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El proletariado y la revolución rusa

Sobre la teoría de los mencheviques acerca de la revolución rusa

Artículo publicado en la revista Neue Zeit en 1908. Como explica Trotsky en su Prefacio, este artículo fue incorporado como anexo para la edición de 1922 de su libro 1905. Tomado de la versión publicada en 1905, Resultados y Perspectivas, Tomo II, p. 115, Ediciones Ruedo Ibérico, Francia, 1971.

 

Todo buen europeo -y, por supuesto, hay que incluir aquí a los socialistas europeos -considera a Rusia como el país de las sorpresas. La razón es bien sencilla: cuando se ignoran las causas siempre se queda uno sorprendido por los efectos. Los viajeros franceses del siglo XVIII contaban que en Rusia las calles eran calentadas por medio de hogueras. Los socialistas europeos del siglo XX no lo han creído, desde luego, pero han pensado a su vez que el clima de Rusia era demasiado riguroso para permitir que en este país se desarrollara una socialdemocracia. Hemos oído las más extrañas opiniones. Un novelista francés, no sé si Eugene Sue o Dumas padre, nos muestra al héroe de una de sus novelas, en Rusia, tomando el té a la sombra de un acerolo. El europeo culto no ignora, hoy, que es tan difícil instalarse con un samovar bajo un acerolo como hacer pasar a un camello por el ojo de una aguja. Sin embargo, los grandiosos acontecimientos de la revolución rusa, por la sorpresa que han causado, han llevado a los socialistas occidentales a pensar que el clima ruso, que antes exigía que se calentaran las calles, transformaba ahora los musgos polares en gigantescos baobabs. Por eso es por lo que, al romperse el primer empuje de la revolución en su choque con las fuerzas militares del zarismo, muchas críticas han salido de la sombra de los acerolos para caer en la desilusión.

Por suerte, la revolución rusa ha animado a los socialistas occidentales a estudiar la situación en Rusia. Me sería difícil decir lo que hay que apreciar más, si el interés que hemos provocado en los pensadores o el papel de la tercera Duma de Estado, que ha sido también un don de la revolución, en la medida al menos en que un perro muerto, tendido en la arena de la playa, puede ser considerado como un don del océano.

Debemos una cierta gratitud a la editorial de Stuttgart, que, en los últimos tres libros publicados, se esfuerza en dar respuesta a algunas de las cuestiones que plantea la revolución1.

Hay que hacer notar, sin embargo, que estos tres libros no tienen igual valor. La obra de Maslow* presenta un estudio de una importancia capital para el conocimiento de la situación agraria en Rusia. El valor científico de este trabajo es tan grande que se pueden excusar las imperfecciones en la forma; se le puede disculpar incluso el haber expuesto de una manera absolutamente inexacta la teoría de la renta de la tierra de Marx. El libro de Pajitnov no tiene el valor de un estudio original, pero aporta materiales bastante numerosos como para caracterizar al obrero ruso en las fábricas, en los pozos de las minas, en sus casas, y, parcialmente, en los sindicatos; sin embargo, la posición del obrero en el organismo social no queda definida. El autor, por otra parte, no se había asignado esta tarea. Pero precisamente por esta razón, su trabajo procurará pocos datos que expliquen el papel revolucionario del proletariado ruso.

Esta importantísima cuestión queda aclarada en el volumen de Cherevanin, que acaba de ser traducido al alemán, y que es la obra que pretendemos examinar.

I

Cherevanin busca en primer lugar las causas generales de la revolución. Considera a ésta como el resultado de un conflicto entre las imperiosas necesidades del desarrollo capitalista del país y las formas de Estado y de derecho, que dependen aún del feudalismo.

"La inflexible lógica del desarrollo económico -escribe- ha hecho que todos los estratos de la población, con excepción de la nobleza feudal, se viesen obligados a tomar posición contra el gobierno" (p. 10).

