Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

Europa y América: Los dos polos del movimiento obrero el tipo acabado del reformismo

EUROPA Y AMERICA

LOS DOS POLOS DEL MOVIMIENTO OBRERO EL TIPO ACABADO DEL REFORMISMO[1]

1926

Hay en el movimiento obrero mundial contemporáneo dos polos que determinan, con una claridad sin precedente, dos tendencias esenciales de la clase obrera del mundo entero. Uno, el polo revolucionario, se encuentra aquí, en Rusia; el otro, el polo reformista, en Estados Unidos. El movimiento obrero americano, en estos dos o tres años últimos, se ha manifestado con formas y métodos de un reformismo perfecto, es decir, de una política de compromisos con la burguesía.
Hemos visto la política de compromisos de clase en el pasado; la hemos visto por los ojos de la historia y por nuestros propios ojos. Antes de la guerra estimábamos, y era exacto, que el modelo más perfecto del oportunismo lo suministraba Inglaterra, que había producido el tipo acabado del tradeunionismo conservador. Hoy, el tradeunionismo inglés de la época clásica, esto es, de la segunda mitad del siglo XIX, es al oportunismo americano actual lo que el artesano a la fábrica americana. Existe actualmente en Estados Unidos un vasto movimiento de Company Unions, esto es, de organizaciones que, contrariamente a las Trade-Unions, agrupan, no sólo a los obreros, sino a los patronos, mejor dicho, a los representantes de unos y de otros. Dicho de otro modo, el fenómeno que se producía en la época de la organización corporativista de la producción y que desapareció después, ha revestido ahora formas enteramente nuevas en el país donde más poderoso es el capital. Creo que fue Rockefeller el iniciador de este movimiento antes de la guerra. Pero sólo en estos últimos tiempos, a partir de 1923, ha abarcado este movimiento a los más poderosos consorcios de América del Norte. La Federación Americana del Trabajo, organización profesional oficial de la aristocracia obrera, se ha adherido con ciertas reservas a dicho movimiento, que significa el reconocimiento completo y definitivo de la identidad de intereses entre el trabajo y el capital, y, por tanto, la negación de la necesidad de organizaciones independientes, de clase, del proletariado, incluso para la lucha por objetivos inmediatos.
Se advierte actualmente en Estados Unidos un fomento inusitado de Cajas de Ahorro obreras y de sociedades de seguros obreros en las que tienen asiento mano a mano los representantes del trabajo y los del capital. Inútil decir que la idea que la gente se hace de que los salarios americanos aseguran un alto bienestar es sumamente exagerada; no obstante, esos salarios permiten a las capas obreras superiores hacer economías. El capital recoge estas economías por mediación de los bancos obreros y los coloca en las empresas de la rama de industria en que los obreros ahorran parte de sus salarios. De esta manera el capital aumenta sus fondos de circulación y, sobre todo, interesa a los obreros en el desarrollo de la industria.
La Federación Americana del Trabajo ha reconocido la necesidad de introducir la escala móvil de salarios sobre la base de una completa solidaridad de intereses entre el trabajo y el capital. Los salarios deben variar con arreglo a la productividad del trabajo y a los beneficios. De este modo, la teoría de la solidaridad de intereses entre el trabajo y el capital se ve reforzada prácticamente, y se consigue así una “igualdad” aparente en el disfrute de la renta nacional. Tales son las formas económicas esenciales de este nuevo movimiento, que conviene examinar atentamente para comprenderlo.
La Federación Americana del Trabajo, que tenía por jefe a Gompers, a cuyo nombre está ligada, ha perdido en estos últimos años la mayor parte de sus miembros. Hoy no cuenta más que con 2.800.000 afiliados, lo que representa una proporción insignificante del proletariado americano, si se considera que la industria, el comercio y la agricultura de Estados Unidos emplean, por lo menos, a 25 millones de asalariados. Pero la Federación del Trabajo no tiene necesidad de más adherentes. Como su doctrina oficial es que los problemas no se resuelvan con la lucha de masas, sino por una alianza entre el trabajo y el capital, idea que ha encontrado en las Company Unions su expresión más elevada, las Trade-Unions pueden y deben limitarse a la organización de las capas aristocráticas de la clase obrera, las cuales obran en nombre de toda la clase.
La colaboración no se limita al dominio industrial y financiero (Bancos, Sociedades de seguros). Se realiza del mismo modo y plenamente en la política interior e internacional. La Federación del Trabajo y las Company Unions, con las que está estrechamente ligada y en las que se apoya directa o indirectamente, sostienen una lucha enérgica contra el socialismo y, en general, contra las doctrinas revolucionarias de Europa, entre las cuales colocan a las de la II Internacional de Amsterdam. La Federación del Trabajo ha hecho una nueva adaptación de la doctrina de Monroe: “América para los americanos”, interpretándola así: “Podemos y queremos instruiros, plebe europea, pero no metáis la nariz en nuestros asuntos.” La Federación se hace eco de la burguesía. Antes, esta última declaraba: “América para los americanos, Europa para los europeos.” Ahora, la doctrina de Monroe significa la prohibición para los demás de inmiscuirse en los asuntos de América, pero no la prohibición para América de inmiscuirse en los asuntos de las demás partes del mundo. ¡América para los americanos, y Europa también!
La Federación Americana del Trabajo ha creado ahora una Federación Panamericana, es decir, una organización que se extiende también a América del Sur y abre el camino al imperialismo de América del Norte hacia la América Latina. La Bolsa de Nueva York no podía encontrar mejor arma política. Pero esto significa también que la lucha de los pueblos sudamericanos contra el imperialismo del Norte, que los oprime, será al mismo tiempo la lucha contra la influencia deletérea de la Federación Panamericana.
Como sabéis, la organización creada por Gompers se halla fuera de la Internacional de Amsterdam, que es para ella una organización de la Europa decadente, una organización envenenada por los prejuicios revolucionarios. La Federación americana sigue fuera de Amsterdam, como el capital americano esta fuera de la Sociedad de Naciones. Pero esto no le impide al capital americano tirar de los hilos de la Sociedad de Naciones ni a la Federación Americana atraer a la burocracia reaccionaria de la Internacional de Amsterdam. También aquí; se observa un completo paralelismo entre el trabajo de Coolidge y el de los herederos de Gompers. La Federación Americana apoyó el plan Dawes cuando lo impuso el capital americano. En todas las partes del mundo lucha por los derechos y pretensiones del imperialismo americano, y por tanto, ante todo y sobre todo, contra las Repúblicas Soviéticas.
Trátase de un nuevo oportunismo de tipo más elevado, de un oportunismo perfecto, orgánicamente realizado en organizaciones “interclases”, en las Company Unions, en los Bancos de coalición y en las Sociedades de seguros, oportunismo que ha alcanzado de golpe una amplitud americana. Se han creado grandes empresas capitalistas que organizan a resultas comités de fábrica sobre bases paritarias con los patronos, o bien sobre el tipo de las Cámaras baja y alta, etc. El “conciliacionismo” ha sido “estandarizado”, mecanizado y puesto en acción por grandes firmas capitalistas. Es un fenómeno puramente americano, una especie de oportunismo social por medio del cual se refuerza automáticamente la esclavitud de la clase obrera.

