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Hitler y el desarme[1]

 

 

2 de junio de 1933

 

 

 

La rutina diplomática tiene sus ventajas mientras los hechos se desarrollan por sus viejos cauces. Ante hechos nuevos de gran magnitud, está perdida. Es su­mamente peligroso subestimar al enemigo simplemen­te porque su sistema rompe la rutina. ¡ Afirmar que Hi­tler es un demagogo, un histérico y un actor es cerrar los ojos para no ver el peligro! Se necesita algo más que histeria para tomar el poder, y debe haber método en la locura nazi. ¡ Ay de quienes no perciban este hecho antes de que sea tarde! Los dirigentes de las organiza­ciones obreras alemanas se negaron a acordarle impor­tancia a Hitler: al tachar su programa de reaccionario y utópico resultaron incapaces de evaluar su fuerza. Hoy, como fruto de su horrendo error, sus organizaciones es­tán hechas pedazos. El mismo error podría repetirse en el terreno de la política mundial.

El 17 de mayo Hitler respondió a Roosevelt y a las grandes potencias con su discurso de paz ante el Reichstag. Hasta ese momento muchos creían que Hitler atacaría violentamente el Tratado de Versalles y que trataría de hacerle a Europa lo mismo que hizo con el edificio del Reichstag, la literatura marxista y las tiendas judías. Nadie sabía de dónde vendría el rayo ni dónde golpearía. ¿Pudo alguien predecir con veinticuatro horas de anticipación que los sindicatos serían aplastados según todas las reglas que rigen el asalto de los gángsters a un banco? Y, de repente, se escucha el arrullo de la paloma.

El discurso de Hitler en el Reichstag, en virtud de inesperado pacifismo, dejó atónitos a todos los ob­servadores. Así logró su objetivo más inmediato. Siem­pre resulta conveniente tomar al enemigo por sorpresa. En esta ocasión Hitler logró su primer éxito y dejó a sus adversarios en una posición francamente embarazosa. Diplomáticos de gran experiencia se tranquilizaron a medias ante un par de frases pacifistas astutas, des­pués del susto que les provocaron los sanguinarios rugi­dos de Papen. John Simon observó con gratitud en el discurso del canciller el tono moderado del estadista. Lo propio hizo Austen Chamberlain[2] El Morning Post, al trazar el contraste entre Hitler y Papen, descubrió que la declaración tenía "la suave tonada del sur" y toda la prensa afirmó que la atmósfera se había vuelto, repentinamente, menos tensa. Al mismo tiempo, todos analizaron y explicaron la suave tonada en estos o parecidos términos: Mussolini, diplomático astuto, hizo entrar en razón a Hitler, la presión de Washington in­dudablemente tuvo su influencia y, en consecuencia, es obvio que la política de desarme cuenta con mejores posibilidades. ¡Gran error! El secreto psicológico de tanto griterío es fácil de descubrir: el que espera en­contrarse con un loco agitando un hacha y, en cambio, se encuentra con un hombre portando una pistola al cinto no dejará de experimentar una sensación de alivio. Pero no por ello es menos peligrosa la pistola que el hacha.

Al mismo tiempo, no faltan los desconfiados para quienes la declaración de Hitler es sólo una maniobra circunstancial provocada por la reacción desfavorable que suscitó el discurso de Papen: engañará a la opinión pública durante un par de semanas; después, veremos. ¡Demasiado simplista! Es posible que la arenga ame­nazadora de Lord Hailsham[3] en respuesta al discurso de Papen haya motivado la intervención de Hitler. Pero todo esto tiene que ver con el orden y el tono de las de­claraciones, vale decir, solamente con el aspecto téc­nico. Sin embargo las fintas diplomáticas ocultan facto­res y planes mucho más profundos. Aceptar a pie jun­tillas la declaración de pacifismo de Hitler sería tan fal­so como aceptar a la ligera, sin comprender su conteni­do la caracterización de "demagogo". El problema po­lítico consiste en establecer las conexiones internas en­tre la declaración de Hitler y sus verdaderos planes, vale decir, en tratar de descubrir de qué manera la Alemania fascista espera lograr los objetivos que no puede nombrar ni nombrará. Ya el pasado demostró con suficiente claridad que si hay mucho de fantástico y delirante en la política del nacionalsocialismo, eso no significa que Hitler sería incapaz de sopesar la reali­dad: su fantasía y su delirio se adecuan perfectamente a sus verdaderos objetivos políticos. Este es nuestro punto de partida para evaluar la política del nacional­socialismo, tanto la interna como la exterior.