En este agrupamiento de fuerzas de la oposición, "el proletariado ha ocupado sin duda alguna un lugar central”. Pero este proletariado, por sí mismo, no tenía valor más que como parte constituyente del conjunto que formaba la oposición. En los límites históricos de la lucha que se siguió para la emancipación de la nueva sociedad burguesa, el proletariado no podía tener éxito sino en la medida en que la oposición burguesa lo sostenía, o, más bien, en la medida en que él mismo, por su acción revolucionaria, sostenía a esta oposición. Lo contrario es igualmente cierto. Siempre que el proletariado avanzó por su cuenta o, "si se quiere, actuó prematuramente", aislándose de esta manera de la democracia burguesa, sufrió derrotas y detuvo el desarrollo normal de la revolución. Esta es, en sus rasgos esenciales, la concepción histórica de Cherevanin2.

Del principio al final de su obra protesta incansablemente contra los que quisieron exagerar las fuerzas revolucionarias y sobrestimar el papel político del proletariado ruso.

Analiza el drama del 9 de enero de l905 para llegar a la siguiente conclusión: "Trotsky se equivoca cuando dice que los obreros se dirigieron el 9 de enero al Palacio de Invierno, no a presentar una súplica, sino reivindicaciones" (p. 27). Acusa al partido de haber exagerado la madurez del proletariado de Petersburgo, en febrero de 1905, en el momento de la comisión presidida por el senador Chidlovski, cuando los representantes elegidos de las masas exigieron garantías de derecho civil y, al serles denegadas, se retiraron, y cuando los obreros respondieron a la detención de sus enviados por medio de la huelga. Tras una breve ojeada a la gran huelga de octubre, formula sus conclusiones en la siguiente forma: "Ahora vemos qué elementos desencadenaron la huelga de octubre y qué papel desempeñaron allí la burguesía y los intelectuales. Hemos dejado suficientemente claro que el proletariado no estaba solo y que tampoco podía, por sus propios medios, dar este golpe quizá mortal al absolutismo" (p. 56). Tras la promulgación del manifiesto del 17 de octubre, toda la sociedad burguesa quería sobre todo tranquilidad. Era pues una "locura" por parte del proletariado entrar en la vía de la insurrección revolucionaria. Hubiera debido dirigirse la energía del proletariado en torno a las elecciones de la Duma. Cherevanin ataca a los que demostraron entonces que la Duma no era más que una promesa, que se ignoraba cómo y en qué momento tendrían lugar las elecciones e incluso si tendrían lugar. Cita el artículo que escribí el día que se promulgó el manifiesto y dice : "Se equivocaban totalmente al disminuir la victoria conseguida escribiendo en Izvestia: La constitución nos ha sido dada, pero la autocracia subsiste. Nos han dado todo y no tenemos nada."

Después, según Cherevanin todo fue de mal en peor. En lugar de apoyar al congreso de los zemstvos, que reclamaba el sufragio universal para las elecciones de la Duma, el proletariado rompió bruscamente con el liberalismo y con la democracia burguesa, y buscó nuevos aliados, "aliados dudosos": los campesinos y el ejército. El establecimiento por métodos revolucionarios de la jornada de ocho horas, la huelga de noviembre en respuesta a la ley marcial impuesta en Polonia..., -los errores se acumulan y esta vía lleva a la fatal derrota de diciembre. Esta derrota y los errores de la socialdemocracia preparan el crack de la primera Duma y las consiguientes victorias de la contrarrevolución.

Así es como Cherevanin concibe la historia. El traductor alemán ha hecho todo lo posible por eliminar la acritud de las acusaciones y de los insultos lanzados por Cherevanin, pero, aún así, el libro parece más bien una requisitoria contra los crímenes revolucionarios del proletariado desde el punto de vista de "una táctica auténticamente realista", que una reproducción fiel del papel del proletariado en la revolución.

En lugar de darnos un análisis materialista de las relaciones sociales, Cherevanin se contenta con una deducción puramente formal. Según él, nuestra revolución es una revolución burguesa que, triunfante, debe asegurar el poder de la burguesía; como el proletariado debe participar en la revolución burguesa, debe contribuir a hacer pasar el poder a manos de la burguesía. Por consiguiente, la idea de la toma del poder por el proletariado es incompatible con la táctica que le corresponde en la época de la revolución burguesa. Como, de hecho, la verdadera táctica del proletariado ha sido, naturalmente, luchar por el poder gubernamental, esa táctica estaba basada en un error.