La potencia económica de Estados Unidos, base del oportunismo

Puede preguntarse qué necesidad tiene de esto el capital. La respuesta parece evidente si se toma en consideración el poder actual del capital americano y los planes que puede proponerse. Para el capital americano, América ya no es un campo de acción cerrado, es una fortaleza para nuevas operaciones en una escala formidable. La burguesía americana necesita asegurar su seguridad en esta fortaleza por medio del oportunismo en su forma más completa y acabada, a fin de poder desarrollarse con mayor confianza en el exterior.
¿Cómo es posible actualmente realizar este oportunismo “estandarizado”, después de la matanza imperialista, en la que ha tomado parte Estados Unidos, cuando los trabajadores de todos los países disponen de una considerable experiencia? Para responder a esta pregunta hay que tener en cuenta el poder del capital americano, sin comparación posible en el pasado.
El régimen capitalista ha llevado a cabo múltiples experiencias en diferentes regiones de Europa y en distintas partes del mundo. Toda la historia de la humanidad puede ser considerada como una trabazón de tentativas para crear, refundir, mejorar, elevar la organización social del trabajo, que, patriarcal al principio, se funda luego en la esclavitud, después en la servidumbre y por fin en el capitalismo. Es con el régimen capitalista con el que la historia ha realizado el mayor número de experiencias, ante todo y del modo más variado en Europa. Pero la tentativa más amplia y más lograda corresponde a América del Norte.
Piénsese en ello: América fue descubierta a fines del siglo XV, cuando Europa ya tenía una larga historia. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII y gran parte del siglo XIX, Estados Unidos fue un mundo lejano que se bastaba a sí mismo, un inmenso país aislado que se alimentaba con las migajas de la civilización europea. Mientras tanto, este país de posibilidades ilimitadas se formaba y desarrollaba. La naturaleza había creado en América todas las condiciones para un poderoso desarrollo económico. Europa empujaba allende el Océano, ola por ola, a los elementos más activos, mejor templados de su población, a los elementos más aptos para el desarrollo de las fuerzas productivas. ¿Qué eran los movimientos revolucionarios europeos de carácter religioso o político? Eran la lucha de los elementos avanzados de la pequeña burguesía en primer lugar, de los obreros después, contra las supervivencias del feudalismo y de la religión que impedían el desenvolvimiento de las fuerzas productivas. Todo lo que Europa rechazaba, cruzaba el Océano. La flor de las naciones europeas, los elementos más activos, que querían seguir su camino a toda costa, caían en un medio donde no existía ese baratillo histórico y en el que reinaba la naturaleza virgen en su inagotable opulencia. Tal es la base del desenvolvimiento de América, de la técnica americana, de la riqueza americana.
A la naturaleza inagotable le faltaba el hombre. La mano de obra era lo más caro en Estados Unidos. De ahí la mecanización del trabajo. El principio del trabajo en serie no es un principio debido al azar. Expresa la tendencia a reemplazar el hombre por la máquina, a multiplicar la mano de obra, a llevar, trasladar, descender y elevar automáticamente. Todo esto debe ser hecho por una cadena sin fin, no por el espinazo del hombre. Tal es el principio del trabajo en serie. ¿Dónde se ha inventado el elevador? En América, con el fin de poder prescindir del hombre que transporta a hombros un saco de trigo. ¿Y los tubos de conducción? En Estados Unidos cuéntanse 100.000 kilómetros de tubos de conducción, es decir, de transportadores para cuerpos líquidos. En fin, la cadena continua que efectúa los transportes en el interior de la fábrica y cuyo modelo superior es la organización Ford, es conocida de todos.
América casi no conoce el aprendizaje; no se pierde el tiempo en aprender, pues la mano de obra es cara; el aprendizaje es sustituido por una división del trabajo en partes ínfimas que no exigen o casi no exigen aprendizaje. ¿Y quién reúne a todas las partes del proceso del trabajo? La cadena sin fin, el transportador. Es quien enseña. En muy poco tiempo, un joven campesino de la Europa meridional, de los Balcanes o de Ucrania, queda transformado en obrero industrial.
La fabricación en serie está ligada a la técnica americana, como el estándar: es la producción en masa. Los productos y artículos dedicados a las capas superiores, adaptados a los gustos individuales, son mucho mejor fabricados en Europa. Inglaterra suministra las telas finas. La bisutería, los guantes, la perfumería, etc., proceden de Francia. Pero cuando se trata de una producción en masa destinada a un vasto mercado, América supera con mucho a Europa. He aquí por que el socialismo europeo aprenderá la técnica en la escuela americana.
Hoover*, el estadista americano más competente en el dominio económico, realiza un gran trabajo en favor de la “estandarización” de los productos fabricados. Ha concluido ya varias docenas de contratos con los “trusts” más importantes para la producción de artículos “estandarizados”. Entre estos artículos se hallan los coches para niños y los féretros. De suerte que el americano nace en el estándar y muere en el estándar. (Risas y aplausos) Ignoro si es más cómodo, pero es un 40% más barato.
La población americana, gracias a la inmigración, cuenta con muchos más (45%) elementos aptos para el trabajo que la población europea, ante todo porque la relación entre las edades es distinta. En consecuencia, el coeficiente de productividad de la nación es más elevado. Además, este coeficiente aumenta por añadidura en virtud del rendimiento superior de cada obrero. Gracias a la mecanización y a la organización más racional del trabajo, en América el minero extrae dos veces y media más carbón y mineral que en Alemania. El agricultor produce dos veces más que en Europa. Tales son los resultados de esa organización del trabajo.
Decíase de los antiguos atenienses que eran hombres libres porque les correspondían cuatro esclavos a cada uno. A cada habitante de Estados Unidos tócanle cincuenta esclavos, pero esclavos mecánicos. En otros términos, si se cuentan los motores mecánicos, si se traducen los caballos de vapor en fuerza humana, se ve que cada ciudadano americano tiene cincuenta esclavos mecánicos. Esto no impide, desde luego, que la economía americana descanse en esclavos vivos, es decir, en proletarios asalariados.
La renta nacional de Estados Unidos representa 60.000 millones de dólares por año. El ahorro anual, esto es, lo que queda después de saldar todos los gastos necesarios, se eleva a 6 o 7.000 millones de dólares. No hablo más que de Estados Unidos, de lo que se llama así en los viejos manuales escolares. En realidad, Estados Unidos es mucho más vastos y más ricos. El Canadá, dicho sea sin ofender a la Corona británica, es una parte integrante de Estados Unidos. Si se toma el Anuario del Departamento de Comercio de Estados Unidos, se verá que el comercio con el Canadá figura en el comercio interior y que al Canadá se le llama discreta y algo evasivamente prolongación septentrional de Estados Unidos (Risas), sin la bendición de la Sociedad de Naciones, que, por lo demás, no ha sido consultada, y con razón, pues no hay necesidad de registrar esa declaración de estado civil. (Risas, aplausos) Las fuerzas de atracción y de repulsión actúan casi automáticamente: el capital inglés ocupa apenas el 10% de la industria canadiense; el capital americano ocupa más del tercio, y esta proporción crece incesantemente. Las importaciones inglesas en el Canadá son estimadas en 160 millones de dólares; de América. en unos 600 millones. Hace veinticinco años importaba de Inglaterra cinco veces más que de Estados Unidos. La mayoría de los canadienses se sienten americanos, salvo -¡oh ironía!- la parte francesa de la población, que se siente profundamente inglesa. (Risas) Australia sufre la misma evolución que el Canadá, pero con mayor lentitud. Australia se pondrá al lado del país que la defienda con su flota contra el Japón y lleve menos por este servicio. En el concurso, Estados Unidos obtendrá la victoria en un porvenir próximo. En todo caso, si sobreviniera una guerra entre Estados Unidos y la Gran Bretaña, el Canadá, “Dominio inglés”, sería un depósito de material humano y de abastecimiento para Estados Unidos contra Inglaterra. Es el secreto de Polichinela.
Tal es, en sus rasgos esenciales, la potencia material de Estados Unidos. Esta potencia es la que les permite aplicar el antiguo método de la burguesía británica: engordar a la aristocracia obrera para tener sometido bajo tutela al proletariado, método que han llevado a un grado de perfección con el que la burguesía británica no se hubiera atrevido nunca ni aun a soñar.

Los nuevos papeles de América y de Europa

En estos últimos años, el eje económico del mundo se ha desplazado considerablemente. Las relaciones entre Estados Unidos y Europa se han modificado radicalmente. Es el resultado de la guerra. Naturalmente, esta evolución se preparaba desde antiguo; había síntomas que la señalaban, pero hace muy poco que ha llegado a ser un hecho consumado, y ahora tratamos de darnos cuenta de este cambio formidable efectuado en la economía humana y, por consiguiente, en la cultura humana. Un escritor alemán ha recordado a este respecto las palabras de Goethe describiendo la impresión extraordinaria que produjo en los contemporáneos la teoría de Copérnico, según la cual no es el sol el que gira en torno de la tierra, sino la tierra alrededor del sol, como un planeta de mediana magnitud. Eran numerosas las gentes que no querían prestar crédito a esta teoría. El patriotismo geocéntrico se sentía herido. Lo mismo acontece ahora por lo que se refiere a América. El burgués europeo no quiere creer que queda relegado a segundo término, que Estados Unidos son los dueños del mundo capitalista.
Ya he señalado las causas naturales e históricas que han preparado este formidable desplazamiento de las fuerzas económicas del mundo. Pero ha sido necesaria la guerra para elevar de golpe a América, rebajar a Europa y desplazar bruscamente el eje del mundo. La guerra, que ha causado la ruina y la decadencia de Europa, le ha salido a América unos 25.000 millones de dólares. Si se considera que los Bancos americanos detentan ahora 60.000 millones de dólares, esa suma de 25.000 millones es comparativamente bien poca cosa.
Además, a Europa le han sido prestados 10.000 millones. Con los intereses no pagados, estos 10.000 millones han pasado a ser ya 12.000 millones, y Europa comienza a pagar a América por su propia ruina.
Tal es el mecanismo que ha permitido a Estados Unidos elevarse de repente por encima de todas las demás naciones y convertirse en el dueño de sus destinos. Este país, cuya población asciende a 115 millones de habitantes, dispone completamente de Europa, salvo, por supuesto, de la URSS. Nuestro turno no ha llegado y sabemos que no llegará. (Aplausos) Pero, descontado nuestro país, quedan todavía 345 millones de europeos esclavizados por los americanos, es decir, con una población tres veces menor.
Los nuevos papeles de los pueblos están determinados por la riqueza de cada uno de ellos. Las evaluaciones de la riqueza de los diferentes estados no son muy precisas, pero nos bastarán cifras aproximadas. Tomemos Europa y Estados Unidos tal como eran hace cincuenta años, en el momento de la guerra franco-alemana. La fortuna de Estados Unidos se estimaba entonces en 30 mil millones de dólares, la de Inglaterra en 40 mil millones, la de Francia en 33 mil, la de Alemania en 38 mil millones. Como se ve, la diferencia entre esos cuatro países no era grande. Cada uno de ellos poseía de 30 mil a 40 mil millones, y, de estos cuatro países más ricos del mundo, Estados Unidos eran el más pobre. Ahora bien, ¿cuál es la situación actualmente, medio siglo después? Hoy Alemania es más pobre que en 1872 (36 mil millones); Francia es dos veces más rica (68 mil millones); Inglaterra también (89 mil millones); en cuanto a la fortuna de Estados Unidos, ésta se eleva a 320 mil millones de dólares. Así, pues, de los países europeos que he citado, uno ha vuelto a su antiguo nivel, otros dos han doblado su riqueza y Estados Unidos ha pasado a ser once veces más rico. He aquí por qué, gastando 15 mil millones para la ruina de Europa, Estados Unidos ha alcanzado completamente el fin que se preponía.
Antes de la guerra, América era deudora de Europa. Esta última constituía, por decirlo así, la principal fábrica y el principal depósito de mercancías del mundo. Además, gracias sobre todo a Inglaterra, era el gran banquero del mundo. Estas tres superioridades pertenecen actualmente a América. Europa queda relegada a segundo término. La principal fábrica, el principal depósito, el principal banco del mundo es Estados Unidos.
El oro, como es notorio desempeña un cierto papel en, la sociedad capitalista. Lenín escribía que en un régimen socialista el oro sería empleado como material para la construcción de ciertos edículos públicos. Pero en régimen capitalista nada hay más elevado que los sótanos de un Banco repleto de oro. ¿Cuál es, pues, la reserva de oro de América? Antes de la guerra era, si no me engaño, de 1.900 millones; el 1º de enero de 1925 se elevaba a 4.500 millones de dólares, o sea, el 50% de la reserva mundial; hoy, esta proporción alcanza como mínimum el 60%.
Ahora bien, ¿qué era de Europa mientras América concentraba en sus manos el 60% del oro del mundo? Declinaba. Se había lanzado a la guerra porque el capitalismo europeo se encontraba oprimido en los cuadros de los Estados nacionales. El capital esforzaba por ensanchar estos cuadros, por crearse un campo de acción amplio; el más activo entonces era el capital alemán, que se había propuesto como fin “organizar a Europa”, destruir sus barreras aduaneras. Pero ¿cuál ha sido, el resultado de la guerra? El Tratado de Versalles ha creado en Europa 17 nuevos Estados y territorios más o menos independientes, 7 mil kilómetros de nuevas fronteras, barreras aduaneras en proporción y, a cada lado de estas nuevas fronteras, puestos, y tropas. En Europa hay ahora un millón de soldados más que antes de la guerra. Para llegar a este resultado, Europa ha aniquilado una masa formidable de valores materiales y se ha empobrecido considerablemente.
Más aún: por todas sus desgracias, por su ruina económica, por sus nuevas barreras aduaneras que dificultan el comercio, por sus nuevas fronteras y tropas nuevas, por su desmembramiento, su ruina, humillación, por la guerra y la paz de Versalles, Europa tiene que pagar a Estados Unidos los intereses de sus deudas de guerra. Europa se ha empobrecido. La cantidad de materias primas que Europa elabora es un 10% inferior a lo que era antes de la guerra. La influencia de Europa en la economía mundial ha disminuido considerablemente. Lo único estable en la Europa actual es la desocupación. Hecho notable, en su rebusca de medios de salvación, los economistas burgueses han exhumado de los archivos las teorías más reaccionarias de la época de la acumulación primitiva: ven en el malthusianismo y la emigración los remedios eficaces contra la desocupación. En la época de su esplendor, el capitalismo triunfante no tenía necesidad de estas teorías. Pero ahora, atacado de caducidad, de esclerosis, cae ideológicamente en la infancia y vuelve a los viejos métodos empíricos.