Las ideas filosóficas e históricas en las que se basó el discurso de Hitler sobre el desarme son de una mediocridad realmente lamentable. La necesidad de readaptar las fronteras nacionales de Europa a las fron­teras de sus razas es una de esas utopías reaccionarias de las que el programa nacionalsocialista está repleto. La Europa contemporánea no se descompone económi­ca y culturalmente en virtud de sus fronteras nacionales imperfectas sino porque el viejo continente está recor­tado en todas las direcciones por muros aduaneros, se­parado por el desorden de los sistemas monetarios víc­timas de la inflación, aplastado por el militarismo que Europa necesita para garantizar su desmembramiento y su decadencia. Si se corrieran las fronteras internas unas decenas o cientos de millas, en una u otra direc­ción, la situación cambiaría poco, aunque el numero de víctimas humanas superaría ampliamente la población de las zonas en disputa.

Cuando los nacionalsocialistas aseguran que renun­cian a la "germanización" no quiere decir que renun­cien a las conquistas, porque una de las ideas centrales y más importantes de su programa es la ocupación de inmensos territorios "en el este" para enraizar allí a un fuerte campesinado alemán. No es casual que las declaraciones pacifistas, al abandonar repentina e inesperadamente el terreno de la separación "ideal" de las razas, adviertan en tono semiamenazante que la "superpoblación de Europa occidental" puede ser ori­gen de futuros conflictos. Hitler propone una salida al problema de la superpoblación de Europa, principalmente la de Alemania: el este. Cuando, al lamentar lo injusto del trazado de la frontera germano-polaca, de­claró que no habría dificultad en encontrar "en el este" una solución capaz de satisfacer tanto "los reclamos de Polonia" como "los derechos legítimos de Alemania", lo que tenía en mente no era otra cosa que la anexión de territorios soviéticos. En este sentido, renunciar a la germanización significa afirmar el principio de la posición privilegiada de la "raza" germana como casta se­ñorial en los territorios ocupados. Los nazis se oponen a la asimilación, no a la anexión. Prefieren exterminar a los pueblos "inferiores" conquistados antes que ger­manizarlos. Afortunadamente, por el momento se trata sólo de conquistas hipotéticas.

Cuando Hitler afirma con indignación que se ha transformado al gran pueblo alemán en una nación de segundo orden, y que ello viola los intereses de la solidaridad internacional y el principio de la igualdad de los pueblos, simplemente trata de impresionar. Toda la filosofía de la historia de los nacionalsocialistas parte de la desigualdad supuestamente fundamental de las naciones y del derecho de las razas "superiores" a pisotear y exterminar a las "inferiores". Por supuesto, los alemanes ocupan un lugar prominente entre estos pueblos superiores. Visto en su conjunto, el programa hitleriano para la reconstrucción de Europa es una mezcolanza utópico-reaccionaria de mística racial y canibalismo nacional que no resiste la menor crítica. Sin embargo, el objetivo primario de la dictadura fas­cista no es realizar este programa sino restablecer el poderío militar de Alemania. Sin ello es imposible hablar de programa alguno. Sólo desde este punto de vista el discurso de Hitler sobre el desarme presenta cierto interés.

El programa de Hitler es el programa del capitalis­mo alemán, agresivo pero maniatado por el Tratado de Versalles y por los resultados de la guerra mundial. Esta combinación de fuerza potencial y debilidad real explica el carácter extremadamente explosivo del nacio­nalsocialismo y la gran prudencia de los primeros pa­sos tendientes a lograr dichos objetivos. Hoy Hitler puede hablar de aflojar y desatar gradualmente los nudos, no de hacerlos pedazos.