Esta preciosa construcción lógica, que en la escolástica se llama sorites, deja de lado la cuestión principal, ya que no se pregunta cuáles eran las fuerzas interiores de la revolución burguesa ni el mecanismo de esta clase. Conocemos el ejemplo clásico de una revolución en la que la dominación de la burguesía capitalista ha sido preparada por la dictadura y el terror de los sans-culottes vencedores. Esto tuvo lugar en una época en que la población de las ciudades se componía principalmente de artesanos y pequeños comerciantes. Pero la población de las actuales ciudades rusas se compone especialmente de un proletariado industrial. Esto nos lleva a concebir una situación histórica en la que la victoria de la revolución “burguesa” sólo sería posible gracias a la conquista del poder revolucionario por el proletariado. ¿Dejaría esta revolución de ser burguesa? Sí y no. Eso no dependería de una definición sino del ulterior desarrollo de los acontecimientos. Si el proletariado es rechazado por la coalición de las clases burguesas, y por la clase campesina por él liberada, la revolución conservará su carácter estrictamente burgués. Pero si el proletariado es capaz de actuar con todas sus posibilidades políticas y romper así los marcos nacionales de la revolución rusa, ésta podrá transformarse en el prólogo de un cataclismo socialista mundial. Si nos preguntamos hasta dónde llegará la revolución rusa no podremos contestar más que de una manera condicional. Pero hay algo indudable, si nos contentamos con definir el movimiento ruso como una revolución burguesa, no diremos absolutamente nada de su desarrollo interno y nunca se podrá probar así que el proletariado tenga que adaptar su táctica a la conducta de la democracia burguesa, considerada como el único pretendiente legítimo al poder.

II

Pero ante todo, ¿qué es, pues, ese cuerpo político democracia burguesa? Al pronunciar esa palabra se asimila en el pensamiento a los liberales, que evolucionan durante el proceso revolucionario, con las masas populares, es decir, con la clase campesina sobre todo. Pero en la realidad -y ahí está lo grave del asunto- esa asimilación no tiene ni puede tener lugar.

Los demócratas constitucionales -kadetes-, el partido liberal más importante de estos últimos años, han formado su grupo en 1905, a partir de la unión de los “constitucionalistas” de los zemstvos con la Asociación para la Emancipación. En la fronda liberal de los zemstvos se encuentra, por un lado, el descontento envidioso de los campesinos ante el monstruoso proteccionismo industrial que servía de base a la política del gobierno y la oposición formada por los propietarios partidarios del progreso, o los que un régimen atrasado impedía administrar sus tierras según los procedimientos racionales del capitalismo.

La Asociación para la Emancipación agrupaba a una serie de intelectuales que, por gozar de una buena situación y del bienestar consiguiente, no podían entrar en la vía revolucionaria. Muchos de estos señores habían pasado por la escuela preparatoria del marxismo, dentro de los límites prescritos por el poder. La oposición de los zemstvos se distinguió siempre por su cobardía y su impotencia, y el augusto ignorante que nos gobernaba no expresaba más que una amarga verdad cuando decía, en 1894, que los deseos políticos de esta oposición no eran más que absurdos ensueños. Por otra parte, la clase privilegiada de los intelectuales, al no ejercer ninguna influencia social por sí misma y encontrándose en el aspecto material en situación de dependencia directa o indirecta del Estado, o del gran capital protegido por el Estado o de los latifundistas que querían un liberalismo censitario, no era capaz de llevar a cabo una oposición política importante. Por lo cual, el partido demócrata constitucional unía la impotencia de los zemstvos a la impotencia de los intelectuales diplomados.

El liberalismo de los zemstvos mostró su superficialidad desde fines de 1905, cuando, a raíz de las revueltas agrarias, los propietarios tomaron partido por el antiguo régimen. Los intelectuales liberales tuvieron que abandonar, con gran tristeza por su parte, las casas solariegas en las que vivían como hijos adoptivos y buscar mecenas en las ciudades, de donde provenían en realidad.