La expansión imperialista de Estados Unidos

Dada la potencia de Estados Unidos y la debilidad de Europa, es inevitable un nuevo reparto de fuerzas, de esferas de influencia y de mercados mundiales. América tiene que extenderse y Europa comprimirse. Tal es la resultante de los procesos fundamentales que se efectúan en el mundo capitalista. Estados Unidos se lanza por todos los caminos y toma en todas partes la ofensiva. Opera de una manera estrictamente “pacífica”, es decir, sin hacer uso de la fuerza armada, “sin efusión de sangre”, como decía la Santa Inquisición cuando quemaba vivos a los herejes; se extiende pacíficamente porque sus adversarios, castañeteando los dientes, retrocede paso a paso ante esta nueva potencia, sin arriesgarse a chocar con ella abiertamente. Tal es la base de la política “pacífica” de Estados Unidos. Su principal instrumento lo constituye actualmente el capital financiero, con una reserva de oro de 9 mil millones de rublos. Es una fuerza terrible, una fuerza que barre todo a su paso en todas las partes del mundo, y particularmente en la Europa devastada y empobrecida. Conceder o negar empréstitos a tal o cual país de Europa es, en muchos casos, decidir la suerte, no sólo del partido en el poder, sino también del régimen burgués. Hasta ahora, Estados Unidos lleva invertidos 10 mil millones de dólares en la economía de los demás países. De estos 10 mil millones 2 mil han sido perdonados a Europa, añadiéndose a los precedentemente suministrados para su devastación. Como se sabe, los créditos se conceden para la “restauración” de Europa. Destrucción, luego restauración: dos operaciones que se completan, pues los intereses de las sumas destinadas tanto a una como a otra van a parar a la misma caja. Además, Estados Unidos han colocado capitales en la América Latina, que, desde el punto de vista económico, se convierte cada vez más en un Dominio de América del Norte. Después de América del Sur, el país que más créditos ha obtenido es el Canadá; sigue después Europa. Las otras partes del mundo han recibido mucho menos.
Esta suma de 10 mil millones es ínfima para un país tan poderoso como Estados Unidos, pero aumenta rápidamente. Para comprender el mecanismo de este proceso, hace falta, sobre todo, darse cuenta del ritmo de esta aceleración. En los siete años que han seguido a la guerra, Estados Unidos ha invertido en el extranjero unos 6 mil millones de dólares; casi la mitad de esta suma ha sido suministrada en estos dos años últimos; en 1925, las inversiones han sido mucho más elevadas que en 1924.
En vísperas de la guerra, Estados Unidos tenía todavía necesidad de capital extranjero; recibía este capital de Europa y lo colocaba en su industria. El desarrollo de su producción, en un cierto momento, llevó a la rápida constitución de un capital financiero. Para lograr este capital financiero fueron precisas previamente considerables inversiones de capitales y un aumento formidable del utillaje. Pero, una vez empezado, este proceso se desarrolla con un ritmo cada vez más acelerado en Estados Unidos. Lo que hace dos o tres años pertenecía todavía al dominio de las previsiones, se realiza actualmente ante nuestros ojos. Pero esto no es nada más que el comienzo. La campaña del capital financiero americano por la conquista del mundo no empezará realmente sino mañana.
Hecho sumamente significativo: en el curso del año transcurrido, el capital americano ha abandonado cada vez más los empréstitos gubernamentales por los empréstitos industriales. El sentido de esta evolución es clara. “Os hemos dado el régimen del plan Dawes, os hemos suministrado la posibilidad de restablecer la divisa nacional en Alemania e Inglaterra, consentiremos en hacer lo mismo bajo ciertas condiciones con Francia; pero esto no es más que un medio para llegar a nuestro fin; ahora bien, nuestra finalidad consiste en apoderarnos de vuestra economía.” Estos días he leído en el Tag, órgano de la metalurgia alemana, un artículo titulado: Dawes o Dillon. Dillon es uno de esos nuevos condottieri que la finanza americana envía a la conquista de Europa. Inglaterra engendró a Cecil Rhodes, su último aventurero colonial de gran envergadura, que fundó en el sur de Africa un nuevo país. Ahora nacen en América los Cecil Rhodes, no para el África del Sur, sino para la Europa central. Dillon tiene la misión de comprar a bajo precio la metalurgia alemana. A este efecto ha reunido 50 millones de dólares solamente -Europa no se vende ahora a alto precio- y, con estos 50 millones de dólares en el bolsillo, no se detiene ante las barreras europeas que forman las fronteras de Alemania, de Francia, de Luxemburgo. Necesitan reunir el carbón y el metal, quiere crear un trust europeo centralizado, no se preocupa mucho de la geografía política, creo incluso que no la conoce. En efecto, ¿para qué? 50 millones de dólares en la Europa actual valen más que toda la geografía. (Risas). Su intención, se dice, consiste en agrupar en un trust único la metalurgia de la Europa central, para oponerla luego al trust americano del acero, cuyo rey es Harry. Así, cuando Europa “se defiende” contra el trust americano del acero, no es en realidad más que el instrumento de uno de los dos consorcios americanos que se combaten entre sí, para unirse, en un momento dado, a fin de explotarla más racionalmente. Dawes o Dillon, no hay otra salida, como dice el órgano de la metalurgia alemana. ¿Con quién marchar? Dawes es un acreedor armado de pies a cabeza. Con él, no cabe sino someterse. Pero Dillon es en cierto modo un compañero, de un tipo especial, es verdad, pero que quizá no nos estrangule... El artículo termina con esta frase significativa: “Dillon o Dawes, tal es la cuestión capital para Alemania en 1926.”
Los americanos se han asegurado ya, mediante la compra de acciones, el control de los cuatro Bancos más importantes de Alemania. La industria alemana del petróleo se aferra visiblemente a la Standard Oil americana. Las minas de zinc, que pertenecían antaño a una firma alemana, han pasado a manos de Harriman, que, gracias a ello, obtiene el control del zinc bruto en todo el mercado mundial. El capital americano trabaja al por mayor y al por menor. En Polonia, el trust americano-sueco de las cerillas adopta sus primeras medidas preparatorias. En Italia se va más lejos. Los contratos que las Sociedades americanas firman con Italia son de los más interesantes. Se encarga a Italia, por decirlo así, de administrar el mercado del próximo Oriente. Estados Unidos enviará a Italia sus productos semiacabados, con el objeto de que esta última los adapte al gusto del consumidor. América no tiene tiempo de pararse en detalles. Suministra productos estandarizados. Y el omnipotente patrono transatlántico viene a casa del artesano de los Apeninos y le dice: “Aquí tienes todo lo que necesitas, pero embellécelo un poco y arréglalo a gusto de los asiáticos.”
Francia no ha llegado todavía a esto. Se resiste y se insubordina. Pero ya caerá. Tendrá que estabilizar su divisa, es decir, pasar la cabeza por el nudo corredizo de América. Todos los Estados esperan su vez en la ventanilla del tío Sam. (Risas) ¿Cuánto han gastado los americanos para asegurarse semejante situación? Una suma ínfima. El capital colocado en el extranjero asciende a 10 mil millones de dólares, sin contar las deudas de guerra. Europa ha recibido en todo y por todo 2.500 millones, y América empieza ya a tratarla como país conquistado. Sin embargo, lo que han colocado los americanos en la economía europea no representa más que la centésima parte de la fortuna total de esta última. Cuando la balanza oscila, basta un ligero golpecito para hacerla inclinar de un lado. Los americanos han dado este golpecito y ya son los dueños. Europa carece de los capitales necesarios para su restauración y de los fondos de circulación necesarios para la parte ya restaurada de su economía. Posee inmuebles y materiales que valen cientos de millones, pero le falta una decena de millones para poner la máquina en movimiento. El americano llega, da los diez millones y pone condiciones. Es el dueño; está como en su casa. Me han comunicado un artículo sumamente interesante de uno de esos nuevos Cecil Rhodes que América hace surgir ahora y cuyos nombres nos vemos obligados a aprender. No es muy agradable, pero no queda otro remedio. Ya hemos aprendido bien el nombre de Dawes. Dawes no vale un céntimo, pero toda Europa no puede nada contra él. Mañana aprenderemos el nombre de Dillon o el de Max Wirkler, vicepresidente de la Compañía del Servicio Financiero. (Risas, aplausos) Acaparar todo lo que sea posible en el mundo, se llama ocuparse del servicio financiero, Max Wirkler habla del servicio financiero en lenguaje poético, casi bíblico.
“Nos ocupamos -dice-, de sostener financieramente a los gobiernos, a las autoridades locales y municipales y a las corporaciones privadas. El dinero americano ha permitido restaurar el Japón después del temblor de tierra; los fondos americanos han permitido derrotar a Alemania y Austria-Hungría y han desempeñando un papel importantísimo en la reconstrucción de ambos países.”
Se empieza por destruir, luego se restaura. Y por una y otra operación se percibe una honrada comisión. Sólo el terremoto del Japón ha sobrevenido evidentemente sin la participación del capital americano. (Risas) Pero escuchemos la continuación: “Concedemos empréstitos a 1as colonias holandesas y a Australia, al Gobierno y a las ciudades de la Argentina, a las industrias mineras sudafricanas, a los productores de nitratos de Chile, a los plantadores de café del Brasil, a los productores de tabaco y algodón de Colombia. Damos dinero al Perú para la realización de proyectos sanitarios; se lo damos a los Bancos daneses, a los industriales suecos, a las estaciones hidroeléctricas de Noruega, a los establecimientos bancarios finlandeses, a las fábricas de construcciones mecánicas de Checoslovaquia, a los ferrocarriles de Yugoslavia, a las obras públicas de Italia, a la Compañía de Teléfonos españoles.”
Evidentemente esta enumeración es impresionante. Es el efecto de los 60 mil millones de dólares que poseen en la actualidad los Bancos norteamericanos. Y hemos de seguir oyendo esta sinfonía en el próximo período histórico.
Poco después de la guerra, cuando la Sociedad de Naciones se hallaba en vías de constitución y los pacifistas de todos los países de Europa mentían cada uno en su idioma, el economista inglés Georges Pesch, hombre de los mejor intencionados propuso que organizara un empréstito de la Sociedad de Naciones y reconstrucción de la humanidad. Calculó que se necesitarían 35 mil millones de dólares para esta magna empresa, y propuso que Estados Unidos suscribiesen por 15 mil millones de dólares, Inglaterra por 5 mil millones y los demas países por los 15 mil millones restantes. Con arreglo a este proyecto, Estados Unidos debía, pues, suministrar casi la mitad de ese gran empréstito y como las demás acciones debían estar repartidas entre un gran número de Estados, Estados Unidos hubiera tenido el control de la institución. El empréstito salvador no pasó de proyecto, pero lo que ahora acontece es en el fondo una realización más eficaz del mismo plan. Estados Unidos acapara progresivamente las acciones que le darán el control del género humano. Gran empresa, por cierto, pero arriesgadísima. Los americanos no tardarán en convencerse de ello.

