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El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania

1930 (26 de septiembre)

1. Los orígenes del último giro

En nuestra época, los giros tácticos, incluso los más importantes, son absolutamente inevitables. Son el resultado de los cambios abruptos en la situación objetiva (inestabilidad de las relaciones internacionales, fluctuaciones bruscas e irregulares de la coyuntura, repercusiones brutales de las fluctuaciones económicas a nivel político, movimientos impulsivos de las masas que tienen la sensación de encontrarse en una situación sin salida, etcétera). El estudio atento de los cambios en la situación objetiva es hoy una tarea mucho más importante y al mismo tiempo infinitamente más difícil que antes de la guerra, en la época del desarrollo "orgánico" del capitalismo. La dirección del partido se encuentra ahora en la situación del chófer que conduce por una carretera de montaña llena de curvas peligrosas. Un giro dado a destiempo, una velocidad demasiada alta, hacen correr a los viajeros y al coche peligros muy graves, que pueden ser mortales.

La dirección de la Internacional Comunista nos ha dado, en estos últimos años, ejemplos de giros muy bruscos. El último, hasta la fecha, hemos podido verlo en los meses pasados. ¿Cuál es la razón de los giros de la Internacional Comunista después de la muerte de Lenin? ¿Está en los cambios de la situación objetiva? No. Se puede afirmar con toda seguridad que, a partir de 1923, la Internacional Comunista no ha dado a tiempo ningún giro táctico basado en un análisis correcto de los cambios que han tenido lugar en las condiciones objetivas. Por el contrario, cada giro es de hecho el resultado de una agravación insostenible de la contradicción entre la línea de la Internacional Comunista y la situación objetiva. Y podemos constatarlo hoy una vez más.

El IX pleno del comité ejecutivo de la Internacional Comunista, el VI Congreso y, sobre todo, el X pleno se han orientado hacia en ascenso brusco y lineal de la revolución ("el tercer periodo"), ascenso que la situación objetiva hacía totalmente imposible en esta época, después de las serias derrotas de Inglaterra y China, del debilitamiento de los partidos comunistas en todo el mundo, y sobre todo en las condiciones de expansión comercial que estaban conociendo toda una serie de países capitalistas. El giro táctico de ña Internacional Comunista a partir de febrero de 1928 estaba, así, en contradicción con el curso real de la historia. Esta contradicción ha dado origen a tendencias aventuristas, al aislamiento prolongado de los partidos, a su debilitamiento organizativo, etc. La dirección de la Internacional Comunista no ha llevado a cabo un nuevo giro hasta febrero de 1930, cuando estos fenómenos tenían ya un carácter claramente amenazador; este giro significaba una retirada y una derechización con relación al "tercer periodo". Por una ironía del destino, que es despiadado con el seguidismo, este nuevo giro táctico de la Internacional Comunista ha coincidido en el tiempo con un nuevo giro en la situación objetiva. La crisis internacional, de una gravedad sin precedentes, abre sin duda nuevas perspectivas de radicalización de las masa y de convulsiones sociales. Es precisamente en estas condiciones cuando resultaba posible y necesario un giro hacia la izquierda: había que impulsar un ritmo rápido del ascenso revolucionario. Eso habría sido totalmente correcto y necesario si, durante los tres últimos años, la dirección de la Internacional Comunista hubiera sacado provecho, como debía, del período de relanzamiento económico, acompañado del reflujo del movimiento revolucionario, para reforzar las posiciones del partido en las organizaciones de masas, y principalmente en los sindicatos. En esas condiciones, el chófer habría podido y debido, en 1930, pasar de segunda a tercera o, por lo menos, prepararse para hacerlo en un futuro inmediato. De hecho, asistimos al proceso contrario. Para no caer en el precipicio, el chófer se vio obligado a reducir de tercera, que había metido demasiado pronto, a segunda; si habría seguido una línea estratégica correcta, se habría visto obligado a acelerar.