Si totalizamos los resultados de las tres campañas electorales veremos que Petersburgo y Moscú, con los elementos censitarios de su población, han sido las ciudadelas del partido demócrata constitucional. Y, a pesar de todo, el liberalismo ruso, como se ve por su lamentable historia, no ha conseguido nunca salir de su envilecimiento.¿Por qué? La explicación de esto no se encuentra en los excesos revolucionarios del proletariado sino en causas históricas más profundas.

La base social de la democracia burguesa, la fuerza motora de la revolución europea ha sido siempre el estado llano, cuyo núcleo estaba formado por la pequeña burguesía de las ciudades, por los artesanos, los comerciantes y los intelectuales. La segunda mitad del siglo XIX es una época de completa decadencia para esta burguesía. El desarrollo capitalista no sólo ha destruido a la clase democrática de los pequeños artesanos en Occidente, sino que además ha impedido que se constituyese una clase parecida en la Europa oriental.

El capital europeo ha encontrado en Rusia el artesano de pueblo y, sin darle tiempo de disociarse del campesino para transformarse en un artesano de ciudad, lo ha encerrado en sus fábricas. De nuestras más antiguas ciudades -por ejemplo Moscú, “ese gran pueblo”- ha hecho centros de industria moderna.

El proletariado, que no tenía pasado, ni tradición, ni prejuicios corporativos, se ha encontrado de repente reunido en masas considerables. En todas las ramas esenciales de la industria, el gran capital ha suplantado al mediano y al pequeño capital sin tener que luchar.

Es imposible comparar Petersburgo o Moscú con Berlín o Viena en 1848; nuestras capitales se parecen menos aún al París de 1789, que no conocía el ferrocarril ni el telégrafo y que consideraba como una empresa de enormes dimensiones a una manufactura con quinientos obreros. Pero es notable que la industria rusa, por el grado de “concentración” que ha adquirido, no sólo sostiene la comparación con otros Estados europeos, sino que los supera.

Este pequeño cuadro da una prueba de ello:

  ALEMANIA* AUSTRIA**  RUSIA***

  Censo de 1905  Censo de 1902  Censo de 1902

   Nro. de  Nro. de Nro. de

  Empresas  obreros empresas obreros Empresas obreros

Empresas de 51 a

1000 obreros  18.698 2.595.536 6.334 993.000 6.334 1.202.800

Empresas de más

de 1000 obreros  255 448.731  115 179.876  458 1 .55.000

* Les artisans et le commerce dans I’Empire allemand, p. 42; ** Guide statistique de l’Autriche, Viena, 1907, p. 229; *** Etude sur les effectifs ouvriers en Russie, Petersburgo, p. 46 (1908).

Hemos dejado a un lado las empresas que ocupan menos de cincuenta obreros, ya que el censo correspondiente a Rusia aún no ha sido establecido con seguridad.

Pero las cifras recogidas bastan para mostrar hasta qué punto la industria rusa supera a la austríaca en cuanto a concentración de la producción. Mientras que el número de medianas y grandes empresas (de 51 a 1.000 obreros) es igual en los dos países (6.334), el número de empresas gigantes (de más de 1.000 obreros) es en Rusia cuatro veces mayor que en Austria. Un resultado análogo se obtendrá si se compara Rusia con países más adelantados que Austria, como Alemania y Bélgica. En Alemania hay 255 empresas gigantes, que ocupan algo menos de medio millón de hombres, mientras que en Rusia hay 458 y la cifra de obreros supera el millón.

Esta misma cuestión se aclara aún más si se comparan los beneficios realizados por los establecimientos comerciales de las diferentes categorías en Rusia.

  Número de empresas Beneficios en millones de rublos

   % %

Beneficios de 1000 a 2 000 rublos  37.000 44,5  56  8,6

Beneficios de más de 50 000 rublos 1.400 1,7  291  45,0

En otras palabras, aproximadamente el 50 % de las empresas realizan menos de la décima parte del beneficio total, mientras que la sexagésima parte de las empresas se reparten la mitad de los beneficios totales.