Pacifismo y confusión

Antes de continuar, debo disipar una confusión. Los procesos mundiales que estudiamos se desarrollan con tal rapidez y revisten tal amplitud, que nuestro pensamiento los aprehende, los abarca y asimila con dificultad. Nada de extraño tiene, pues, que en la prensa internacional, proletaria y burguesa, se desarrolle en estos últimos tiempos una viva discusión sobre este particular. En Alemania se han publicado varios libros especialmente consagrados al papel de Estados Unidos frente a la Europa balcanizada. En la controversia internacional surgida en torno de esta cuestión ha sido puesto sobre el tapete el informe que presenté en esta tribuna hace dos años. Tengo en las manos una revista obrera americana que abrí estos días precisamente por la página consagrada a las relaciones entre América y Europa, y mis ojos tropezaron por azar con la frase concerniente a la “porción congrua”. Esto interesó, naturalmente, leí el artículo y he aquí, camaradas, lo que, con gran estupefacción mía, averigüé:
“Trotsky estima que hemos entrado en el período de las relaciones pacíficas anglo-americanas; la influencia de las relaciones anglo-americanas (según Trotsky) contribuirá más a la consolidación que a la descomposición del capitalismo mundial.”
No está mal, ¿verdad? Igual que MacDonald. Y más lejos:
“La vieja teoría de Trotsky sobre la Europa sometida a la porción congrua [¿Por qué vieja, si apenas data de dos años?] y transformada en Dominio de América estaba ligada a esta apreciación de las relaciones anglo-americanas.” (J. Lovestone, Revista mensual obrera, noviembre de 1925.)
Cuando leí estas líneas, me froté los ojos durante tres minutos, tan grande era mi estupefacción. ¿Dónde y cuándo he dicho que Inglaterra y América sostenían relaciones pacíficas y que, gracias a ello, iban a regenerar al capitalismo europeo y no a descomponerlo? Si un comunista mayor de edad dijera cosas semejantes, habría sencillamente que expulsarle del Partido. Claro que después de haber leído estos absurdos que se me atribuyen eché una vistazo a lo que tuve ocasión de decir a este respecto desde lo alto de esta tribuna. Si aludo ahora al discurso que pronuncié hace dos años, no es para explicar a Lovestone y a sus semejantes que cuando se quiere escribir sobre un asunto cualquiera -sea en inglés o en francés, en Europa o en América, es menester saber lo que se escribe y a donde se lleva al lector, sino porque la manera como yo planteaba entonces la cuestión vale también para hoy. He aquí por qué me veo obligado a leeros algunos extractos de mi discurso:
“¿Qué quiere el capital americano? ¿Qué busca?”, preguntábamos hace dos años. Y respondíamos: “Busca, se nos dice, la estabilidad, quiere restablecer el mercado europeo. Quiere devolver a Europa la solvencia. ¿Cómo y en qué medida? Bajo su hegemonía. ¿Qué significa ésto? Que permitirá a Europa reconstruirse, no dentro de límites bien determinados, que le reservara restringidos sectores del mercado mundial. El capital americano domina actualmente; da órdenes a los diplomáticos. Se prepara asimismo para dar órdenes a los Bancos y a los trusts europeos, a toda la burguesía europea.” Hace dos años decíamos: “Ordena a los diplomáticos (Versalles, Washington) y se prepara para dar órdenes a los banqueros y a los trusts.” Hoy decimos: “Ya manda en los Bancos y en los trusts de diferentes Estados europeos y se prepara para mandar en los Bancos y en los trusts de los demás Estados capitalistas de Europa.” Sigo citando: “Repartirá el mercado en sectores, regulará la actividad de los financieros e industriales europeos. En suma, el capital americano quiere racionar a la Europa capitalista.” No escribí que la había racionado o que la racionaría, sino que quería racionarla. He ahí lo que decía hace dos años.
Lovestone pretende que he hablado de la colaboración pacífica de Inglaterra y América. Veamos lo que hay de cierto: “No se trata sólo de Alemania, de Francia, se trata igualmente de la Gran Bretaña, que deberá prepararse también a sufrir la misma suerte... Es cierto que se dice con frecuencia que ahora América marcha con Inglaterra, que ha formada un bloque anglosajón; se habla de capital anglosajón, de política anglosajona... Pero hablar así es demostrar una incomprensión absoluta de la situación. El antagonismo capital del mundo es el antagonismo angloamericano. El porvenir lo pondrá cada vez más de manifiesto... ¿Por qué? Porque Inglaterra es todavía el país más rico y poderoso después de Estados Unidos. Es su principal rival, el obstáculo fundamental.”
Esta misma idea la he desarrollado con más vigor en el manifiesto del V Congreso, pero no fatigaré vuestra atención con textos. Citaré aún de mi discurso lo que se refiere a las relaciones “pacíficas” establecidas por América: “Este programa americano de someter a su tutela al mundo entero no es en modo alguno un programa pacifista; por el contrario, está preñando de guerras y conmociones revolucionarias... No es muy verosímil que la burguesía de todos los países consienta en ser relegada a un segundo plano, en convertirse en sierva de América sin intentar por lo menos resistir. En efecto, Inglaterra tiene un apetito formidable, un deseo furioso de mantener su dominación sobre el mundo. Los conflictos militares son inevitables. La era del americanismo pacifista que parece abrirse en este momento no es más que una preparación para nuevas guerras monstruosas.”
Eso es lo que decíamos hace dos años de las relaciones “pacíficas”. Me permito recordar aquí que, cuando hacíamos propaganda por el desenvolvimiento de nuestra industria química, indicábamos que el arsenal de Wedgwood es una de las fuentes del militarismo americano que más amenaza a los pueblos de Europa.
En fin, he aquí lo que decíamos desde lo alto de esta tribuna acerca de la terminación de los antagonismos europeos gracias a la influencia de América: “Los antagonismos que ha preparado la guerra imperialista y la desencadenaron en Europa hace diez años, antagonismos agravados por la guerra, mantenidos por el Tratado de Versalles e intensificados por el desarrollo ulterior de la lucha de clases en Europa, subsisten íntegramente. Estados Unidos tropezará con estos antagonismos en toda su agudeza.”
Dos años han pasado. El camarada Lovestone quizá un buen crítico, aunque le ocurra meterse el dedo en el ojo, pero el tiempo es todavía un crítico mejor.
Para acabar con esta cuestión, terminaremos citando el consejo que Engels daba a un cierto Stibelling, americano también: “Cuando quiere uno ocuparse de cuestiones científicas, es menester en primer término aprender a leer las obras como el autor las ha escrito, y sobre todo no leer lo que no hay en ellas.” Estas palabras de Engels son excelentes y vale, no sólo para América, sino para las cinco partes del mundo.