Tal es la contradicción flagrante entre las necesidades tácticas y las perspectivas estratégicas en que, como consecuencia de la lógica de los errores de su dirección, se encuentran hoy los partidos comunistas de toda una serie de países.

En Alemania es donde esta contradicción se manifiesta de forma más clara y peligrosa. En efecto, las últimas elecciones han relevado una correlación de fuerzas realmente peculiar, que es el resultado no sólo de los dos períodos de estabilización en Alemania después de la guerra, sino también, de los tres períodos de errores de la Internacional Comunista.

2. La victoria parlamentaria del partido comunista a la luz de las tareas revolucionarias.

En la actualidad, la prensa oficial de la Internacional Comunista presenta los resultados de las elecciones en Alemania como una grandiosa victoria del comunismo; esta victoria pondría a la orden del día la consigna de la "Alemania soviética". Los burócratas optimistas se niegan a reflexionar sobre la significación de la relación de fuerzas que revelan las estadísticas electorales. Analizan el aumento de los votos comunistas con independencia de las tareas revolucionarias y de los obstáculos originados por la situación objetiva.

El partido comunista ha obtenido alrededor de 4.600.000 votos, frente a 3.300.000 en 1928. Este aumento de 1.300.000 votos es enorme si se mira desde el punto de vista de la mecánica parlamentaria "normal", teniendo en cuenta el aumento general del número de electores. Pero las ganancias del partido comunista se quedan muy pálidas comparadas con el progreso fulgurante de los fascistas que pasan de 800.000 votos a 6.400.000. El hecho de que la socialdemocracia, a pesar de importantes pérdidas, haya conservado sus cuadros principales y haya recogido más votos obreros que el partido comunista, tiene también una gran importancia en la valoración de las elecciones.

Sin embargo, si tratamos de averiguar cuáles son las condiciones internas e internacionales capaces de hacer bascular con el máximo de fuerza a la clase obrera del lado del comunismo, no se puede encontrar mejor ejemplo que el de la actual situación en Alemania: el nudo corredizo del plan Young, la crisis económica, la decadencia de los dirigentes, la crisis del parlamentarismo, la manera asombrosa en que se desenmascara a sí misma la socialdemocracia en el poder. El espacio del partido comunista en la vida social del país, a pesar de haber ganado 1.300.000 votos, continúa siendo débil y desproporcionado desde el punto de vista de las condiciones históricas concretas.

La debilidad de la posición del comunismo está indisolublemente ligada a la política y al funcionamiento interno de la Internacional Comunista; se muestra de manera aún más estridente si comparamos el papel social actual del partido comunista y sus tareas concretas y urgentes en las condiciones históricas presentes.

Es cierto que el partido comunista mismo no contaba con un crecimiento semejante. Pero eso prueba que, con sus repetidos errores y derrotas, la dirección del partido comunista se ha desacostumbrado a las perspectivas y objetivos ambiciosos. Ayer subestimaba sus propias posibilidades; hoy subestima de nuevo las dificultades. Un peligro se ve así multiplicado por el otro.

La primera cualidad de un partido revolucionario es saber mirar cara a cara la realidad.

Las vacilaciones de la gran burguesía.

En cada giro del camino de la historia, en cada crisis social, hay que volver a examinar siempre y una vez más el problema de las relaciones existentes entre las tres clases de la sociedad actual: la gran burguesía con el capital financiero a su cabeza, la pequeña burguesía oscilando entre los dos campos principales y, por último, el proletariado.

La gran burguesía, que no constituye más que una fracción ínfima de la nación, no puede mantenerse en el poder sin el apoyo de la pequeña burguesía de las ciudades y el campo, es decir, entre los últimos representantes de las antiguas clases medias y entre las masas que constituyen hoy las nuevas clases medias. En la actualidad, este apoyo reviste dos formas fundamentales, políticamente antagónicas, pero históricamente complementarias: la socialdemocracia y el fascismo. En la persona de la socialdemocracia, la pequeña burguesía, que va a remolque del capital financiero, arrastra tras de sí a millones de trabajadores.