Estas pocas cifras demuestran de manera elocuente que el carácter atrasado del capitalismo ruso agravó las dificultades que existían entre la sociedad burguesa, los capitalistas y los obreros. Estos últimos ocupan, no solamente en la economía social, sino también en la lucha revolucionaria, el lugar que en Europa occidental tiene la clase democrática de los artesanos y de los comerciantes, derivada de las antiguas corporaciones de oficios. En Rusia no tenemos el menor rastro de una pequeña burguesía arraigada que hubiese podido luchar, junto al joven proletariado aún no constituido en clase, contra las bastillas del feudalismo.

Es cierto que la pequeña burguesía ha sido siempre un cuerpo bastante inconsistente desde el punto de vista político, aunque, en los mejores días de su historia, haya desplegado una fuerte actividad en este sentido. Pero, cuando, como en Rusia, una burguesía democrática e intelectual, desesperadamente atrasada, se encuentra en presencia de dificultades y de luchas de clase, cuando está hundida en las tradiciones de la propiedad agraria y en los prejuicios del profesorado, cuando se constituye bajo las maldiciones de los partidos socialistas, cuando ni siquiera se atreve a pensar en ejercer una influencia sobre los obreros, al tiempo que se muestra incapaz de tener autoridad sobre los campesinos, al margen del proletariado y en lucha contra los propietarios, esta clase desafortunada y desprovista de toda energía sólo sirve para formar un partido kadete. E incluso, prescindiendo de todo amor propio nacional, se puede afirmar que la breve historia del liberalismo ruso constituye en los anales de los países burgueses una excepción por su mediocridad y estupidez. Por otra parte, es cierto que ninguna de las revoluciones pasadas ha absorbido tanta energía popular como la nuestra, que, sin embargo, ha dado miserables resultados. De cualquier manera que nos enfrentemos con los acontecimientos percibiremos enseguida una relación íntima entre la nulidad de la democracia burguesa y el “mal resultado” de la revolución. Esta relación es evidente y, a pesar de todo, no nos lleva a conclusiones pesimistas. El mal resultado de la revolución rusa no es más que una consecuencia de la extraordinaria lentitud de su desarrollo. Burguesa por los fines inmediatos que se había asignado, nuestra revolución, en virtud de la extrema diferenciación de clase que se observa en la población comercial e industrial, no conoce clase burguesa alguna que pueda ponerse a la cabeza de las masas populares, uniendo su valor social y su experiencia política a la energía revolucionaria de esas masas.

Los obreros y los campesinos, oprimidos, abandonados a su suerte, tienen que encontrar, sin ayuda alguna, en la dura escuela de las batallas y las derrotas, las fuentes políticas y la organización que les asegurarán la victoria final. Para ellos no existe otra vía.

III

Además de las funciones industriales de la democracia representada por los pequeños artesanos, el proletariado ha tenido que asumir la tarea correspondiente a esas mismas funciones, es decir, ha debido, sobre todo, conquistar una hegemonía política respecto a la clase campesina. Así, sus fines son los mismos que los de la democracia, pero no sus métodos ni sus medios.

Al servicio de la democracia burguesa encontramos un conjunto de instituciones oficiales: la escuela, la universidad, el municipio, la prensa, el teatro... Esa es una inmensa ventaja, probada por el hecho de que nuestro débil liberalismo se ha encontrado automáticamente organizado y con todos los medios a su disposición cuando le ha llegado el momento de actuar, de hacer aquello de lo que era capaz: mociones, peticiones y competencia electoral. El proletariado no ha heredado nada de la sociedad burguesa desde el punto de vista de la cultura política, salvo la unidad que le dan las condiciones mismas de la producción. Se ha visto obligado a crear, sobre esta base, su organización política, entre el humo de las batallas revolucionarias.

Salió brillantemente de esta dificultad: el período en que su energía revolucionaria alcanzó el más alto grado, a fines de 1905, fue también el momento en que creó una maravillosa organización de clase, el Soviet de Diputados Obreros. Sin embargo, no se había resuelto más que una parte del problema, porque después de haberse dado una organización, los obreros tenían que vencer a la fuerza organizada del adversario.