Cualquier revisión de los tratados, sobre todo de las cláusulas referidas al sistema armamentista, signi­ficaría una modificación en la relación de fuerzas: Alemania tendría que fortalecerse, Francia que debilitarse. Fuera de esto, el problema de la revisión no le importa para nada a Alemania. Por otra parte, resulta bastante claro que los gobernantes franceses no acep­tarán ningún cambio que debilite su posición en bene­ficio de Alemania. Es por eso que los nazis consideran que toda política basada en un cambio de la situación internacional de Alemania a través de un acuerdo con Francia es ilusoria y fantástica. De esta convicción que, como veremos más adelante, constituye la base de toda la actividad política de Hitler surge la inevitabilidad de un nuevo conflicto entre Alemania y Francia. Pero no hoy, ni mañana. Esta es la "corrección" respecto del problema del tiempo que aparece en la declaración de Hitler y en este sentido no es sólo un "ardid". Cuando Goering incendió el Reichstag[4] arriesgó tan sólo las cabezas de sus agentes. El incendio premeditado de Europa es una empresa un poco más ardua. Alemania no está en condiciones de ir a la guerra. Está desar­mada. No es una frase; es un hecho. Una banda de estudiantes con sus gafas y de trabajadores desocupa­dos portando el brazalete con la esvástica no puede sustituir al ejército Hohenzollern. Es cierto que Hitler podrá violar parcialmente tal o cual obligación arma­mentista. Pero no tomará ninguna medida a gran esca­la susceptible de hacerle violar las prohibiciones de Versalles en forma abierta y flagrante. Sólo una "afor­tunada" combinación de circunstancias, por ejemplo algún roce entre los estados fuertemente armados de Europa, le permitiría al nacionalsocialismo adoptar en un futuro próximo medidas drásticas en el terreno de la política exterior. Faltando esto, Hitler se verá obligado a limitarse a las grandes maniobras diplomáticas y al contrabando militar en pequeña escala en el interior.

A pesar de su aspereza, la lucha de los nazis en Austria y en Danzig no entra en conflicto con el pro­grama de acción reseñado más arriba. En primer lugar, el crecimiento del nacionalsocialismo en Austria es un hecho inevitable, sobre todo después de la victoria de los nazis en Alemania. Las reacciones en otros países contra la hitlerización de Austria sólo fortalecerán la oleada fascista. Al ganarse a Austria desde adentro, Hitler se crea una base de apoyo auxiliar bastante im­portante. Las complicaciones internacionales a que esto dará lugar no se conciliarán fácilmente con el Tratado de Versalles. Evidentemente, Hitler sabe que su política puede estrellarse no sólo contra argumentos sacados de un texto sino también contra el argumento de la fuerza. Le es necesario mantenerse en una posición que le permita batirse en retirada, y tendrá tiempo para ello sí convierte sus posiciones en Austria y en Danzig en moneda para las transacciones internacionales.

Su fuerza potencial no compensa la debilidad actual de Alemania. Sí la Alemania de los Hohenzollern asu­mió la tarea de "organizar Europa" para proceder des­pués a un nuevo reparto del mundo, la Alemania con­temporánea, arrojada por la derrota al fondo de la esce­na, se ve obligada a asumir una vez más las tareas que la Prusia de Bismarck realizó hace muchos años: lograr el equilibrio de Europa como etapa previa a la unifica­ción de todos los territorios germanos. El programa práctico de Hitler está limitado actualmente por el horizonte europeo. Los problemas continentales y oceánicos están fuera de su campo visual y sólo le preo­cuparán en la medida en que afecten a los problemas internos de Europa. Hitler habla exclusivamente en términos defensivos: lo cual corresponde perfectamen­te a la etapa que debe atravesar el militarismo alemán en el proceso de su renacimiento. Si el principio militar -un buen ataque constituye la mejor defensa- es justo, no lo es menos el principio diplomático -la mejor manera de preparar el ataque es cuidar la defensa-. A propósito recuerdo que Brockdorff-Rantzau,[5] hombre amante de las paradojas, me dijo una vez en Moscú: Si vis bellum para pacem [Si quieres la guerra prepárate para la paz].

