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El rompecabezas alemán

 

Escrito en agosto de 1932, apareció en la revista alemana Die Weltbühne, 8 de noviembre de 1932

 

La situación política en Alemania no sólo es difícil, sino instructiva. Igual que una fractura compuesta, una ruptura en la vida de una nación surca todos los tejidos. Raramente se ha manifestado la interrelación de clases y partidos —de la anatomía social y la fisiología política- tan cabalmente como en la Alemania contemporánea. La crisis social está despojando las convenciones y exponiendo la realidad.

Quienes están hoy en el poder podían haber parecido fantasmas no hace mucho. ¿No fue abolido el dominio de la monarquía y la aristocracia en 1918? Sin embargo, aparentemente la revolución de Noviembre no realizó una labor enteramente suficiente. Los junkers alemanes no piensan en absoluto como fantasmas. Por el contrario, los junkers están haciendo un fantasma de la república alemana.

Los gobernantes actuales están «por encima de los partidos». No sorprende; representan una minoría que disminuye. Su inspiración y su apoyo directo provienen del DNP (Partido Nacional Alemán), asociación jerárquica de propietarios bajo sus dirigentes tradicionales, los junkers, la única clase que solía dar órdenes en Alemania. A los barones les gustaría borrar los últimos dieciocho años de historia europea para comenzarlo todo de nuevo. Esa gente tiene carácter.

No puede decirse lo mismo de los dirigentes de la burguesía alemana propiamente dicha. La historia política del Tercer Estado alemán no es estimulante; su colapso parlamentario carece de gloria. La decadencia del liberalismo británico, capaz aún hoy de recoger millones de votos, apenas puede compararse con el anonadamiento de los partidos tradicionales de la burguesía alemana.

De los demócratas y nacional-liberales, que una vez tuvieron a la mayoría del pueblo tras ellos, sólo quedan unos funcionarios desacreditados, sin tuerzas ni futuro.

Apartándose de los viejos partidos, o despertando a la vida política por vez primera, las abigarradas masas de la pequeña burguesía se agrupan alrededor de la svástica. Por primera vez en toda la historia, las clases medias -los artesanos, los tenderos, las «profesiones liberales», los dependientes, funcionarios y campesinos-, todos esos estratos divididos por tradición e intereses se han unido en una cruzada más extraña, más fantástica y disonante que las cruzadas campesinas de la Edad Media.

La pequeña burguesía francesa sigue jugando un papel prominente gracias al conservadurismo económico de su país. Este estrato, por supuesto, es incapaz de llevar a cabo una política independiente. Obliga sin embargo a la política oficial de los círculos capitalistas a adaptarse si no a sus intereses, sí al menos a sus prejuicios. El Partido Radical comúnmente en el poder es una expresión directa de esta adaptación.

A causa del desarrollo febril del capitalismo alemán, que arrojó despiadadamente al abismo a las clases medías, la burguesía alemana nunca fue capaz de asumir una posición en la vida política similar a la de sus viejos primos franceses. La era de sacudidas iniciada en 1914 trajo inconmensurablemente mayor ruina a las clases medias alemanas que a las francesas. El franco perdió cuatro quintas partes de su valor; el valor del viejo marco cayó hasta casi desaparecer. La actual crisis agrícola e industrial no es ni mucho menos tan extensa al oeste del Rhin como al este. En esta ocasión también el descontento de la pequeña burguesía francesa ha sido contenido en sus antiguos cauces, llevando a Herriot al poder. En Alemania fue diferente. Aquí, la desesperación de la pequeña burguesía tuvo que llegar a irritarlos, levantando a Hitler y su partido a extremos vertiginosos.

