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Hitler, el pacifista[1]

 

 

23 de noviembre de 1933

 

 

 

Hitler quiere la paz. Sus discursos y reportajes sobre el tema se basan en una antigua fórmula: la gue­rra es incapaz de resolver un solo problema; la guerra amenaza con el exterminio de las razas superiores; la consecuencia de la guerra es la ruina de la civiliza­ción. ¡La clásica argumentación de los pacifistas desde hace siglos! Lo más consolador es que el canciller del Reich [Hitler] ya logró convencer a varios periodistas extranjeros de su absoluta sinceridad. Es cierto que otro pacifista, Carl Ossietzki,[2] sobre cuya sinceridad no cabe la menor sospecha, puede preguntar por qué él sigue confinado en un campo de concentración si el dirigente del actual gobierno aplica asiduamente, si bien no con demasiado talento, sus posiciones funda­mentales. Pero a Ossietzki, lo pusieron en la cárcel precisamente para evitar que haga preguntas embara­zosas.

Los argumentos de Hitler son tanto más convin­centes cuanto mayor es su volumen. Todos los minis­tros, todos los oradores, todos los periodistas juran que el Tercer Reich nació para lograr la fraternidad de los pueblos. Si toda la Alemania nacionalsocialista está aprendiendo a usar las armas, lo hace para mejor impregnarse de odio hacia ellas. Hasta von Papen, que hasta el 13 de mayo todavía predicaba que el verdadero alemán debe morir joven en el campo de batalla y no de arterioesclerosis, hoy no deja de repetir que no hay nada mejor que entregar el alma pacíficamente, rodea­do por los nietos y los biznietos.

Los pueblos de Europa anhelan apasionadamente que se mantenga la paz. No es de extrañarse que presten oídos, llenos de esperanza, a los extensos ar­gumentos de Berlín. No es muy fácil disipar sus dudas. Muchos se preguntan: ¿qué pensar, por ejemplo, de la autobiografía de Hitler, enteramente construida sobre la convicción de la irreconciliabilidad de intereses en­tre Francia y Alemania? Ya se ha dado la explicación apropiada: la autobiografía fue escrita en prisión, cuando los nervios del autor estaban alterados, y es sólo por una evidente negligencia del ministro de propa­ganda que este perturbador libro continúa sirviendo de base para la educación nacional.

Una vez determinada la cuestión de la "igualdad de derechos" en favor del Tercer Reich, Hitler prepa­rará la publicación de una nueva edición, más recon­fortante. Hasta ahora el libro se llama Mi lucha y su tema principal es el Tratado de Versalles; en el futuro es muy probable que se llame Mi paz y lleve como ane­xo un informe de los médicos nacionalsocialistas ates­tiguando qué los nervios del autor andan mucho mejor.

Y el juicio de Leipzig[3] demuestra que el testimonio médico-legal de los expertos nazis merece una confian­za ilimitada. Si en este mundo sólo existieran la since­ridad y el amor a la paz, la vida probablemente sería una eterna delicia. Pero, desgraciadamente junto a estas virtudes todavía existen la estupidez y la creduli­dad. ¿Quién tendrá que pagar por ello?

El autor de estas líneas ya trató una vez de llamar la atención del lector sobre un notable documento, la "Carta abierta" de Hitler al entonces canciller del Reich, von Papen. Desafortunadamente, es evidente que nuestra débil voz no llegó a destino. La "Carta abierta" no se convirtió, como esperábamos nosotros, en el libro de cabecera de todos los redactores y canci­lleres diplomáticos. Y bien que lo merecería. Es indu­dable que los documentos políticos de propaganda alemana recientemente publicados son también muy instructivos. Pero tienen el inconveniente de ser secre­tos. Siempre se puede sospechar una falsificación.

La "Carta abierta" no es un documento secreto. Este folleto fue oficialmente publicado por el partido nazi el 16 de octubre de 1932, tres meses antes de la toma del poder por Hitler. Debemos suponer que para ese entonces su sistema nervioso se habría recobrado totalmente de las pruebas a que fue sometido en 1923. Hitler ya se sentía casi en el gobierno. Sólo quedaban por derribar los últimos obstáculos. Las clases domi­nantes lo contemplaban con esperanza, aunque no sin temor Eran especialmente aprensivas respecto a cual­quier aventura chovinista "romántica". El objetivo de la "Carta abierta" fue asegurar a las clases poseedo­ras, a la burocracia, a los generales, al séquito de Hindenburg,[4] que él, Hitler, a diferencia del irrespon­sable vengador von Papen, perseguiría sus objetivos con la mayor de las cautelas. La "Carta abierta" revela un sistema acabado de política exterior, que recién ahora asume toda su importancia. El retiro de Alemania de la Liga de las Naciones fue recibido en todo el mundo como una inesperada e irrazonable improvisa­ción. Sin embargo, en la "Carta abierta" se establece con toda precisión por qué Alemania se iría de Ginebra y cómo había que preparar esa ruptura.