Hitler cuenta con el apoyo de Italia y, con ciertas limitaciones, lo tiene asegurado, no tanto por la seme­janza de los respectivos gobiernos -es bien sabido que la concepción del Tercer Reich germánico puro es un plagio a los latinos - como por el paralelismo de muchas de sus respectivas aspiraciones nacionales. Pero no le alcanzará al imperialismo alemán la muleta italiana por sí sola, para ponerse de pie. Sólo el apoyo de Inglaterra le puede dar a la Alemania fascista la necesaria libertad de movimiento. Por eso, ¡nada de aven­turas, nada de declaraciones con resabios aventure­rístas! Hitler es consciente de que todo golpe contra Occidente (un golpe contra Polonia golpearía de rebote a Occidente) estrecharía inmediatamente los vínculos entre Inglaterra y Francia y obligaría a Italia a desple­gar una gran cautela. Cualquier acto prematuro, impru­dente, arriesgado de venganza política provocaría en seguida el aislamiento de Alemania -dada su impoten­cia militar- y le impondría una nueva capitulación hu­millante. Los nudos del Tratado de Versalles se ajus­tarían aun más. Un acuerdo con Inglaterra requiere una dosis de autolimitación. Pero París -y justamente de París se trata- bien vale una misa.[6] Así como el acuerdo con Hindenburg, logrado por intermedio de Papen, permitió a Hitler realizar su golpe de estado me­diante una interpretación de la Constitución de Wei­mar, un acuerdo con Inglaterra, por intermedio de Ita­lia, permitirá a Alemania violar y destruir ’legalmen­te" el Tratado de Versalles. Es necesario interpretar en este sentido la declaración pacifista que el canciller pronunció ante el Reichstag el 17 de mayo. El pacifis­mo de Hitler no es una improvisación diplomática for­tuita sino un componente vital de la gran maniobra destinada a cambiar radicalmente la relación de fuerzas en favor de Alemania y sentar las bases para la ofensiva europea y mundial del imperialismo germano.

Esta es sólo una parte, la parte negativa, del pro­grama de Hitler. Al abstenerse de realizar actos de venganza prematuros, en esencia sólo continúa la polí­tica de Stresemann;[7] pero no basta para lograr el apoyo activo de Inglaterra. La declaración del 17 de mayo indica claramente cuál es el otro aspecto, el posi­tivo, del programa nazi: la lucha contra el bolchevismo, no tanto la disolución de las organizaciones proletarias alemanas como la guerra contra la Unión Soviética. En estrecha ligazón con el programa de expansión hacia el este, Hitler asume la tarea de proteger de la barbarie bolchevique la civilización europea, la religión cristia­na, las colonias británicas y otros valores morales y materiales. Al lanzarse a esta cruzada espera obtener para Alemania el derecho de armarse. Hitler está con­vencido de que en la balanza británica pesa menos el peligro que representa el fascismo alemán para Europa occidental que el peligro de los soviets bolcheviques en Oriente. Esta caracterización es la clave más impor­tante para comprender la política exterior de Hitler.

La más importante, mas no la única. La dictadura nacionalsocialista aprovechará no sólo la contradicción entre Occidente y Oriente sino también los antagonis­mos que se desarrollan en el seno de Europa occidental, y que son bastante numerosos. Al oponerse a la resu­rrección de Austria-Hungría, Hitler compromete a Ale­mania a dedicar una atención especial a los "jóvenes estados nacionales de Europa". Busca palancas auxi­liares para restablecer el equilibrio europeo, proponien­do para ello que los estados pequeños y débiles se agru­pen en torno al vencido, no al vencedor. Así como en su política nacional el nacionalsocialismo reunió bajo su bandera a todos los sectores desesperados y armados para someterlos mejor a los intereses del capital monopolista, en su política exterior Hitler tratará de crear un frente único de los vencidos y damnificados para aplastarlos tanto más implacablemente en el futuro bajo la bota del imperialismo alemán.

Hitler aceptó de tan buena gana el programa inglés de reducción de armamentos, sólo porque cuenta, de antemano y con plena certeza, con el fracaso del mismo. No necesita desempeñar el odioso papel de se­pulturero de las propuestas pacifistas; prefiere que otros cumplan esa función. Por esa misma razón no le escatima al presidente norteamericano un "cálido reco­nocimiento" por su declaración en favor de la limitación de armamentos. Cuanto más y mejor conozca el mundo el programa armamentista, cuanto más estrepitoso sea su inevitable fracaso, más incuestionable será el dere­cho de Alemania a rearmarse. No, Hitler no se apresta a derogar Versalles mediante la violencia - ¡para ejercer la violencia es necesario ser poderoso! -. Pero cuenta firmemente con la perspectiva de que apenas fracase el plan británico que él "apoya", Inglaterra e Italia apoyarán con todas sus fuerzas el derecho de Alemania a fortalecer su defensa... contra el Este. ¡Nada más que defensa y sólo contra el Este!

Un lector escéptico, o simplemente cauteloso, dirá que nuestra interpretación del programa de Hitler es, en el mejor de los casos, una hipótesis plausible, pero imposible de verificar. Respondemos: el programa surge de la lógica inexorable de las circunstancias, y tratándose de problemas políticos de gran magnitud siempre hay que suponer que el adversario hará la ju­gada más fuerte. La dificultad de documentar la hipótesis que desarrollamos más arriba reside en que la literatura de oposición al nacionalsocialismo es en extremo abundante y contradictoria, mientras que la actividad del gobierno es, en la actualidad, escasa y de objetivos a corto plazo. El autor conocía muy bien esta dificultad cuando se puso a trabajar. Pero, en el mo­mento oportuno, debido a un feliz accidente, llegó a sus manos un documento político de extraordinario valor.