La gran burguesía alemana, hoy, vacila; está dividida. Los desacuerdos internos son solamente sobre el tratamiento a aplicar a la crisis social actual. La terapéutica socialdemócrata repugna a una parte de la gran burguesía, ya que sus resultados son inciertos y trae consigo el riesgo de unos costes demasiado elevados (impuestos, legislación social, salarios). La intervención quirúrgica fascista le parece a la otra parte demasiado arriesgada y no justificada por la situación. En otras palabras, la gran burguesía financiera en su conjunto vacila en cuanto a la apreciación de la situación porque no encuentra todavía razones suficientes para proclamar el advenimiento de su "tercer periodo", en el que la socialdemocracia debe imperativamente ceder el puesto al fascismo; además, todos saben que, después del arreglo general de cuentas, la socialdemocracia será recompensada por los servicios prestados con un pogrom general. Las vacilaciones de la gran burguesía -a la vista del debilitamiento de los grandes partidos- entre la socialdemocracia y el fascismo son el síntoma más evidente de una situación prerevolucionaria. Es evidente que estas vacilaciones terminaran sobre la marcha desde el momento en que aparezca una situación realmente revolucionaria.

3. La pequeña burguesía y el fascismo.

Para que la crisis social pueda desembocar en la revolución proletaria es indispensable, aparte de otras condiciones, que las clases pequeñoburguesas se inclinen de forma decisiva del lado del proletariado. Eso permite al proletariado tomar la cabeza de la nación y dirigirla.

Las últimas elecciones revelan una tendencia en sentido inverso, y ahí es donde reside lo esencial de su valor sintomático. Bajo los golpes de la crisis, la pequeña burguesía ha basculado, no del lado del proletariado, sino del lado de la reacción imperialista más extremista, arrastrando a capas importantes del proletariado.

El crecimiento gigantesco del nacionalsocialismo refleja dos hechos esenciales: una crisis social profunda, que arranca a las masas pequeñoburguesas de su equilibrio, y la ausencia de un partido revolucionario que, desde este momento, juegue a los ojos de las masas un papel de dirigente revolucionario reconocido. Si el partido comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria. Cuando la esperanza revolucionaria se apodera de toda la masa del proletariado, éste arrastra inevitablemente tras de sí, por el camino de la revolución, a capas importantes y cada vez más amplias de la pequeña burguesía. Sin embargo en este dominio, las elecciones ofrecen precisamente la imagen opuesta: la desesperación contrarrevolucionaria se ha apoderado de la masa pequeñoburguesa con tal fuerza que ha arrastrado tras de sí a capas importantes del proletariado.

¿Qué explicación puede tener esto? En el pasado hemos podido ver un reforzamiento brusco del fascismo (Italia, Alemania), victorioso o, al menos, amenazante, después de una situación revolucionaria agotada o echada a perder, a la salida de una crisis revolucionaria en el curso de la cual la vanguardia proletaria había mostrado su incapacidad para ponerse a la cabeza de la nación, para transformar la suerte de todas las clases, incluida la de la pequeña burguesía. Es precisamente esto lo que ha dado su enorme fuerza al fascismo italiano. Pero hoy, en Alemania, no se trata de la salida de una crisis revolucionaria, sino de su aproximación. Los funcionarios dirigentes del partido, optimistas por su oficio, sacan la conclusión de que el fascismo, llegado "demasiado tarde", está condenado a una derrota rápida e inevitable (Die Rote Fahne). Esta gente no quiere aprender nada. El fascismo llega "demasiado tarde" si nos referimos a las crisis revolucionarias pasadas. Pero aparece "demasiado pronto" -en el alba- con relación a la nueva crisis revolucionaria. Que haya tenido la posibilidad de ocupar una posición de partida tan fuerte en la víspera de un período revolucionario, y no al final del mismo, no es una debilidad del fascismo, sino una debilidad del comunismo. La pequeña burguesía, por consiguiente, no tiene necesidad de nuevas desilusiones en cuanto a la incapacidad del partido comunista para mejorar su suerte; se basa en la experiencia del pasado, se acuerda de las elecciones del año 1923, de los saltos caprichosos del curso ultraizquierdista de Maslow-Thaelmann, de la impotencia oportunista del mismo Thaelmann, de la bravuconada del "tercer periodo", etc. El fin, y esto es lo esencial, su desconfianza con respecto a la revolución proletaria se nutre de la desconfianza que millones de obreros socialdemócratas experimentan frente al partido comunista. La pequeña burguesía, a pesar incluso de que los acontecimientos la han apartado completamente de la rutina conservadora, no puede ponerse del lado de la revolución social más que si esta última cuenta con la simpatía de la mayoría de los obreros. Esta condición, muy importante, se echa de menos precisamente en Alemania, y no es por azar.