El valor excepcional de esta carta consiste en que Hitler, que en ese entonces todavía se veía obligado a batallar y polemizar, puso en ella temerariamente al descubierto las motivaciones secretas de su futura política exterior. El punto de partida de la "Carta" es el mismo que el de la autobiografía: los intereses de Francia y Alemania son irreconciliables; Francia, por iniciativa propia, no puede llegar a un acuerdo en base a un cambio en la relación de fuerzas en favor de Alemania; ésta no puede esperar obtener la "igual­dad de derechos" a través de la discusión en las con­ferencias internacionales; para que la diplomacia in­ternacional reconozca el derecho de Alemania al rear­me, primero los alemanes tienen que rearmarse. Pero precisamente por eso es imposible exigir a los gritos el rearme de Alemania, como lo hace von Papen. Sirve como consigna de un "movimiento popular", pero en ningún caso de la diplomacia. Un gobierno consciente de sus responsabilidades -es decir el de Hitler, no el de von Papen - sólo debe exigir el desarme de Francia. Y como Francia no podrá aceptarlo en ningún momen­to, Alemania abandonará la Liga de las Naciones y así quedará con las manos libres. ¿Para hacer la gue­rra? No. Alemania es todavía demasiado débil para que su gobierno en un futuro inmediato hable, otro lenguaje que el del pacifismo.

Invocando el "peligro" que amenaza a Oriente y utilizando los antagonismos entre los estados de Oc­cidente, Alemania recreará gradualmente las bases de su militarismo, yendo de lo general a lo particular, a lo especial. Para que este trabajo llegue a un final feliz debe haber una conspiración nacional de silencio; ¡sobre todo, hay que tener a los Ossietzkis encerrados bajo siete llaves! Un gobierno consciente de sus res­ponsabilidades debe tomar en sus propias manos los instrumentos del pacifismo. Por este camino se logrará, en el transcurso de varios años, preparar un cambio radical en la relación de fuerzas. Después de eso se po­drá pasar nuevamente de Mi paz a Mi lucha y llegar hasta Mi guerra.

Ese es el plan de Hitler. Surge del conjunto de la situación exterior e interior. El propio Hitler se tomó el trabajo de darle a la humanidad una clave -o, para usar una expresión más precisa, una llave maestra- para penetrar en los secretos de su futura política inter­nacional. Con todo el respeto debido al testimonio de los periodistas tan profundamente conmovidos, prefe­rimos basarnos en las declaraciones del mismo Hitler, apoyadas por un imponente conjunto de pruebas direc­tas e indirectas.

De un mismo hecho, aunque esté claramente deter­minado, se pueden sacar diferentes conclusiones prácticas. Se pueden dar varias respuestas al problema de la política de Hitler. La intención del presente ar­tículo no es, de ninguna manera, dar algún consejo a quienes deciden el destino de Europa; ellos saben muy bien lo que tienen que hacer. Pero la premisa básica de una política realista, más allá de cuáles sean sus ob­jetivos y métodos, es comprender la situación y las fuer­zas que actúan sobre ella.

Tenemos que ver las cosas como son. Hitler no se fue de la Liga de las Naciones impulsado por una ner­viosa improvisación sino de conformidad con un plan fríamente calculado. El propio Hitler aseguró la conspiración "nacional" de silencio. Todo su trabajo tiende a un cambio radical en la relación de fuerzas en el plano militar. Precisamente ahora, cuando su trabajo recién iniciado está lejos todavía de haber dado resultados decisivos, Hitler tiene que emplear la mayor cautela respecto a Europa. No asustar a nadie; no irritar a na­die; por el contrario, abrirles los brazos a todos. Hitler está dispuesto a cubrir los muros de las fábricas de productos bélicos con discursos pacifistas y pactos de no agresión. ¡París vaut bien une messe! [París bien vale una misa.] Si hace falta una explicación clara, simple, no diplomática de la ofensiva pacifista, hela aquí: durante los próximos dos o tres años Hitler tiene que evitar a toda costa una guerra preventiva de parte de sus adversarios. Dentro de estos límites su pacifismo es absolutamente sincero. Pero sólo dentro de estos límites.



[1] Hitler, el pacifista. The Militant, 30 de diciembre de 1933 y correcciones a la traducción publicadas en The Militant del 6 de enero de 1934. Fue escrito un mes después del retiro de la Alemania nazi de la liga de las Naciones y de una conferencia sobre el desarme. UN artículo anterior de Trotsky sobre el tema es Hitler y el desarme, del 2 de junio de 1933 (ver Escritos 1932-1933).

[2] Carl von Ossietzki (1889-1938): intelectual alemán, dirigente pacifista, director de Die Weltbühne (Panorama Mundial). En 1932 se le hizo un espectacular juicio por traición. Perdió el caso, fue a la cárcel y cayó en manso de los nazis cuando Hitler tomó el poder. En 1936 se le concedió el Premio Nobel de la Paz, mientras yacía enfermo de tuberculosis en un hospital de la cárcel. Murió al poco tiempo de ser liberado.

[3] El juicio de Leipzig al que aquí se hace referencia es el sensacional juicio por el "incendio" del Reichstag, que se llevaba a cabo en ese momento.

[4] Paul von Hindenburg (1847-1934): mariscal de campo prusiano que combatió en la Guerra Franco-Prusiana y comandó las fuerzas alemanas en la Primera Guerra Mundial. En 1925, pese a la oposición socialdemócrata, fue electo como sucesor de Ebert para la presidencia de la República de Weimar; se lo reeligió en 1932, esta vez con el apoyo de la socialdemocracia. En enero de 1933 nombró canciller a Hitler.



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