Nos referimos a una "Carta abierta" de Hitler a Papen, publicada en forma de panfleto el 16 de octubre de 1932. Esta "Carta", cuyo tono es fuertemente po­lémico, no llamó la atención fuera de Alemania. ¡Los dirigentes del nacionalsocialismo hablan y escriben de­masiado! No obstante, la misma tendría que haber lle­gado al gabinete de trabajo de todo diplomático o pe­riodista que se ocupe de estudiar la política exterior de Alemania. Recordemos la situación política que existía en el momento de publicarse el panfleto. Papen era canciller. Hitler, en la oposición, estaba a la expecta­tiva: es decir, el lapso que va del 13 de agosto, cuando Hindenburg se negó a nombrarlo jefe de estado, al 30 de enero, fecha en que el mariscal se vio obligado a entregarle el mando de Alemania. La "Carta abierta" no iba dirigida a las masas sino a las clases dominantes y su objetivo era demostrarles que los métodos burocrá­ticos no bastaban para salvar el régimen social de Alemania, que sólo los nacionalsocialistas tenían un pro­grama serio en el terreno de la política exterior; por último, que a él, Hitler, la resignación cobarde le era tan ajena como el aventurerismo. La carta no es de ningún modo sensacionalista; al contrario, se trata de un documento sumamente sobrio. Podemos suponer que hoy Hitler gustosamente tiraría su panfleto en el incinerador, de allí que sus adversarios deban prestarle mucha atención.

"Es absurdo creer -explicar Hitler a Papen- que la potencia que nos desarmó se desarmará hoy a si misma sin nada que la obligue a ello." En otras palabras, es igualmente absurdo suponer que un buen día Francia consentirá en el rearme de Alemania. El inmenso predominio militar de Francia le evita a ésta la necesidad de llegar a un acuerdo con un enemigo vencido sobre la base de la igualdad de derechos. Cualquier propuesta de acuerdo militar con Francia a cambio de armamen­tos no sólo será recibida con gran frialdad sino que in­mediatamente llegará a conocimiento del estado que podría resultar afectado; Hitler se refiere, desde luego, a la Unión Soviética. Alemania sólo puede pretender el derecho a rearmarse en el marco de un "auténtico restablecimiento del equilibrio europeo". Inglaterra e Italia desean que el mismo sea un hecho; Francia no, de ninguna manera y bajo ninguna condición. "¡Es in­concebible pensar que se puede compensar la enemis­tad y discordia con Inglaterra e Italia mejorando las relaciones con Francia!" La tesis fundamental de la política exterior de Hitler, que tacha de moribundas a las ideas o, si se quiere, a las ilusiones de Locarno,[8] es todo lo clara que se podría desear. En la declaración del 17 de mayo no encontraremos, desde luego, una afirmación tan clara. Pero la declaración de ninguna manera contradice la "Carta abierta"; todo lo contra­rio, desarrolla su programa y lo aplica a una etapa específica.

El objetivo de la política alemana es restablecer la soberanía militar del estado. Todo lo demás es un me­dio tendiente a lograr ese fin. Pero de ninguna manera es necesario que los medios sean construidos a imagen y semejanza del fin. Alemania no debe presentarle al mundo un programa propio de desarme, menos aun en esta conferencia. Por dos razones: ninguna conferen­cia es capaz de adoptar una resolución que cambie sustancialmente la relación de fuerza; al exigir el dere­cho a rearmarse. aunque sería una demostración de fuerza platónica. permitiría a Francia suprimir el pro­blema de su propio desarme y, lo que es peor, la acer­caría a Inglaterra.