El pacifismo americano en la práctica

En todas las cuestiones, el tiempo es el mejor crítico. Veamos lo que han sido en realidad los métodos americanos de penetración pacífica durante estos últimos años. Una simple enumeración de los hechos más importantes demostrará que el “pacifismo” americano ha triunfado en toda la línea; pero ha triunfado como método de expoliación imperialista velada y de preparación más o menos encubierta de las más temibles colisiones.
Fue en la Conferencia de Washington de 1922 donde el “pacifismo” americano revistió su expresión más cruda y reveló mejor su naturaleza. En 1919-20, muchas personas, yo entre ellas, se preguntaban lo que acontecería en 1922-23, cuando el programa naval de Estados Unidos asegurase a estos últimos la igualdad con Inglaterra. ¿Es posible, nos preguntábamos, que la Gran Bretaña, que mantiene su dominación gracias a la superioridad de su flota sobre la de los dos países más fuertes reunidos, abandone dicha superioridad sin combate? Eran muchos los que, como yo, vislumbraban la posibilidad de una guerra entre Inglaterra y América, con la participación del Japón, hacia 1922-23. Ahora bien, ¿qué ha sucedido? En lugar de la guerra, el “pacifismo” puro. Estados Unidos invitaron a Inglaterra a Washington y le dijeron: “Tenga la bondad de racionarse: nosotros poseeremos cinco unidades; usted, cinco; el Japón, tres; Francia, tres.” He aquí el programa naval. ¿Lo ha aceptado Inglaterra?
¿Qué es esto? “Pacifismo”, pero un pacifismo que impone su voluntad por su formidable superioridad económica y prepara “pacíficamente” su superioridad militar para el próximo período histórico.
¿Y el plan Dawes? Cuando Poincaré se agitaba en la Europa central con sus planes liliputienses, apoderándose de la cuenca del Ruhr, los americanos apuntaban con su prismático, miraban y esperaban. Y cuando la baja del franco y otros inconvenientes obligaron a retirarse a Poincaré, el americano vino y presentó su plan de pacificación de Europa. Compró el derecho de dirigir a Alemania por 800 millones de marcos, de los cuales, por lo demás, Inglaterra dio la mitad. Y por esta miserable suma de 400 millones de marcos, la Bolsa de Nueva York impuso su control al pueblo alemán. ¡Hermoso pacifismo, en verdad! ¡Un nudo corredizo para ahorcarse!
¿Y la estabilización del cambio? Cuando el cambio oscila en Europa, el americano no se encuentra a gusto. No se encuentra a gusto porque permite a Europa exportar barato. El americano necesita un cambio estable para el cobro regular de los intereses de sus préstamos y, en general, para el orden financiero. Si no fuese así, ¿cómo podría invertir sus capitales en Europa? Por eso ha obligado a los alemanes a estabilizar su divisa; por eso ha obligado a los ingleses a hacer otro tanto concediéndoles un préstamo de 300 millones de dólares. Lloyd George decía no hace mucho: “La libra esterlina mira ahora al dólar cara a cara.” Lloyd George es un viejo bromista. Si la libra esterlina mira al dólar cara a cara, es porque tiene un puntal de 300 millones de dólares para ponerla derecha. (Risas)
¿Y cómo están las cosas en Francia? La burguesía francesa teme la estabilización de la divisa nacional. Es una operación dolorosísima. El americano dice: Si no lo consentís, no os prestaré nada y os las arreglaréis como queráis. El americano exige de Francia que se desarme para pagar sus deudas. ¿Qué mejor que este pacifismo puro, con el desarme y la estabilización de los cambios? América se prepara “pacíficamente” a doblegar a Francia bajo su yugo.
La cuestión de la paridad oro y de las deudas con Inglaterra está ya resuelta. Inglaterra, si no me engaño, entrega ya a Estados Unidos unos 330 millones de rublos por año. Ha arreglado, a su vez, la cuestión de la deuda italiana, de la que no percibirá sino una parte insignificante. Francia es la principal deudora de Inglaterra y de América, pero hasta ahora, no ha pagado un céntimo. Pero tendrá que pagar, a menos de triunfar una revolución que anule todas las antiguas deudas. Alemania efectúa pagos a Francia y a Inglaterra que, su vez, nos exigen a nosotros el pago de nuestras deudas. En suma, el burgués inglés saca o se dispone a sacar de sus deudores europeos todo lo que pueda, a fin de enviarlo luego, con una ayuda añadida por él mismo, allende el Atlántico, al tío Sam. ¿Qué son en suma, Mr. Baldwin o el rey Jorge? Sencillamente el recaudador en jefe de los impuestos de América en la provincia llamada Europa (Risas), el agente encargado de hacer efectivo los pagos de los pueblos europeos y de expedirlos a Estados Unidos. Como se ve, se trata de una organización de las más pacíficas: las relaciones financieras de los pueblos de Europa están reguladas con arreglo a la deuda americana bajo la vigilancia del contribuyente más puntual, Gran Bretaña, que ha ganado por ello el título de recaudador principal de impuestos. La política europea de América descansa completamente sobre este principio. Alemania paga a Francia; Italia paga a Inglaterra: Francia paga a Inglaterra; Rusia, Alemania, Italia, Francia. Inglaterra, pagadme. Esto es lo que dice América. Esta jerarquía de las deudas es una de las bases del pacifismo americano.
La lucha mundial entre Inglaterra y América por la posesión del petróleo ha suscitado ya sacudidas revolucionarias y conflictos militares en México, en Turquía, en Persia. Pero quizá los periódicos nos anuncien mañana que entre América e Inglaterra se ha concertado una colaboración pacífica para el dominio de la nafta. ¿Cómo se efectuará dicha colaboración? Se celebrará una conferencia del petróleo en Washington, en la que América dirá a Inglaterra: Conténtate con una ración de nafta más modesta. Y será una nueva prueba del pacifismo de la mejor ley.
En la lucha por los mercados también se procede de tiempo en tiempo a un arreglo “pacífico” de la cuestión. Hablando de la lucha por los mercados que se desarrolla entre Inglaterra y América un escritor alemán, antiguo ministro de no sé qué gobierno -los ex ministros son numerosos en Alemania-, el barón Reibnitz dice en sustancia: Inglaterra podrá evitar la guerra si deja las manos libres a Estados Unidos en el Canadá, en América del Sur, en el Pacífico y en la costa oriental de Asia y Australia; “a ella le quedarán otros dominios fuera de Europa”. No veo muy bien qué le quedará a Inglaterra después de esto. Pero la alternativa es clara: o la guerra, o la porción congrua.
Por lo que se refiere a las materias primas extranjeras, he aquí un último capítulo interesante en sumo grado. Estados Unidos halla que le falta muchas cosas que otros poseen. A este respecto, los periódicos americanos han publicado el mapa del reparto de materias primas en el mundo. Ahora hablan y discuten de continentes enteros. Los pigmeos europeos se inquietan por Albania, por Bulgaria, por algunos pasillos y desdichadas parcelas de tierra. Los americanos se ocupan de continentes; esto facilita el estudio de la Geografía y, sobre todo, presta amplitud a sus bandolerismos. (Risas) Así, pues, los periódicos americanos han publicado el mapa del globo terrestre con diez manchas negras, diez grandes lagunas de Estados Unidos en materias primas: el caucho, el café, los nitratos, el estaño, la potasa, y algunas otras menos importantes. Parece ser que todas estas primeras materias son monopolio, no de Estados Unidos, sino de otros países. El 70% de la cosecha mundial de caucho se obtiene en islas que pertenecen a Inglaterra; ahora bien, América consume el 70% de la producción mundial del caucho para sus neumáticos y otros artículos. El café viene del Brasil. Chile, sostenido financieramente por los ingleses, suministra los nitratos, y así sucesivamente. Churchill decidió recuperar las sumas pagadas a América en concepto de deudas aumentando el precio del caucho. Y Hoover, director del Comercio americano, calculaba que en 1925, Estados Unidos había pagado a los ingleses por el caucho de 700 a 800 millones de dólares más del precio honrado. Hoover sabe distinguir perfectamente los precios honestos de los deshonestos; es su especialidad. Cuando se enteraron de esto, los periódicos americanos pusieron el grito en el cielo. Así, por ejemplo, el Evening Post exclamaba: “¿Para qué todos esos Locarnos y Ginebras, esas Ligas y protocolos, esas conferencias de desarme y conferencias económicas, si un grupo poderoso de naciones aísla intencionadamente a América?” ¡Miren ustedes esa pobrecita América, a la que se aísla y explota por todas partes! (Risas) El caucho, el café, el estaño, los nitratos, la potasa, todo esto ya ha sido cogido y monopolizado, de suerte que un buen multimillonario no puede dar una vuelta en automóvil, ni beber café hasta la saciedad... ni tener siquiera una bala de estaño para suicidarse si se le antoja. (Risas). Verdaderamente, la situación es intolerable, es la explotación por todos los costados! ¡Hay como para tumbarse vivo en un féretro “estandarizado”! A este propósito, Mr. Hoover ha escrito un articulo -¡y qué artículo!- compuesto exclusivamente de cuestiones -29 cuestiones- a cual más interesante. Como os imagináis, todas estas cuestiones son puntas dirigidas contra Inglaterra. ¿Está bien vender a más de un precio honrado? ¿No puede originar esto el envenenamiento de las relaciones entre los países? Y si es así, ¿no está el Gobierno obligado a intervenir? Y si un Gobierno que se respeta interviene, ¿no puede acarrear esto graves consecuencias? (Risas). Un periódico inglés, menos correcto que los otros, pero más franco, escribió sobre este particular: un imbécil puede hacer más preguntas de las que puedan responder cien hombres inteligentes. (Risas). Este periódico patriota no hizo más que desahogar su bilis. En primer término, yo no puedo admitir que un imbécil ocupe un puesto tan importante, e incluso si así fuera... Camaradas, no es una confesión, sino una suposición lógica. (Risas). Si fuese así, digo, no sería por eso menos cierto que Hoover se halla al frente del gigantesco aparato del capital americano y que, por consiguiente, necesita inteligencia, pues toda la “máquina” burguesa piensa por él. En todo caso, después de las veintinueve cuestiones de Hoover, cada una de las cuales sonaba como un tiro a los oídos de Baldwin, el caucho bajó súbitamente de precio. Este hecho aclara mejor que todas las cifras la situación mundial. Tal es en la práctica el pacifismo americano.