La declaración programática del partido comunista alemán antes de las elecciones estaba entera y únicamente consagrada al fascismo como enemigo principal. Sin embargo, el fascismo ha salido vencedor de las elecciones, habiendo reunido no solamente a millones de elementos semiproletarios, sino también a cientos de millares de obreros industriales. Esto demuestra que, a pesar de la victoria parlamentaria del partido comunista, la revolución proletaria ha sufrido globalmente en estas elecciones una grave derrota, que evidentemente no es decisiva, pero que es un preliminar, y que debe servir como advertencia y puesta en guardia. Puede convertirse en decisiva, e inevitablemente lo hará, si el partido comunista no es capaz de valorar su victoria parlamentaria parcial en relación con esta derrota "preliminar" de la revolución, y de sacar todas las conclusiones necesarias.

El fascismo se ha convertido en un peligro real; es la expresión del estrecho callejón sin salida en que se encuentra el régimen burgués, del papel conservador de la socialdemocracia frente a este régimen y de la debilidad acumulada del partido comunista, incapaz de derribar dicho régimen. Quien quiera que niegue esto es un ciego o un fanfarrón.

En 1923, Brandler, a pesar de todas nuestras advertencias, sobrestimó monstruosamente la fuerza del fascismo. De esta apreciación errónea de la correlación de fuerzas ha nacido una política defensiva, compuesta de atentismo, evasionismo y cobardía. Esto es lo que ha perdido a la revolución. Semejantes acontecimientos no pasan sin dejar huella en la conciencia de todas las clases de la nación. La sobrestimación del fascismo por la dirección comunista ha dado origen a una de las causas del reforzamiento posterior de aquél. El error contrario, es decir, la subestimación del fascismo por la dirección actual del partido comunista, puede llevar a la revolución a una derrota todavía mucho más grave para muchos años.

El problema del ritmo de desarrollo que, evidentemente no depende solamente de nosotros, confiere a este peligro una particular agudeza. Los accesos de fiebre registrados por la curva de la temperatura política y revelados por las elecciones permite pensar que el ritmo de desarrollo de la crisis nacional puede ser muy rápido. En otras palabras, el curso de los acontecimientos puede, en un futuro muy próximo, hacer resurgir en Alemania, a un nivel histórico nuevo, la contradicción trágica entre la madurez de la situación revolucionaria, por una parte, y la debilidad e insuficiencias estratégicas del partido revolucionario por la otra. Hay que decirlo de un modo claro, abierto, y, sobre todo, suficientemente pronto.