Según Hitler, esto último ya ha ocurrido en parte, gracias a la política irresponsable de Papen. Inglate­rra se ve obligada a apoyar a Francia mucho más de lo que desearía. Debe reconocerse que cuando Hitler acusa al “Club de los Caballeros” [9] y al canciller del Reich de diletantes y aventureros, la crítica, además de mordaz, es muy convincente. Los barones y buró­cratas "nacionales" no tienen ninguna política exte­rior. Cuando amenazan con un arma inexistente es porque la situación nacional los obliga; están dispues­tos a utilizar al movimiento nacionalista, pero impidién­dole crecer. Inspirándose indudablemente en Bis­marck, Hitler ni siquiera le ahorra golpes al último Hohenzollern; Papen y sus colegas son sólo los here­deros e imitadores de la política histriónica de Guiller­mo II, pero con una diferencia fundamental: el kaiser tenía un ejército de primera, mientras que ellos sólo tienen el recuerdo del mismo. Aquí Hitler da en el blanco.

Después de todo esto, no resulta difícil comprender lo equivocado que estuvo el sector de la prensa y la di­plomacia que trató de descubrir el verdadero programa del gobierno alemán en los discursos retóricos de Papen acerca de lo hermoso que es morir en el campo de batalla. No debe olvidarse que Papen, que durante su breve reinado fue tratado por los nazis como un capitán de dragones, se siente constantemente sometido a prueba. El 13 de mayo habló en voz desusadamente alta para ponerse a tono... pero erró el cálculo. Cada cual puede opinar lo que quiera sobre los gustos de un anciano capitán de dragones que, entre su dosis de diurético y su vaso de agua mineral, se dedica a expli­carle a la juventud las ventajas de la metralla sobre la arteriosclerosis; pero hay un hecho que nadie puede discutir: el discurso de Papen no oculta ningún pro­grama. El "pacifismo" del actual canciller es mucho más peligroso que los discursos beligerantes del vi­cecanciller.

Aquí, de paso, encontramos la explicación de la con­tradicción tajante entre la declaración de Hitler y la po­lítica que siguieron anteriormente Neurath, Nadolny[10] y los otros. Hitler llegó a la cancillería a costa de acep­tar un ministerio de barones y consejeros reales. La camarilla que rodea a Hindenburg se consuela con la idea de seguir con su política bajo Hitler. Es muy pro­bable que las amenazas provocadas en el exterior como reacción al discurso de Papen por fin le hayan dado a Hitler la posibilidad de tomar el timón de la política ex­terior. No fue la Wilhelmstrasse la que le dictó al canci­ller el discurso del 17 de mayo. Al contrario, fue Hitler el que puso coto a las fantasías de los barones y a los consejeros privados de la Wilhelmstrasse.

Pero volvamos a la "Carta abierta". La misma ataca con brusquedad inusitada la consigna de Papen sobre el armamento naval. Aun si Alemania tuviera los medios -y no los tiene, dice el panfleto - no se le permitirla convertirlos en buques de guerra y no le alcanzarían las fuerzas para violar la prohibición. Bastó la consigna de armamento militar para que Inglaterra se acercara a Francia. Ahí, dice el panfleto, ahí tiene usted los resul­tados "¡de su política exterior verdaderamente nefasta, Sr. von Papen!"

La lucha por el armamento de Alemania en tierra y en el mar debe basarse en una idea política clara. Hitler la llama por su nombre: la necesidad de "fortalecer la defensa frente al peligro latente del Este es relativa­mente fácil de explicar". Ese programa tiene asegura­da de antemano la simpatía de las "personas con clari­dad de miras" de Occidente -obviamente, no de Fran­cia-. Es sólo desde el punto de vista de "la defensa que necesitamos frente a Oriente", en relación al Mar Báltico, que puede convencerse a Inglaterra de que acepte "correcciones" en los párrafos del Tratado de Versalles referidos a cuestiones navales. Porque no hay que olvidar que "en la actualidad, es importante para el futuro de Alemania demostrarle plena confianza a Inglaterra"

El movimiento nacional alemán puede y debe exigir el rearme, pero el gobierno alemán de ninguna manera ha de insistir en esa exigencia. Hoy debe exigir pura y exclusivamente el desarme de los vencedores. Es evi­dente para Hitler que la conferencia sobre desarme está condenada a fracasar. Tres meses antes de llegar al poder escribió: "No habría necesidad de que la dele­gación alemana participe interminablemente en la co­media sobre el desarme que se está montando en Gine­bra. Bastaría con explicar claramente a la faz del mun­do que Francia no desea desarmarse; luego abandonaríamos la conferencia declarando que la paz de Versa­lles ha sido violada por las propias potencias firmantes y que, dadas las circunstancias, Alemania debe reser­varse el derecho de sacar las conclusiones pertinen­tes." La declaración del canciller Hitler sólo sirve para desarrollar esta melodía. La negativa de los vencedores a desarmarse significaría "la liquidación definitiva, moral y real, de los propios tratados". Alemania lo interpretaría como un deseo de "expulsaría de la confe­rencia". En ese caso, le resultaría difícil "seguir per­teneciendo a la Liga de las Naciones". ¡La "Carta abierta" es ciertamente indispensable para compren­der la clave de la estrategia de Hitler!