No hay salida para el capitalismo europeo

A Estados Unidos, que no toleran ningún obstáculo en su camino, que consideran todo encarecimiento de las materias primas que faltan como un ataque a su derecho indiscutible de explotar al mundo entero, a esta nueva América, que avanza furiosamente en todas direcciones, se opone Europa, desmembrada, dividida, más pobre que antes de la guerra, con los mercados limitados, abrumada de deudas, desgarrada por sus antagonismos y oprimida por un militarismo hipertrofiado.
En los comienzos del período de restauración eran muchas las ilusiones de los economistas y políticos burgueses y socialdemócratas sobre la posibilidad de volver a levantar a Europa. La industria europea, ante todo la industria francesa, luego la alemana, se reconstruían bastante rápidamente en ciertos momentos, después de la guerra. Esto no tiene nada de extraño: la demanda había vuelto a ser de nuevo más o menos normal y todos los stocks estaban agotados; además, Francia tenía las regiones devastadas, que eran para ella en cierto modo un mercado complementario. Mientras tuvo que ocuparse en satisfacer necesidades más urgentes de estos mercados devastados por la guerra, la industria trabajó a pleno rendimiento y su prosperidad hizo concebir grandes esperanzas, grandes ilusiones. Ahora, los mismos economistas burgueses han renunciado a estas ilusiones. El capitalismo europeo se encuentra en una situación sin salida.
Sin necesidad de que la burguesía americana lo quiera conscientemente, la formidable superioridad económica de Estados Unidos impedirá fatalmente al capitalismo europeo que se reconstruya. El capitalismo americano, acosando cada vez más a Europa, la empujará automáticamente por el camino de la revolución. Ahí esta el nudo de la situación mundial.
Tal estado de cosas tiene su repercusión más evidente en Inglaterra. En sus exportaciones transatlánticas, Inglaterra ve su esfera de acción limitada por América, el Canadá y el Japón, así como por el desenvolvimiento industrial de sus propias colonias. En el mercado textil de la India, que es una colonia suya, se ve en la actualidad desalojada por el Japón. En el mercado europeo, cada aumento de venta de mercancías inglesas restringe los mercados de Alemania, de Francia, e inversamente. Lo opuesto es lo que sucede con mayor frecuencia: las exportaciones de Alemania y Francia perjudican a las de Gran Bretaña. El mercado europeo no se ensancha. En sus estrechos límites se producen desplazamientos de un lado o de otro. Esperar que esta situación se modifique radicalmente en favor de Europa, sería esperar milagros. Así como en el mercado interior la empresa más importante y adelantada tiene asegurado el triunfo sobre la empresa pequeña y atrasada, del mismo modo, en el mercado mundial, Estados Unidos obtendrán la victoria sobre Europa, es decir, en primer lugar sobre Inglaterra.
En 1925, las importaciones y exportaciones de Inglaterra alcanzaron, respectivamente, el 111% y el 76% de su nivel de antes de la guerra. De donde resulta un pasivo formidable de la balanza comercial. La reducción de las exportaciones lleva consigo una crisis industrial que repercute en las ramas fundamentales de la industria: carbón, acero, construcciones navales, tejidos, etc. Ciertas mejorías temporales, importantes quizás, son posible y hasta inevitables, pero no deja de ser cierto que la Gran Bretaña se halla actualmente en decadencia.
No se puede realmente sino sentir desdén hacia los “estadistas” ingleses que han conservado sus antiguos hábitos, tan poco compatibles con la nueva situación, y que carecen de la más elemental concepción de la situación mundial y de sus inevitables consecuencias. En estos últimos tiempos, Baldwin y Churchill nos han obsequiado nuevamente con sus declaraciones. A fines del año ultimo, Churchill dijo que tenía doce razones para ser optimista. En primer lugar, la divisa nacional esta estabilizada. El economista inglés Keynes le replicó explicando que dicha estabilización suponía una disminución mínima de un 10% en el precio de las mercancías exportadas y, por lo tanto, un aumento correspondiente del pasivo de la balanza. La segunda razón que conduce al optimismo es el precio elevado del caucho. Pero, ¡ay!, las veintinueve cuestiones de Mr. Hoover han rebajado considerablemente el optimismo de Churchill en lo que respecta al caucho. En tercer lugar, el número de huelgas ha disminuido. Pero esperemos a que termine abril, momento en que habrá que proceder a la revisión del contrato colectivo de los mineros. Cuarta razón de optimismo: Locarno. Sin embargo, la lucha anglofrancesa después de Locarno, lejos de disminuir, no ha hecho sino intensificarse. Por lo demás, aun es demasiado pronto para pronunciarse definitivamente sobre los resultados de los acuerdos de Locarno. No enumeramos las restantes razones de optimismo: todavía se cotizan menos en la Bolsa de Nueva York. Es interesante señalar que el Times publica un fondo sobre este asunto titulado: Dos rayos de esperanza. El Times es más modesto que Churchill: no tiene doce, sino sólo dos rayos de esperanza, y por añadidura rayos X, es decir, rayos bastante problemáticos.
Puede oponerse a la ligereza de Churchill la seriedad relativa de los americanos, que saben apreciar la economía británica desde su punto de vista, y también la opinión de los mismos industriales británicos. A su regreso de Europa, el director del Departamento del Comercio de Estados Unidos, Klein, presentó a los industriales un informe que, a pesar de su convencional tono tranquilizador, deja asomar la verdad. “Desde el punto de vista económico -dijo-, la única mancha oscura, haciendo abstracción evidentemente de la situación de Francia e Italia, así como de la restauración relativamente lenta de Alemania, la unica mancha oscura, digo, es el Reino Unido. Me parece que Inglaterra se encuentra en una situación comercial dudosa. No quisiera ser demasiado pesimista, pues Inglaterra es nuestro mejor cliente, pero en este país se se desarrollan una serie de factores que, a mi juicio, deben merecer serias reflexiones... Hay en Inglaterra formidables impuestos, cuya causa, según algunos, es necesario buscarla en nuestra sed de dinero, por no decir más. Sin embargo, esto no es enteramente justo... El utillaje de la industria hullera es el mismo que hace varias décadas, de suerte que el costo de la mano de obra por tonelada es tres o cuatro veces mayor que en Estados Unidos.”
Y así sucesivamente en el mismo tono.
He aquí ahora otra opinión. J. Hawey, ex embajador americano en Europa, a quien los ingleses consideran como amigo de su país porque habla a menudo de la necesidad de ayudar a Inglaterra, ha publicado recientemente un artículo titulado El fin de Inglaterra, en el que llega a la conclusión de que “la producción inglesa ha terminado ya. En lo suscesivo, el lote de Inglaterra consistirá en ser un intermediario”, es decir, el agente y empleado de Banca de Estados Unidos. Tal es la conclusión de este amigo de Inglaterra.
Veamos ahora lo que opina George Hunter, gran constructor de navíos ingleses, cuya nota al Gobierno ha causado sensación en toda la prensa británica:
“El Gobierno -dice- ¿se ha dado plena cuenta de la situación desastrosa de la industria inglesa? ¿Sabe que esta situación, lejos de mejorar, empeora progresivamente? El número de nuestros desocupados crónicos con el de los temporales representa como mínimo el 12,5% de los obreros que trabajan. Nuestra balanza comercial es desfavorable. Nuestros ferrocarriles y una gran parte de nuestras empresas industriales pagan dividendos sacados de sus reservas o no pagan ninguno, si esto continúa, llegaremos a la bancarrota y a la ruina. No hay ninguna mejoría en perspectiva.”
La industria hullera es la clave del capitalismo inglés. En la actualidad, se mantiene gracias a los subsidios gubernamentales. “Podemos -dice Hunter-, subvencionar cuanto queramos la industria hullera; esto no impedirá que nuestra industria, en general, decrezca.” Pero si las subvenciones cesaran, los industriales ingleses no podrían pagar los salarios que actualmente pagan; ahora bien, esto provocaría, a partir del 1º de mayo próximo, un formidable conflicto económico. No es difícil imaginarse lo que sería una huelga que abarcaría por lo menos a un millón de mineros, sostenidos verosímilmente por cerca de un millón de ferroviarios y obreros del transporte. Inglaterra entraría en un período de formidables trastornos económicos. Hay que seguir concediendo subvenciones ruinosas, o resignarse a un violento conflicto social.
Churchill posee doce razones para ser optimista, pero la estadística social de Inglaterra atestigua que la desocupación aumenta, que el número de mineros disminuye y que, en cambio, el proletariado no especializado es cada vez más numeroso y el personal de los restaurantes y cafes-conciertos aumenta en detrimento de la cantidad de productores. Se comprueba asimismo que también aumenta el numero de lacayos, eso sin contar los lacayos políticos que, la servilleta al brazo, imploran la generosidad de los americanos. (Risas)