El método de lucha revolucionaria propio del proletariado es la huelga general. Aunque relativamente poco numeroso, el proletariado tiene bajo su dependencia al aparato centralizado del poder gubernamental y la mayor parte de las fuerzas productivas del país. Precisamente por eso la huelga del proletariado es una fuerza ante la cual el absolutismo ha tenido que rendir honores militares en 1905. Pero pronto se vio que la huelga general planteaba sólo el problema de la revolución sin resolverlo.

La revolución es, ante todo, una lucha por la conquista del poder. Ahora bien, la huelga, como han demostrado los acontecimientos, no es más que un medio revolucionario de presión sobre el poder existente. El liberalismo de los demócratas constitucionales, que nunca ha pedido otra cosa que una constitución, ha sancionado -por poco tiempo, ciertamente- la huelga general como medio de lucha para conseguir la constitución; y aún así, no dieron su aprobación más que demasiado tarde, cuando el proletariado comprendía ya hasta qué punto la huelga es un medio limitado y decía que era necesario e inevitable ir más lejos.

La hegemonía de la ciudad sobre el campo, de la industria sobre la agricultura y, al mismo tiempo, la modernización de la industria rusa, la ausencia de una pequeña burguesía fuertemente constituida, de la que los obreros hubieran sido sólo auxiliares, todas estas causas hicieron del proletariado la fuerza principal de la revolución y le obligaron a pensar en la conquista del poder.

Los pedantes que se creen marxistas sólo porque ven el mundo a través del papel en el que están impresas las obras de Marx han podido citar un montón de textos para probar que la dominación política del proletariado no “llegaba a su hora”; la clase obrera de Rusia, la clase viva que, bajo la dirección de un grupo organizado, en función de sus intereses prendió a fines de 1905 un duelo con el absolutismo, mientras que el gran capital y los intelectuales se limitaban a hacer de testigos, este proletariado, por la necesidad misma de su desarrollo revolucionario, se ha encontrado enfrentado con el problema de la toma del poder. La confrontación del proletariado y ejército se hacía inevitable, y la solución de este conflicto dependía de la conducta del ejército y, a su vez, la conducta del ejército dependía de la composición de sus efectivos.

El papel político de los obreros en el país es mucho más importante de lo que se podría pensar si sólo se tiene en cuenta su número. Los acontecimientos lo han probado, se ha visto en las elecciones de la segunda Duma. Los obreros han llevado al cuartel las cualidades y las ventajas particulares de su clase: habilidad técnica, instrucción relativa y capacidad de actuar en conjunto.

En todos los movimientos revolucionarios del ejército, el papel principal corresponde a los soldados calificados, a los artilleros, que proceden de la ciudad y de los barrios obreros. En los motines de la flota, el papel predominante lo han tenido siempre los encargados de las máquinas: los proletarios, incluso cuando estaban en minoría en la tripulación. Pero entre los reclutados para el servicio militar es lógico que haya mayor número de campesinos. El ejército da a los mujiks la cohesión que les faltaba, y del defecto esencial de esta clase, que es su pasividad política, el ejército hace su arma principal. Durante las manifestaciones de 1905, el proletariado cometió unas veces el error de ignorar la pasividad de los campesinos y otras aprovechó el oscuro descontento que manifestaban los pueblos.

Pero, cuando la lucha por el poder se transformó en una necesidad real, la solución dependió del mujik armado que formaba la masa principal de la infantería rusa. En diciembre de 1905, el proletariado ruso fue vencido, pero no a consecuencia de los errores que había cometido, sino por una fuerza mucho más real, las bayonetas del ejército campesino.

IV

Este breve análisis nos evita tenernos que detener en los diferentes puntos de la requisitoria de Cherevanin el cual, a parte de señalar “errores de táctica”, pasa sin ver al proletariado en sí mismo, en sus relaciones sociales y en su crecimiento revolucionario. Si rechaza la idea, por otra parte indiscutible, de que los obreros se echaron a la calle el 9 de enero, no para presentar súplicas a la autoridad, sino para presentar sus reivindicaciones, es porque no ve el verdadero sentido de aquella manifestación. Aunque ponga tanto cuidado en subrayar el papel de los intelectuales en la huelga de octubre, no llega a disminuir el hecho de que el proletariado, por su acción revolucionaria, arrastró tras de sí a los demócratas de izquierda, a quienes transformó en destacamento auxiliar provisional de la revolución y a los que impuso un método de lucha puramente revolucionario -la huelga general-, subordinándolos a una organización puramente proletaria, el Soviet de Diputados Obreros.