El abandono por Alemania de la Liga de las Nacio­nes separaría a Francia, por un lado, de Inglaterra y Estados Unidos por el otro. Así se crearía la primera premisa para el restablecimiento de un "equilibrio europeo" en el que Alemania ocuparía necesariamente un lugar de importancia creciente. Con el acuerdo de Inglaterra e Italia, Hitler tendría la posibilidad de rearmar Alemania, no con pequeñas medidas de contrabando, sino con grandes "enmiendas" al Tratado de Versalles. A la vez desarrollaría el programa de "defensa" contra el Este. En dicho proceso se llegará inexorablemente a un punto crítico: guerra. ¿Contra quién? Si la línea del Este no resulta ser la de menor resistencia, la explosión podría darse en otra dirección. Porque si bien todavía es posible discutir en qué medi­da los medios ofensivos se diferencian de los defensi­vos, ya no cabe la menor duda de que los medios militares adecuados para Oriente son igualmente adecua­dos para Occidente.

Hitler se prepara para la guerra. Su política eco­nómica está dirigida a obtener la máxima independen­cia económica de Alemania en caso de guerra. El servicio de trabajo obligatorio también debe subordinarse a los preparativos militares. Pero el carácter mismo de estas medidas demuestra que no es un plan a realizarse mañana. El ataque a Occidente en un futuro más o menos inmediato sólo podría realizarse con la condición de una alianza militar de la Alemania fascista con los soviets. Pero sólo los sectores más turbulentos de la guardia blanca de emigrados puede creer en semejante absurdo o tratar de amenazar con eso. El ataque contra Oriente sólo puede realizarse con el apoyo de una o va­rias potencias occidentales. Esta variante es, en todo caso, la más probable. Pero tampoco en este caso el período de preparación podrá medirse en semanas o meses. El pacto de las cuatro potencias,[11] que no resol­verá nada de antemano, podrá a lo sumo garantizar el contacto entre los estados más grandes de Europa occi­dental. Servirá de garantía contra los peligros de segundo orden, pero no contra los antagonismos fun­damentales. Hitler tratará de extraer del pacto todas las ventajas posibles para atacar al Este. La reglamenta­ción del pacto determinará a lo sumo el diez por ciento de su suerte. Su verdadero papel histórico estará deter­minado por las relaciones y agrupamientos reales de sus protagonistas, sus aliados y sus adversarios.

Hitler está dispuesto a no lanzar acciones militares contra Francia ni Polonia en los próximos diez años. En la declaración fijó un plazo de cinco años para que se acuerde la plena igualdad de Alemania en materia de fuerzas armadas. Desde luego, no es necesario revestir a este plazo de un carácter sacrosanto. Pero estos tér­minos indican cuáles son los limites temporales que se impone la cúpula fascista antes de lanzarse a la ven­ganza.

Desde luego, es posible que las dificultades inter­nas, la desocupación, desesperación y ruina de la pe­queña burguesía lleven a Hitler a acometer acciones prematuras que él mismo, al analizarías fríamente, con­sideraría perjudiciales. En la política real hay que ba­sarse no sólo en los planes del adversario sino tam­bién en las complicaciones que pueden surgir en la pro­pia situación. El proceso histórico de Europa no obede­cerá sumisamente el orden de marcha elaborado en la Casa Marrón de Munich. Pero esta orden de marcha, después de la toma del poder por Hitler, se ha converti­do en uno de los factores más importantes del proceso europeo. Se modificará el plan de acuerdo a los aconte­cimientos. Pero no se pueden comprender las modifi­caciones sin tener en cuenta el plan en su conjunto.

El autor de estas líneas no se considera guardián del Tratado de Versalles. Europa necesita una nueva organización. Pero, ¡ay de Europa si el fascismo reali­za esta tarea! Si así ocurre, el historiador del siglo XX tendrá que escribir: La decadencia de Europa se inició con la guerra de 914. Se la bautizó ’guerra por la democracia’, pero no tardó en conducir a la domina­ción del fascismo, que se convirtió en el instrumento para concentrar todas las fuerzas de Europa con el fin de llevarla a una "guerra de liberación"... de los resul­tados de la guerra anterior. Así, el fascismo, expresión del callejón sin salida de Europa, fue a la vez el instru­mento de la destrucción de sus conquistas económicas y culturales. Sin embargo, esperamos que a este viejo continente le queden todavía suficientes fuerzas vitales para abrirse un nuevo rumbo histórico.



