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Entrevista concedida al New York World Telegram[1]

 

 

13 de junio de 1933

 

 

 

Ya que me piden una opinión sobre la conferencia económica, les diré que no me hago ilusiones en cuanto a sus resultados. Si algo nos enseñan las innumerables conferencias de los últimos años, es que las verdaderas contradicciones no se pueden resolver mediante las fórmulas generales que inevitablemente constituyen la esencia de tales conferencias. Hay que actuar.

Una acción necesaria debiera ser la normalización de relaciones entre Estados Unidos y la URSS. Si vues­tro nuevo gobierno se lanza por esta senda será un paso importantísimo, tanto desde el punto de vista de la política internacional como del de la economía.

El pacto de las cuatro potencias no arregla nada. El verdadero plan de Hitler consiste en buscar el apoyo de Italia e Inglaterra para la guerra contra la Unión Sovié­tica. Hay que ser ciego para no verlo.

La normalización de relaciones entre Washington y Moscú seria un golpe mucho más terrible a los planes bélicos de Hitler que todas las conferencias europeas juntas.

Igual importancia puede atribuirse a la colaboración entre Estados Unidos y la Unión Soviética en el Lejano Oriente. La conducta actual de Japón de ningún modo revela que esté fuerte. Por el contrario, las medidas aventureristas de Tokio recuerdan la conducta de la burocracia zarista en los primeros años de este siglo.

Pero son justamente estas sangrientas operaciones de las camarillas militares irresponsables las que inexo­rablemente engendran tremendas conmociones mun­diales.

Las relaciones entre Washington y Moscú no dejarían de afectar a Tokio y, con una política acorde con las circunstancias, podrían frenar a tiempo el desarrollo automático del aventurerismo militar japonés.

Desde el punto de vista económico, la normaliza­ción de relaciones entre la URSS y Norteamérica daría resultados positivos. El amplio plan económico de la Unión Soviética no puede basarse en lo inmediato en la Alemania fascista, con la cual sostiene relaciones que se volverán sumamente inestables.

De esta manera, la colaboración económica entre ambas repúblicas, la euroasiática y la norteamericana, la suma de cuyas poblaciones alcanza los trescientos millones de habitantes, adquiere una importancia muy grande.

La colaboración debería basarse en un plan, contro­lado desde arriba y con un alcance de varios años.

La presencia de un representante de Estados Unidos en Moscú daría a Washington la posibilidad de convencerse de que, a pesar de las tremendas dificul­tades transitorias que atraviesa el comercio, la Unión Soviética constituye, quizás, la inversión más segura para el capital.

Mucho me complacería que hicieran llegar estas sencillas observaciones al público norteamericano.



[1] Entrevista concedida al New York World Telegram. The Militant, 17 de junio de 1933. Publicada en el World Telegram del 15 de junio de 1933. la en­trevista fue realizada en momentos en que se reunía una conferencia económi­ca internacional en Londres el 13 de junio de 1933. La Oposición de Izquierda había abogado durante años por la concertación de un acuerdo comercial soviético-norteamericano. Según un informe sobre la conferencia, publicado en el New York Times del 15 de junio, el principal delegado soviético, Litvinov, "instó a todos los países a reconocer la necesidad de la coexistencia pacifica de los dos sistemas, el capitalismo y el socialismo".



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