Según Cherevanin, después del manifiesto, el proletariado debería haber concentrado todos sus esfuerzos en las elecciones para la Duma. Pero olvida que, entonces, esas elecciones eran algo muy problemático y que nada ni nadie garantizaba su realización.

Si en octubre tuvimos un manifiesto, también hubo pogromos en toda Rusia, y nadie hubiera asegurado que tendríamos efectivamente una Duma y no un nuevo pogromo. En esas condiciones, ¿qué podía hacer el proletariado que, con su ofensiva, había roto los viejos diques del poder policíaco? Exactamente lo que hizo. El proletariado, naturalmente, conquistaba nuevas posiciones y trataba de atrincherarse en ellas: destruía la censura y creaba una prensa revolucionaria, imponía la libertad de reunión, protegía a la población contra los granujas, en uniforme o no, constituía sindicatos de combate, se agrupaba en torno a los representantes de su clase, establecía el enlace con los campesinos y con el ejército revolucionario. Mientras los liberales seguían diciendo que el ejército debía quedar “al margen de toda política”, la socialdemocracia continuaba incansablemente su propaganda en los cuarteles. ¿Tenía o no razón al actuar así?

Mientras que el congreso de los zemstvos, en noviembre, se inclinaba a la derecha al tener noticias de la revuelta de Sebastopol, y no se tranquilizó más que cuando supo que había sido aplastada, el soviet dirigía a los rebeldes su adhesión y entusiasmo. ¿Tampoco tenía razón? ¿Dónde hay que buscar camino más seguro para la victoria: en lo que hacían los liberales de los zemstvos o en la unión del proletariado con el ejército?

Está claro que el programa de confiscación de las tierras que desarrollaban los obreros empujaba a los propietarios a la derecha; en cambio, los campesinos se inclinaban hacia la izquierda. Y, lógicamente también, la lucha económica continuaba, arrastrando a los capitalistas al “campo del orden”; sin embargo, hasta los obreros más ignorantes intervenían en la lucha política.

Tampoco cabe duda que la propaganda en el ejército precipitó el inevitable conflicto con el gobierno, pero ¿qué otra cosa se podía hacer? ¿Íbamos a dejar en manos de Trepov a los soldados que, durante la luna de miel de las libertades, habían secundado a los autores de los pogromos y fusilado a las milicias obreras? Cherevanin sabe muy bien que no se pudo hacer más que lo que se hizo.

“Esta táctica falla en la base” -dice, como conclusión, y añade: “Admitamos que haya sido inevitable y que no hubiera otra táctica posible en aquel momento. Esto no cambia en nada la conclusión objetivamente formulada, es decir, que la táctica de la socialdemocracia ha fallado en su base” (p. 92). Cherevanin construye su táctica de la misma manera que Spinoza construía su ética, por el método geométrico. Admite, además, que la realidad no permitió aplicar los procedimientos que él preconiza, lo que explica sin duda el hecho de que los que pensaban como él no hicieran absolutamente nada en la revolución ¿Y qué vamos a decir de una táctica “realista” que “no puede ser aplicada”? Diremos como Lutero: “La teología es algo vivo y no puede consistir solamente en razonamientos y meditaciones sobre lo divino según las leyes de la razón...

“Todo arte, si se transforma en pura especulación y no puede ser aplicado a la práctica, demuestra así que se ha perdido, que ya no significa nada [ist verloren und taugt nichts].” 


1. Peter Maslow: Die Agrarfrage in Russland. Pajitnov: Lage der arbeitenden Klassc in Russland. A. Cherevanin: Das Proletariat und die russische Revolution. Verlag Dietz (1908, L.T.)

2. El mismo punto de vista ha sido expuesto recientemente en un artículo de F. Dan, en el nº 2 de la Neue Zeit. Pero sus conclusiones son menos audaces (1908, L.T.).



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