[1] Hitler y el desarme. Manchester Guardian, 22 de julio de 1933: publicado en forma de folleto con el titulo de What Hitler Wants, [Lo que busca Hitler], John Day Co., 1933. cuando el gobierno nazi ratificó la extensión del tratado de no agresión, el 12 de mayo de 1933, el vicecanciller Papen pro­nunció un discurso en Dortmund (13 de mayo) que alarmó a los gobiernos imperialistas democráticos. El 16 de mayo el presidente Roosevelt envió un mensaje a cincuenta y cuatro naciones, en el cual abogó por el desarme. Al día siguiente, Hitler pronunció en el Reichstag un discurso muy distinto al de Pa­pen; allí renunció a la "germanización" como objetivo de su política exterior.

[2] John Símon (1873-1954): fundó el National Liberal Party [NLP, Partido Na­cional Liberal] en 1931 y lo dirigió hasta 1940. Ocupó varios puestos en el ga­binete británico: secretario de relaciones exteriores, 1931-1935; secretario de interior, 1935-1937; canciller del tesoro, 1937-1940 y luego canciller, 1940-1945. Joseph Austen Chamberlain (1863-1937): político conservador que sentía un gran odio personal hacía Trotsky, fue secretario de relaciones exteriores de 1924 a 1929. En 1926 recibió el Premio Nobel de la Paz.

[3] Lord Hailsham (Douglas McGarel Hogg, 1872-1950): secretario de guerra, pronunció un discurso en la Cámara de los lores, en respuesta a la alocución de Papen del 13 de mayo, en el que dijo que en su opinión personal todo intento de Alemania de rearmarse y violar las cláusulas militares del Tratado de Versalles significaría una violación de las sanciones aceptadas y estipuladas.

[4] Hermann Goering (1893-1946): dirigente nazi, fue el autor del Incendio del Reichstag (27 de febrero de 1933), utilizado por Hitler para crear una atmósfera de caza de brujas y suspender los derechos constitucionales en la semana anterior a las elecciones parlamentarias del 5 de marzo.

[5] Ulrich von Brockdorff Rantzau (1869-1928): diplomático alemán, fue el pri­mer embajador alemán en la Rusia soviética, de 1922 a 1928. Desempeñó un papel importante en la negociación del tratado de no agresión germano-sovié­tico de l926.

[6] París bien vale una misa: frase atribuida a Enrique IV (1553-1610), rey de Francia, que se convirtió al catolicismo en 1593 para poder entrar en París, ciudad que su ejército no había podido conquistar. Fue coronado y entró en París en 1594.

[7] Gustav Stresemann (1878-1929): fundador del Partido Popular alemán después de la Primera Guerra Mundial, fue canciller y ministro de relaciones exteriores a partir de 1923. Su política llevó a Alemania a firmar el Pacto de Locarno en 1925, ingresar a la Liga de las Naciones en 1926 y firmar el tratado de no agresión con la URSS en ese mismo año.

[8] El Pacto de Locarno era una serie de tratados y convenciones de arbitraje firmados en 1925 por Alemania, Bélgica, Francia, Italia. Gran Bretaña, Che­coslovaquia y Polonia, que "garantizaban" la paz y el respeto por las fron­teras nacionales.

[9] El Club de los Caballeros (Deutsche Klub, que publicaba Der Ring): fun­dado en 1924 por varios terratenientes, generales, funcionarios de gobierno y grandes empresarios. Fue un puntal muy importante del gobierno y apoyó a Hitler de 1932 a 1933; después perdió toda importancia y fue disuelto en 1944.

[10] Konstantin von Neurath (1873-1956): miembro del Club de los Caballe­ros, fue ministro de relaciones exteriores de 1932-1938 bajo Schleicher, Papen y Hitler. Rudolf Nadolny (1873-1955): diplomático alemán, embajador en Moscú en 1933-1934, encabezó la delegación alemana a la conferencia de de­sarme de Ginebra.

[11] Gran Bretaña, Francia, Italia y Alemania firmaron un tratado de paz en Roma el 7 de junio de 1933.



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