En el nacionalsocialismo todo es tan contradictorio y caótico como en una pesadilla. El partido de Hitler se llama a sí mismo socialista; sin embargo, lleva una lucha terrorista contra todas las organizaciones socia­listas. Se Rama a si mismo partido obrero; sin embargo, sus filas abarcan a todas las clases excepto al proletariado. Arroja sus dardos relampagueantes a las cabezas de los capitalistas; sin embargo, es apoyado por ellos. Se inclina ante las tradiciones germánicas; sin embargo, aspira al cesarismo, una institución enteramente latina. Con sus miradas vueltas hacia Federico II, Hitler imita los gestos de Mussolini... con un bigote a lo Charlie Chaplin. El mundo entero se ha derrumbado en las cabezas de la pequeña burguesía, que ha perdido completamente su equilibrio. Esta clase se está desgañitando tan estruendosamente por la desesperación, el miedo y el rencor, que está ensordecida y pierde el sentido de sus palabras y de sus gestos.

La abrumadora mayoría de los obreros sigue a los socialdemócratas y a los comunistas. El primer partido tuvo su época heroica antes de la guerra; el segundo deriva su origen directamente de la revolución de Octubre en Rusia. Los esfuerzos de los nacionalsocialistas por abrir paso entre «el frente marxista» no han conseguido todavía ningún resultado tangible. Aproximadamente 14.000.000 de votos pequeñoburgueses forman contra los votos de aproximadamente 13.000.000 de obreros hostiles.

Solamente el Partido del Centro oscurece los claros contornos de clase en los agrupamientos políticos alemanes. Dentro de los limites del campo católico, campesinos, industriales, elementos pequeñoburgueses y obreros están todavía amalgamados. Tendríamos que regresar a través de toda la historia alemana para explicar por qué el vínculo religioso ha podido resistir las fuerzas centrífugas de la nueva época. El ejemplo del Centro demuestra que las relaciones políticas no pueden ser completamente definidas con precisión matemática. El pasado empuja al presente y altera sus configuraciones. La tendencia general del proceso, no obstante, no es confusa. Es, a su manera, simbólico el que von Papen y su más estrecho colaborador Bracht hayan abandonado el ala derecha del Centro para llevar a cabo un programa político cuyo desarrollo debe conducir a la desintegración de este partido. Con una posterior intensificación de la crisis social en Alemania, el Centro no podrá resistir la presión desde fuera y desde dentro y su corteza clerical reventará. Lo inmediato al último acto del drama alemán será representado entre las partes componentes del Centro.

En el sentido formal, hoy, en los últimos días de agosto, Alemania se cuenta todavía entre las repúblicas parlamentarías. Pero hace pocas semanas, el ministro del Interior, von Gayl, convirtió la conmemoración de la Constitución de Weimar en un velatorio del parlamentarismo. Mucho más importante que este estatuto formal es el hecho de que las dos alas extremas del Reichstag, que representan a la mayoría de los votantes, contemplen la democracia como definitivamente quebrada. Los nacionalsocialistas quieren sustituirla por una dictadura fascista según el modelo italiano. Los comunistas aspiran a una dictadura de soviets. Los partidos burgueses, que han intentado administrar los asuntos de la clase capitalista mediante cauces parlamentarios durante los pasados catorce años, han perdido a todos sus electores. La socialdemocracia, que obligó al movimiento obrero a entrar en el marco del juego parlamentario, no sólo ha dejado escapar de las manos el poder que le confirió la revolución de Noviembre, no sólo ha perdido millones de votos que han ido a parar a los comunistas, sino que incluso corre el peligro de perder su estatuto legal como partido.

¿No es de sí misma evidente la conclusión de que, enfrentado con dificultades y tareas demasiado vastas para el, el régimen democrático está perdiendo el control? También en las relaciones entre estados, cuando asuntos de importancia secundaria están implicados, las reglas y usos del protocolo son más o menos observados. Pero cuando entran en conflicto intereses vitales, los rifles y cañones ocupan el centro del escenario en lugar de las cláusulas pactadas. Las dificultades internas y externas de la e nación alemana han avivado la lucha de clases hasta el punto en que nadie puede ni quiere subordinarse a las convenciones parlamentarias. Algunos pueden lamentarlo, increpar amargamente a los partidos extremistas por su inclinación a la violencia, esperar un futuro mejor. Pero los hechos son los hechos. Los hilos de la democracia no pueden soportar un voltaje demasiado alto. Tales son, sin embargo, los voltajes de nuestra época.