Volvamos a nuestro paralelo entre América e Inglaterra. En América se forma en el seno de la clase obrera una superaristocracia que funda las Company Unions; en Inglaterra, destronada de su supremacía de antaño, se desarrollan, por el contrario, las capas del lumpen proletariado. Esta oposición pone de relieve, mejor que todo, el desplazamiento del eje económico mundial. Y este eje no dejará de desplazarse mientras el eje de “clase” de la sociedad no se haya desplazado, es decir, mientras no se haya realizado la revolución proletaria.
Baldwin, es cierto, no comparte esta opinión. Aunque más serio que Churchill, no comprende mucho más que este último. En una asamblea de industriales indicaba los medios de salir de la situación, pues un primer ministro conservador posee siempre excelentes recetas contra todas las enfermedades. “A veces me parece -dijo-, que algunos de nosotros han dormido durante seis o siete años.” ¡Mucho más! El mismo mister Baldwin ha dormido por lo menos durante cincuenta años, mientras los otros velaban. “Deberíamos -continúa el primer ministro-, tomar como ejemplo el progreso realizado en ese tiempo por Estados Unidos.” ¡Intentad, en efecto, tomar como ejemplo el “progreso” de Estados Unidos! Tienen allí una fortuna nacional de 320.000 millones de dólares, 60.000 millones en los Bancos, una acumulación anual de 7.000 millones, mientras que en vuestro país lo que existe es el déficit.¡Tomadlo como ejemplo! ¡Intentadlo! “Las dos partes (los capitalistas y los obreros), -prosigue Baldwin-, pueden aprender mucho más en la escuela de Estados Unidos que estudiando la situación de Moscú.” Mr. Baldwin hace mal en decir: fuente, de tu agua no beberé. Nosotros podemos enseñarle algunas cosas. Sabemos orientarnos entre los hechos, analizar la economía mundial, prever las cosas, en particular la decadencia de la Inglaterra capitalista. Ahora bien, esto, mister Baldwin no lo sabe. (Risas, aplausos)
Churchill, ministro de Hacienda, ha aludido también a Moscú. Ahora, es el complemento obligado de todo buen discurso. Churchill había leído por la mañana un horrible discurso de Mr. Tomski*, éste último no es un miembro de la Cámara de los Lores, sino, como refiere Churchill, un hombre que ocupa un puesto importantísimo en la República de los Soviets. No ha pasado su juventud en Oxford o en Cambridge con Mr. Churchill, sino en la cárcel de Butirki, en Moscú. Sin embargo, Mr. Churchill se ve obligado a hablar de Mr. Tomski. Y, hay que decirlo, no es muy amable con él. En la conferencia de las Trade-Unions celebrada en Scarborough, Mr. Tomski pronunció, en efecto, un discurso que no ha tenido el honor de agradar a Mr. Churchill. Este ultimo ha citado trozos de dicho discurso, calificándolo de “divagación de un bárbaro”. “Considero -ha dicho Mr. Churchill-, que en este país somos capaces de dirigir nuestros propios asuntos sin ninguna injerencia del exterior.” Mr. Churchill se muestra altivo, pero sin razón en este caso, pues su patrono Mr. Baldwin declara que hay que instruirse en la escuela de Estados Unidos. “No queremos -continúa Churchill-, desayunarnos con un huevo de cocodrilo recién puesto.” Al parecer, Tomski es quien ha puesto en Inglaterra un huevo de cocodrilo. A Mr. Churchill no le gustan estos procedimientos; prefiere la política del avestruz, que esconde la cabeza en la arena, y, como es sabido, el avestruz y e1 cocodrilo se encuentran en las colonias tropicales de Inglaterra. Luego, Mr. Churchill se enardece: “Yo no tengo miedo a la revolución bolchevique en este país. No critico a las personalidades.” Esto no le impide pronunciar una furiosa diatriba contra Tomski; por consiguiente, tiene miedo de este último. No critica la personalidad de Tomski; se limita a calificarle de cocodrilo. (Risas) “¡La Gran Bretaña no es Rusia!” ¡En efecto! “¿Qué utilidad hay en hacer tragar a los obreros ingleses la aburrida doctrina de Karl Marx y en hacerles cantar, desentonando, la Internacional?” Es verdad que los obreros ingleses cantan a veces la Internacional en un tono falso, con la música de MacDonald, pero en Moscú aprenderán a cantarla bien. A nuestro juicio, a pesar de las doce razones para ser optimista, no está lejano el tiempo en que la situación económica de Inglaterra empujará a la clase obrera a cantar la Internacional a toda voz. ¡Prepare usted los oídos, Mr. Churchill! (Largos aplausos)
Por lo que se refiere a Alemania y Francia, me limitare a unas breves observaciones.
Hace dos días recibí de uno de nuestros ingenieros que ha visitado las fábricas alemanas en que se ejecutan nuestros pedidos una carta en la que caracteriza la situación en estos términos: “Como ingeniero, mi impresión es penosa. La industria perece aquí por falta de mercados, y ningún crédito americano podrá suministrarle estos mercados.” El número de desocupados en Alemania excede de dos millones. A consecuencia de la racionalización de la producción, los obreros especializados forman alrededor de las tres cuartas partes de los desocupados. Alemania ha sufrido una crisis de inflación, luego una crisis de deflación; ahora debía volver la prosperidad, pero, por el contrario, es el derrumbamiento -más de dos millones de obreros sin trabajo-. Y, sin embargo, las consecuencias más duras de la aplicación del plan Dawes a Alemania están todavía por llegar.
En Francia, la industria, después de la guerra, ha progresado considerablemente. Por este motivo muchos concibieron grandes ilusiones. En realidad, Francia ha llevado hasta aquí una vida superior a sus medios; su industria ha progresado gracias a un mercado interior temporal (regiones devastadas) y a costa del país entero (depreciación del franco) Ahora ha llegado el momento de arreglar las cuentas. “Desarma, -dice América a Francia-; reduce tus gastos, adopta una moneda estable.” Ahora bien, la moneda estable significa la reducción de las exportaciones, la desocupación, la expulsión de los proletarios extranjeros a sus países, la rebaja de los salarios de los obreros franceses. El período de inflación ha arruinado a la pequeña burguesía; el período de deflación hará alzarse al proletariado. El Gobierno francés no se atreve siquiera a abordar la solución de la cuestión financiera. Los ministros de Hacienda suceden cada dos meses y siguen haciendo funcionar la máquina de los asignados. Es su único método de regularización de la economía. El almirante Horty se dijo que era un arte que no tenía nada de complicado, y se puso a fabricar billetes franceses falsos en Hungría, indudablemente no para sostener la República, sino para restaurar la monarquía. La Francia republicana no ha querido tolerar concurrencia monárquica y ha hecho proceder a unas cuantas detenciones en Hungría; pero, además de esto, muy poco ha hecho por el saneamiento de la moneda francesa. Francia marcha hacia una crisis económica y política.
En esta Europa que se descompone, la Sociedad de Naciones quiere reunir este año dos conferencias: una, para el desarme; otra, para la reconstrucción económica de Europa. No obstante, es inútil precipitarse para retener los puestos: la preparación de la conferencia se efectúa lentamente y choca a cada paso con intereses contradictorios.
A propósito de la preparación de la conferencia para el desarme, una revista inglesa publicaba estos días un artículo oficial de excepcional interés firmado El Augur. Todo demuestra que el tal Augur está en estrecha relaciones con el Ministerio de Negocios Extranjeros y conoce perfectamente sus interioridades. So pretexto de preparar la conferencia para el desarme, el Augur británico nos amenaza con “medidas que no serán medidas pacíficas”. Es una amenaza directa de guerra. ¿Quién profiere esta amenaza? Inglaterra, que pierde sus mercados exteriores; Inglaterra, donde reina la desocupación; Inglaterra, en donde aumentan las filas del lumpen proletariado; Inglaterra, que solo posee un optimista, Winston Churchill, nos amenaza ahora con la guerra. ¿Por qué? ¿A propósito de qué? ¿No es porque quiere vengarse sobre alguien de las afrentas que recibe de América? En cuanto a nosotros, no queremos la guerra. Pero si las clases directoras británicas pretenden acelerar el proceso de la revolución; si la Historia desea quitarles la razón antes de arrebatarles el poder, debe, precisamente ahora, empujarlas por la peligrosa pendiente de la guerra. Una colisión entre pueblos acarrearía sufrimientos incalculables. Pero si unos locos criminales desencadenan una nueva guerra en Europa, no seria Baldwin, ni Churchill, ni América, su patrono, el vencedor, sino la clase obrera revolucionaria de Europa. (Aplausos)

