventaja para Japón si su industria y su ejér­cito no dependieran de Formosa, Corea y Manchuria. Sumando la población de Manchuria, hay ahora casi cincuenta millones de chinos y coreanos oprimidos contra sesenta y cinco millones de japoneses. Esta poderosa reserva revolucionaria constituirá un gran peligro para el régimen en caso de guerra.

Las huelgas de campesinos arrendatarios, el terro­rismo agrario, los intentos de los campesinos de ligarse a los obreros, son todos signos inconfundibles de la revolución que se avecina. A estos síntomas se suman otros, quizás menos espectaculares pero igualmente claros. Cunde el descontento entre la intelectualidad, de cuyas filas provienen los oficiales y los funciona­rios del gobierno. Las organizaciones ilegales poseen células en todas las escuelas y universidades. La bur­guesía está encolerizada con sus militares, pese a que depende totalmente de ellos. Los generales echan pestes contra sus aliados capitalistas. Cada uno está furioso con los demás.

Los soldados profesionales, descendientes o imita­dores del samurai buscan vincularse con el campesi­nado rebelde por medio de consignas demagógicas, al estilo del nacionalsocialismo alemán. Pero esos vínculos son artificiales y no pueden ser duraderos. Los samurai quieren volver atrás. Los campesinos esperan una transformación agraria. En caso de produ­cirse una guerra a gran escala, los oficiales profesio­nales quedarían desplazados por una masa de oficiales de reserva y de otros improvisados provenientes de la intelectualidad: de allí surgirán los dirigentes revo­lucionarios del campesinado y del propio ejército. Esto, que es válido para las fuerzas de tierra, se aplica en mayor grado a la marina. Dentro de los cascos de acero de las naves militares, los resabios feudales adquieren una fuerza explosiva. ¡ Recordemos las revoluciones rusas de 1905 y 1917 y la alemana de 1918!

En síntesis. Japón es más débil económicamente que cualquiera de sus posibles adversarios en una gran guerra. La industria japonesa no estará en condiciones hasta dentro de varios años, de proveer de armas y pertrechos a un ejército de millones de efectivos. El sistema bancario japonés, incapaz de sostener el peso del militarismo en tiempos de paz, se derrum­baría al comienzo mismo de una gran guerra. El soldado japonés no está a la altura de las necesidades de la tecnología y la guerra modernas. La población es profundamente hostil al régimen. Los objetivos de conquista no bastan para unificar a una nación dividida. Con el llamado a filas, cientos de miles de revolucio­narios, actuales o potenciales, ingresarían al ejército. Corea, Manchuria, y tras éstas China, demostrarían en la acción el odio mortal que sienten por el yugo japo­nés. La constitución social del país se ha desgastado; las grampas se abren. Encorsetado en la dictadura mili­tar, el Japón oficial tiene un aspecto imponente, pero la guerra no tardaría en barrer implacablemente esos mitos e ilusiones.

No hemos hecho la comparación entre el ejercito japonés y el Ejército Rojo: eso seria tema de otra discu­sión. Pero, aunque se distorsionen los hechos en favor de Japón y se postule una supuesta igualdad de recur­sos materiales, subsistirá una profunda diferencia en el terreno de la moral militar. La historia nos demuestra que las derrotas militares dan lugar a revoluciones; pero también nos enseña que las revoluciones victo­riosas, que despiertan al pueblo y templan su espíritu, le imparten un dinamismo y una energía enormes en el campo de batalla.

En bien de ambos pueblos, y de la civilización en su conjunto, esperemos que los militaristas japoneses no jueguen con su suerte.



[1] Japón se encamina al desastre. Biulleten Opozitsi, Nº 38-39, febrero de 1934. Traducido [al inglés] por George Saunders. La revista Liberty, en su edición del 18 de noviembre de 1933 publicó una versión, que Trotsky juzgó inexacta, con el título Will Japan Commit Suicide? (¿Se suicidará el Japón?) Una nota editorial del Biulleten afirma que el artículo "fue escrito hace más de un año y medio para la prensa burguesa y apareció en la prensa de más de diez países", pero la fecha que aparece al final del articulo es el 12 de julio de 1933.

[2] El Tratado de Shimonoseki. Firmado en 1895, puso fin a la guerra china japonesa de 1894-1895.

[3] El barón Gichi-Tanaka (1863-1929): primer ministro de Japón en 1927, cuando elevó el emperador un "Memorándum" en el que exponía en detalle un programa de expansión imperialista japonesa, empeñando por el control de Manchuria y llegando a dominar gradualmente la China, Indonesia, los archipiélagos del Mar del Sur, las Provincias Marítimas de la URSS, la India y toda la cuenca del Pacífico. En 1940, poco antes de morir, Trotsky escribió un artículo, El memorándum de Tanaka, donde explica cómo el servicio de espionaje soviético obtuvo una copia del documento a mediados de la década del 20 (ver Escritos 1939-1940).

[4] Ivan IV (el Terrible): vivió entre 1533 y 1584; Pedro I (el Grande): de 1682 a 1725; Alejandro II: de 1855 a 1881.

[5] El general Sadao Araki (1877-1966): combatió en la guerra ruso-japonesa y en la Primera Guerra Mundial. Fue ministro de guerra de 1932 a 1934; miembro del consejo asesor del gabinete de 1937 a 1938; ministro de educa­ción de 1938 a 1940. En 1948 fue sentenciado a prisión perpetua por sus críme­nes de guerra pero recupero la libertad en 1955.



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