4. El partido comunista y la clase obrera.

Sería un error monstruoso consolarse diciéndose que el partido bolchevique, que en abril de 1917, después de la llegada de Lenin, comenzaba a prepararse para la conquista del poder, tenía menos de 80.000 militantes y arrastraba tras de sí, incluso en Petrogrado, apenas a la tercera parte de los obreros y a una parte todavía pequeña de los soldados. La situación en Rusia era totalmente diferente. Los revolucionarios no lograron salir de la clandestinidad hasta marzo, después de tres años de interrupción de la vida política, incluso sofocada, que existía antes de la guerra. Durante la guerra, la clase obrera se había renovado aproximadamente en un 40%. La mayoría aplastante de la masa proletaria no conocía a los bolcheviques, ni siquiera había oído hablar de ellos. El voto por los mencheviques y los socialistas revolucionarios, en marzo y en junio, era simplemente la expresión de sus primeros pasos vacilantes después del despertar. En este voto, no había ni la sombra de una decepción con respecto a los bolcheviques, ni de una desconfianza acumulada, que no puede ser más que el resultado de los errores del partido, verificados concretamente por las masas. Por el contrario, cada día de experiencia revolucionaria del año 1917 separaba a las masas de los conciliadores y las empujaba del lado de los bolcheviques. De ahí el crecimiento tumultuoso e irresistible del partido y, sobre todo, de su influencia.

La situación en Alemania se diferenciaba fundamentalmente en este punto y en muchos otros. La aparición en la escena política del partido comunista no es cosa de ayer ni de anteayer. En 1923, la mayoría de la clase obrera estaba detrás de él, abiertamente o no. En 1924, en un período de reflujo, recogió 3.600.000 votos, lo que significaba un porcentaje de la clase obrera superior al de hoy. Esto quiere decir que los obreros que han continuado con la socialdemocracia, como los que han votado esta vez por los nacionalsocialistas, no han actuado así por simple ignorancia, ni porque su despertar date solamente de ayer, ni porque no sepan todavía qué es el partido comunista, sino porque no creen en él, basándose en su propia experiencia de estos últimos años.

No hay que olvidar que en febrero de 1928 el IX pleno del comité ejecutivo de la Internacional Comunista ha dado la señal para una lucha reforzada, extraordinaria e implacable contra los "socialfascistas". La socialdemocracia alemana, durante todo este período, estaba en el poder, y cada una de sus acciones revelaba a las masas su papel criminal e infame. Una crisis económica gigantesca ha venido a coronarlo todo. Es difícil imaginar unas condiciones más favorables para el debilitamiento de la socialdemocracia. Sin embargo, ésta ha mantenido en conjunto sus posiciones. ¿Como explicar este hecho sorprendente? Por el solo hecho de que la dirección del partido comunista ha ayudado con toda su política a la socialdemocracia, sosteniéndola por la izquierda.

Esto no significa en absoluto que el voto de cinco a seis millones de obreros y obreras por la socialdemocracia exprese su confianza plena y total respecto a ella. No hay que tomar por ciegos a los obreros socialdemócratas. No son tan ingenuos en cuanto a sus dirigentes, pero no ven otra salida en la situación actual. Hablamos, evidentemente, de los obreros normales, y no de la aristocracia o de la burocracia obreras. La política del partido comunista no les inspira confianza, no porque el partido comunista sea un partido revolucionario, sino porque no creen que sea capaz de lograr una victoria revolucionaria y no quieren arriesgar su cabeza en vano. Al votar a regañadientes por la socialdemocracia, estos obreros no le manifiestan su confianza; por el contrario, expresan su desconfianza respecto al partido comunista. Es aquí donde reside la enorme diferencia entre la situación actual de los comunistas alemanes y la de los bolcheviques rusos en 1917.