El notable «Calendario de Gotha» [1] tuvo dificultades en una ocasión para definir el sistema político de Rusia, que combinaba la representación popular y un zar autocrático. Caracterizar el actual sistema alemán sería probablemente aún más difícil si intentara basarse en categorías legales. Volviendo a la historia, sin embargo, podemos ofrecer ayuda a los «Calendarios de Gotha» de todos los países. Alemania está siendo gobernada actualmente según el sistema bonapartista.

El rasgo principal de la fisonomía política alemana lo produce el hecho de que el fascismo ha logrado movilizar a las clases medias contra los obreros. Dos poderosos campos se entrelazan en irreconciliable conflicto. Ninguno de los bandos puede vencer por medios parlamentarios. Ninguno aceptaría voluntariamente una decisión desfavorable para él. Semejante escisión de la sociedad prefigura una guerra civil. La amenaza de guerra civil crea en la clase dominante la necesidad de un árbitro y caudillo, de un César. lisa es precisamente la función del bonapartismo.

Todo régimen pretende estar por encima de las clases, salvaguardando los intereses del conjunto. Pero los efectos de las fuerzas sociales no pueden determinarse tan fácilmente como los del terreno de la mecánica. El gobierno mismo es de carne y hueso. Es inseparable de ciertas clases y de sus intereses. En épocas tranquilas, el parlamento democrático parece ser el mejor instrumento para reconciliar las fuerzas en conflicto. Pero cuando las fuerzas fundamentales viran en ángulos de 180 grados, tirando en direcciones opuestas, entonces aparece la oportunidad de una dictadura bonapartista.

A diferencia de una monarquía legítima, en que la persona del gobernante sólo represente un eslabón en una cadena dinástica, la forma bonapartista es inseparable de una personalidad que se abre camino ya sea mediante el talento, ya sea mediante la suerte. Semejante cuadro, sin embargo, corresponde escasamente a la figura plomiza del junker del Este del Elba y mariscal de campo Hohenzollern. Ciertamente, Hindenburg no es ningún Napoleón, ni Posen es Córcega. Pero una consideración meramente personal e incluso estética de esta cuestión seria completamente inadecuada y sería, de hecho, un entretenimiento. Aun cuando, como dicen los franceses, hace falta un conejo para hacer estofado de conejo, no es de ningún modo indispensable un Bonaparte para el bonapartismo. La existencia de dos campos irreconciliables basta. El papel del árbitro todopoderoso puede ser ocupado por una camarilla en vez de por una persona.

Recordemos que Francia no sólo ha conocido a Napoleón I, el verdadero, sino también al falso, Napoleón III. El tío y el supuesto sobrino tuvieron en común el papel de árbitro que señala sus decisiones con la punta de la espada. Napoleón I tuvo su propia espada, y Europa todavía conserva los vestigios de sus cisuras. La sola sombra de la espada de su supuesto tío bastó para empujar a Napoleón III al trono.

En Alemania, el bonapartismo toma una forma escrupulosamente alemana. Pero no debemos detenernos en los matices de las diferencias nacionales. En la traducción se pierden muchos rasgos distintivos del original. Aun cuando en muchas esferas de la creación humana los alemanes han proporcionado los más elevados modelos, en política, igual que en la escultura, han superado escasamente el nivel de la imitación mediocre. No entraré, sin embargo, en las razones históricas de ello. Baste decir que es así. Posen no es Córcega, Hindenburg no es Napoleón.

No hay ninguna huella de aventurismo en la figura conservadora del el presidente. El Hindenburg de ochenta años no perseguía nada en la política. En su lugar, otros lo perseguían y encontraron a Hindenburg. Y no fueron hacia él por casualidad. Toda esta gente son del mismo viejo fondo prusiano, aristocrático-conservador, de Postdam, al Este del Elba. Incluso si Hindenburg presta su nombre como cobertura para los actos de otros, no se dejará apartar de la huella que le dejaron las tradiciones de su casta. Hindenburg no es una personalidad, sino una institución. Es lo que fue durante la guerra. «La estrategia de Hindenburg» era la estrategia de gente con nombres completamente diferentes. Este procedimiento fue trasladado a la política. Ludendorff y sus ayudantes han sido relevados por hombres nuevos. Pero los métodos siguen siendo los mismos.