¿Ha cumplido el capitalismo su tiempo?

Para terminar, plantearé una cuestión que, a mi juicio, dimana del fondo mismo de mi informe. El capitalismo, ¿ha cumplido o no ha cumplido su tiempo? ¿Se halla en condiciones de desarrollar en el mundo las fuerzas productivas y de hacer progresar a la humanidad? Este problema es fundamental. Tiene una importancia decisiva para el proletariado europeo, para los pueblos oprimidos de Oriente, para el mundo entero y, sobre todo, para los destinos de la Unión Soviética. Si se demostrara que el capitalismo es capaz todavía de llenar una misión de progreso, de enriquecer más a los pueblos, de hacer más productivo su trabajo, esto significaría que nosotros, Partido Comunista de la URSS, nos hemos precipitado al cantar su de profundis; en otros términos, que hemos tomado demasiado pronto el poder para intentar realizar el socialismo. Pues, como explicaba Marx, ningún régimen social desaparece antes de haber agotado todas sus posibilidades latentes. Y en la nueva situación económica actual, ahora que América se ha elevado por encima de toda la humanidad capitalista, modificando hondamente la relación de las fuerzas económicas, debemos plantearnos esta cuestión: el capitalismo ¿ha cumplido su tiempo, o puede esperar aún hacer una obra de progreso?
Por lo que a Europa se refiere, la cuestión, como he tratado de demostrar, se resuelve francamente por la negativa. Europa, después de la guerra, ha caído en una situación más penosa que antes de 1914. Pero la guerra no ha sido un fenómeno fortuito: ha sido el levantamiento ciego de las fuerzas de producción contra las formás capitalistas comprendidas las del Estado nacional. Las fuerzas de producción creadas por el capitalismo no podían contenerse ya en el cuadro de las formas sociales del capitalismo, incluso el cuadro de los Estados nacionales. De allí la guerra. ¿Cuál ha sido el resultado de la guerra para Europa? Una agravación considerable de la situación. Tenemos actualmente las mismas formas sociales capitalistas pero más reaccionarias; las mismas barreras aduaneras, pero más erizadas de obstáculos; las mismas fronteras, pero más estrechas; los mismos ejércitos, pero más numerosos; una deuda mayor, un mercado restringido. Tal es la situación general de Europa. Si hoy Inglaterra se levanta un poco, es en detrimento de Alemania; mañana será Alemania la que se alzará a expensas de Inglaterra. Si la balanza comercial de un país acusa un excedente, la balanza de otro país acusa un pasivo correspondiente. La evolución mundial -principalmente el desarrollo de Estados Unidos- ha llevado a Europa a este atolladero. América constituye hoy la fuerza esencial del mundo capitalista, y el carácter de esta fuerza determina automáticamente la situación sin salida de Europa dentro de los lìmites del régimen capitalista. El capitalismo europeo se ha vuelto reaccionario en el sentido absoluto del término; dicho de otro modo, lejos de hacer progresar a las naciones, no es ni siquiera capaz de conservarles el nivel de la vida que habían alcanzado en el pasado. Tal es la base económica de la época revolucionaria actual. Asistimos a flujos y reflujos políticos, pero esta base permanece invariable.
En cuanto a América, el cuadro parece muy distinto. Pero ¿y Asia? No se la puede, en efecto, desdeñar. Asia y África representan el 55% de la superficie y el 60% de la población del globo. Merecerían, es cierto, un un examen detallado que no cabe en los límites de este discurso. Pero todo lo que hemos dicho más arriba demuestra claramente que la lucha entre América y Europa es ante todo una lucha por la dominación en Asia. ¿Es capaz aún el capitalismo de cumplir una misión de progreso en América? ¿Puede realizar esta misión en Asia y en África? En Asia ya ha empezado a obtener éxitos importantes; en África no ha hecho más que rozar la periferia del continente. ¿Qué perspectivas de desenvolvimiento tiene? A primera vista, podría parecer que el capitalismo a cumplido ya su tiempo en Europa, que en América desarrolla las fuerzas productivas, que en Asia y en África tiene todavía ante sí un ancho campo donde podrá ejercer su actividad durante décadas y hasta siglos. ¿Es realmente así? Si fuese así significaría que el capitalismo no ha terminado aún su misión en el mundo. Ahora bien, actualmente la economía es mundial, y esto es lo que determina la suerte del capitalismo para todo los continentes. El capitalismo no puede desarrollarse aisladamente en Asia, independientemente de lo que ocurre en Europa o en América. La época de los procesos económicos provinciales ha pasado definitivamente. Es cierto que el capitalismo americano es incomparablemente más fuerte y más sólido que el capitalismo europeo y puede mirar al porvenir con mayor seguridad. Pero ya no puede sostenerse con su equilibrio interior. Necesita el equilibrio mundial. Europa depende cada vez más de América, pero de aquí resulta que América, a su vez depende cada día más de Europa. América acumula anualmente 7.000 millones de dólares. ¿Qué hacer de este dinero? Encerrarlo simplemente en un sótano equivale a convertirlo en un capital muerto que disminuirá los beneficios del país. Todo capital exige intereses. ¿Dónde colocar los fondos disponibles? El país por sí mismo no los necesita. El mercado interior está sobresaturado. Es necesario buscar una salida al exterior. Se ha empezado a prestar dinero a los demás países, a invertir fondos en la industria extranjera. Pero ¿qué hacer con los intereses? Estos, en efecto, vuelven a América. Hace falta, pues, o colocarlos de nuevo en el extranjero si se perciben en especie, o bien, en lugar de tomarlos en oro, importar mercancías europeas. Pero estas mercancías minarán la industria americana, cuya enorme producción ya exige un mereado exterior. Tal es la contradicción. O importar oro, del que no se sabe qué hacer, o, en vez de oro, importar mercancías en detrimento de la industria nacional. La “inflación” oro es para la economía tan peligrosa como la inflación fiduciaria. Se puede morir de plétora tanto como de caquexia. Si hay oro en cantidad excesiva, éste no produce nuevos ingresos, rebaja el interés del capital y, por tanto, hace que la extensión de la producción sea irracional. Producir y exportar para amontonar el oro en sótanos, equivale a arrojar las mercancías al mar. Es la razón por la cual América necesita extenderse cada vez más, es decir, colocar la parte superflua de sus recursos en la América Latina, en Europa, en Asia, en Australia, en África. Pero por esto mismo, la economía de Europa y de las demás partes del mundo se convierte cada vez más en parte integrante de la de Estados Unidos.
Se dice en el arte militar que quien envuelve al enemigo y le corta queda a menudo cortado él mismo. En la economía se produce un fenómeno análogo: tanto más somete Estados Unidos bajo su dependencia al mundo entero, tanto más caen ellos mismos bajo la dependencia del mundo entero, con todas sus contradicciónes y conmociones en perspectiva. Hoy, la revolución en Europa supone la quiebra de la Bolsa americana; mañana, cuando las inversiones de capital americano en la economía europea hayan aumentado, significará una conmoción profunda.
¿Y el movimiento nacional revolucionario en Asia? El desenvolvimiento del capitalismo en Asia implica fatalmente el desarrollo de este movimiento, que choca cada vez más violentamente con el capital extranjero, vedette del imperialismo. En China, el desenvolvimiento del capitalismo, que se produce con el concurso y bajo la presión de los colonizadores imperialistas, engendra la lucha revolucionaria y conmociones sociales.
He hablado más arriba de la potencia de Estados Unidos frente a la Europa debilitada y a los pueblos coloniales económicamente atrasados. Pero esta potencia de Estados Unidos constituye precisamente su punto vulnerable: implica su creciente dependencia respecto de los países y continentes económica y políticamente inestables. América se ve obligada a fundar su potencia en una Europa inestable, esto es, en las revoluciones próximas de Europa y en el movimiento nacional revolucionario de Asia y de África. No puede considerarse a Europa como un todo independiente. Pero tampoco América es un todo independiente. Para mantener su equilibrio interior, Estados Unidos tiene necesidad de una salida cada vez más amplia al exterior; ahora bien, esta salida al exterior introduce en su régimen económico elementos cada vez más numerosos del desorden europeo y asiático. En estas condiciones, la revolución victoriosa en Europa y en Asia inaugurará forzosamente una era revolucionaria para Estados Unidos. Y es indudable que la revolución, una vez comenzada, se desarrollará con una celeridad verdaderamente americana en Estados Unidos. He aquí lo que se deduce de la apreciación de la situación mundial.
Resulta de aquí que la revolución no estallará en América sino en segundo lugar. Empezará en Europa y en Oriente. Europa llegará al socialismo contra la América capitalista, cuya oposición tendrá que vencer. Es verdad que sería más ventajoso empezar la socialización de los medios de producción por ese país sumamente rico que es América y continuarla luego en el resto del mundo. Pero nuestra propia experiencia nos ha demostrado que es imposible establecer caprichosamente el orden de la revolución en los diferentes países. Rusia, país económicamente débil y atrasado, ha sido el primero en llevar a cabo la revolución proletaria. Ahora les toca el turno a los demás países de Europa. América no permitirá que la Europa capitalista se levante de nuevo. Es el elemento de revolución que actualmente constituye el poder capitalista de Estados Unidos. Cualesquiera que sean las fluctuaciones políticas que tenga que experimentar Europa, ésta permanecerá en una situación económica sin salida. Este es un hecho esencial, y este hecho, un año más pronto o más tarde, empujará al proletariado por la vía revolucionaria.
¿Podrá la clase obrera conservar el poder y realizar el socialismo en su economía sin América y contra ella? Esta cuestión se relaciona íntimamente con las de las colonias. La economía capitalista de Europa, y particularmente la de Inglaterra, depende en gran parte de las posesiones coloniales, que suministran a las metrópolis los productos alimenticios en las materias primas necesarias para la industria. Entregada a sí misma, es decir, aislada del mundo exterior, la población de Inglaterra estaría condenada a una muerte económica y física inminente. La industria europea depende en muy gran medida de sus vínculos con América y las colonias. Ahora bien, el proletariado europeo, tan pronto como haya arrancado el poder a la burguesía, ayudará a los pueblos coloniales oprimidos a romper su cadenas. ¿Podrá sostenerse en tales condiciones e instaurar la economía socialista?
Nosotros, pueblos de la Rusia zarista, nos hemos sostenido durante los años del bloqueo y de la guerra. Padecimos hambre, miseria, epidemias, pero resistimos. Nuestro estado de atraso constituyó para nosotros en estas circunstancias una superioridad. La revolución supo mantenerse apoyándose en su retaguardia representada por la clase campesina. Hambrienta y asolada por las epidemias, supo resistir bien, sin embargo. Pero la cuestión se plantea de otro modo para la Europa industrializada, y especialmente para Inglaterra. Una Europa fragmentada no podría, ni aun bajo la dictadura del proletariado, resistir económicamente conservando su fraccionamiento. La revolución proletaria implica la unificación de Europa. Actualmente los economistas, los pacifistas, los hombres de negocio, y hasta simplemente los charlatanes burgueses hablan a menudo de Estados Unidos de Europa. Pero esta obra es superior a las fuerzas de la burguesía europea, roída por sus antagonismos. Sólo el proletariado victorioso podrá realizar la unión de Europa. Dondequiera que estalle la revolución y sea cualquiera el ritmo de su desenvolvimiento, la unión económica de Europa es la condición previa de su refundición socialista.
La Internacional Comunista ya lo proclamó en 1923: hay que arrojar a los que han dividido a Europa, tomar el poder para unificarla y crear Estados Unidos socialistas de Europa. (Aplausos)
La Europa revolucionaria encontrará el camino que conduce a las materias primas, a los productos alimenticios; sabrá hacerse ayudar por la clase campesina. Por otra parte, nosotros nos hemos fortalecido considerablemente y podremos, en los meses más difíciles, ayudar algo a la Europa revolucionaria. Seremos, además, para esta última un puente hacia Asia. La Inglaterra proletaria caminará de la mano con los pueblos de la India y asegurará la independencia de este país. Pero no se sigue de aquí que pierda la posibilidad de una estrecha colaboración económica con la India. La India libre tendrá necesidad de la técnica y de la cultura europeas; Europa tendrá necesidad de los productos de la India. Estados Unidos de Europa, con nuestra Union sovietica, constituirán un poderoso centro de atracción para los pueblos de Asia, que procurarán establecer estrechas relaciónes económicas y políticas con la Europa proletaria. Si Inglaterra proletaria pierde la India como colonia, la encontrará como compañera en la Federación Eurasiática de todos los pueblos. El bloque de los pueblos de Eurasia será inquebrantable y, sobre todo, invulnerable a los golpes de Estados Unidos. No se nos oculta el poder de estos últimos. En nuestras perspectivas revolucionarias, partimos de una clara apreciación de los hechos tales como son. Más aún: consideraremos que este poder -tal es la dialéctica- es actualmente la palanca por excelencia de la revolución europea. No ignoramos que, política y militarmente, esta palanca se volverá contra ella cuando la revolución europea estalle. Cuando se halle en juego su piel, el capital americano emprenderá la lucha con una energía feroz. Cuanto los libros y nuestra propia experiencia nos han enseñado respecto de la lucha de las clases privilegiadas para conservar su dominación, palidecerá seguramente ante las violencias que el capital americano hará sufrir a la Europa revolucionaria. Pero gracias a su colaboración revolucionaria con los pueblos de Asia, la Europa unificada será infinitamente más poderosa que Estados Unidos. Por mediación de la Unión Soviética, los trabajadores de Europa y de Asia se hallarán indisolublemente unidos. Aliado al Oriente sublevado, el proletariado revolucionario europeo arrancará al capital americano el control de la economia mundial y asentará los fundamentos de la Federación de los pueblos socialistas del mundo entero. (Tempestad de aplausos)


[1] Discurso pronunciado por Trotsky en Moscú. Tomado de la versión publicada en ¿Adónde va Inglaterra?, Ed. Yunque, 1974, Buenos Aires, Argentina, pág. 229.



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?