Conservadores, nacionalistas, monárquicos, todos los enemigos de la revolución de Noviembre colocaron a Hindenburg en el puesto de Reichspräsident la primera vez en 1925. No sólo los obreros, sino también los partidos de la burguesía votaron contra el mariscal Hohenzollern. Pero Hindenburg ganó. Fue apoyado por las masas de la pequeña burguesía desplazándose hacia Hitler. Como presidente, Hindenburg no ha hecho nada. Pero tampoco ha deshecho nada. Sus enemigos fomentaron la idea de que la fidelidad de las tropas de Hindenburg le habían hecho un defensor de la Constitución de Weimar. Siete años después, rechazado en toda la línea por la reacción, los partidos puramente parlamentarios decidieron poner al mariscal en su moneda.

Dando sus votos al jefe militar monárquico, la socialdemocracia y los demócratas católicos le liberaron de toda obligación hacia la ahora impotente república. Elegido en 1925 por los reaccionarios, Hindenburg no se apartó de la Constitución. Elegido en 1932 con los votos de la izquierda, Hindenburg adoptó el punto de vista derechista sobre las cuestiones constitucionales. No hay nada misterioso tras esta paradoja. Solo ante su «conciencia» y la «voluntad del pueblo» —dos tribunales infalibles- Hindenburg tenía que convertirse inevitablemente en el paladín de los círculos a los que había servido fielmente a lo largo de toda su vida. La política del presidente es la política de la aristocracia terrateniente, de los barones industriales y de los príncipes banqueros, de las religiones católica romana, luterana y -la última pero no la menor- hebrea.

Al escoger a von Papen -en quien nadie en todo el país había pensado el día anterior- como jefe de gobierno, el personal político de Hindenburg cortó abruptamente los hilos mediante los que la elección había unido al presidente con los partidos democráticos. El bonapartismo alemán careció en su primer estadio del picante del aventurismo. Por su carrera durante la guerra y su ascenso mágico al poder, von Papen lo resarció en cierta medida. Por lo que respecta a sus otras dotes -fuera de su conocimiento de lenguas y sus impecables maneras- las opiniones de diferentes tendencias parecen coincidir en que de ahora en adelante los historiadores no podrán seguir describiendo a Michaelis como el más descolorido e insignificante canciller del Reich alemán.

Pero ¿dónde está la espada del bonapartismo? Hindenburg sólo conservó su bastón de mariscal, un juguete para ancianos. Tras su no muy inspirada experiencia en la guerra, Papen volvió a la vida civil. La espada, no obstante, apareció en la persona del general Schleicher. Él es precisamente el hombre que debe contemplarse ahora como el centro de la combinación bonapartista. Y esto no es un accidente. Al elevarse por encima de los partidos y el parlamento, el gobierno se ha reducido a un aparato burocrático. La parte más efectiva de este aparato es incuestionablemente la Reichswehr. No es sorprendente, pues, que Schleicher apareciera después de Hindenburg y Papen. Hay muchos rumores en los periódicos de que desde el retiro en sus cuarteles, el general preparó cuidadosamente el escenario de los acontecimientos. Puede ser. Mucho más importante, sin embargo, es el hecho de que el curso general de los acontecimientos preparase el escenario para un general.

El autor está alejado del teatro de los acontecimientos, por una considerable distancia además. Esto le hace difícil seguir los giros y virajes diarios. Sin embargo, me gustaría pensar que estas condiciones geográficas desfavorables no pueden impedirme explicar la relación fundamental de fuerzas, que, en último análisis, determina el curso general de los acontecimientos.

 

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[1] Relación de los miembros de las casas reales y de la nobleza europea.



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