Pero las dificultades no se limitan a este problema. En el interior del partido, y sobre todo entre los obreros que lo apoyan o simplemente votan por él, se ha acumulado una desconfianza sorda respecto a la dirección. Esto aumenta lo que se llama la "desproporción" entre la influencia del partido y sus efectivos; en Alemania existe sin duda alguna tal desproporción, y es particularmente clara al nivel del trabajo dentro de los sindicatos. La explicación oficial de la desproporción es hasta tal punto errónea que el partido no está en condiciones de "reforzar" su influencia a nivel organizativo. La masa es considerada como un material puramente pasivo, cuya adhesión o no al partido depende únicamente de la capacidad del secretario para agarrar por el cuello a cada obrero. El burócrata no comprende que los obreros tienen su propio pensamiento, su propia experiencia, su propia voluntad y su propia política activa o pasiva con respecto a un partido. Al votar por el partido, el obrero vota por su bandera, por la revolución de Octubre, por su revolución futura. Pero, al negarse a adherirse al partido comunista o a seguirlo en la lucha sindical, expresa su desconfianza con respecto a la política cotidiana del partido. Esta "desproporción" es, a fin de cuentas, uno de los canales por donde se expresa la desconfianza de las masas hacia la dirección actual de la Internacional Comunista. Y esta desconfianza, creada y reforzada por los errores, las derrotas, el bluff y los engaños cínicos a las masas desde 1923 hasta 1930, representa uno de los principales obstáculos en el camino hacia la victoria de la revolución proletaria.

5. ¿Vuelta al "segundo" período o, una vez más, hacia el "tercer" período?

Si se adopta la terminología oficial del centrismo, hay que formular el problema de la manera siguiente. La dirección de la Internacional Comunista ha impuesto a las secciones nacionales la táctica del "tercer período", es decir, la táctica del levantamiento revolucionario inmediato, en una época (1928) que se caracterizaba esencialmente por los rasgos del "segundo período": estabilización de la burguesía, reflujo y declive de la revolución. El giro operado en 1930 marcó el rechazo de la táctica del "tercer período" y un retorno a la táctica del "segundo período". Cuando este giro se iba abriendo camino en el aparato burocrático, síntomas muy importantes testimoniaban muy claramente, al menos en Alemania, el acercamiento efectivo del "tercer período". ¿No prueba esto la necesidad de un nuevo giro hacia la táctica del "tercer período", que acaba de ser abandonada?

Recurrimos a estos términos para hacer más accesible el enunciado del problema a aquellos cuya conciencia está obstruida por la metodología y la terminología de la burocracia centrista. Pero en ningún caso hacemos nuestra esta terminología que enmascara la combinación del burocratismo stalinista con la metafísica bujariana. Rechazamos la concepción apocalíptica del "tercer" período como último: su número hasta la victoria del proletariado es un problema de correlación de fuerzas y de cambios en la situación; todo esto no puede ser verificado más que a través de la acción. Pero rechazamos la esencia misma del esquematismo estratégico, con sus períodos numerados. No existe ninguna táctica abstracta, preparada de antemano, ya sea para el "segundo" o para el "tercer" período. Naturalmente, no se puede llegar a la victoria y la conquista del poder sin un levantamiento armado. Pero ¿cómo llegar al levantamiento? Los métodos y el ritmo de la movilización de las masas no solamente dependen de la situación objetiva en general, sino también y sobre todo del estado en el que se encuentre el proletariado al comienzo de la crisis social en el país, de las relaciones entre el partido y la clase, entre el proletariado y la pequeña burguesía, etc. El estado del proletariado a la entrada del "tercer período" depende a su vez de la táctica aplicada por el partido en el período precedente.

El giro táctico normal y natural, correspondiente al cambio actual de la situación en Alemania, habría debido ser una aceleración del ritmo, una progresión de las consignas y de las formas de lucha. Pero este giro táctico no habría sido normal y natural más que si el ritmo y las consignas de lucha de ayer hubieran correspondido a las condiciones del período precedente. Pero no podía ser así. La contradicción aguda entre la política ultraizquierdista y la estabilización de la situación es una de las causas del giro táctico. Es por lo que, en el momento en que el nuevo giro de la situación objetiva, paralelamente al reagrupamiento general desfavorable de las fuerzas políticas, ha aportado al comunismo un aumento importante de votos, el partido se ha mostrado estratégica y tácticamente más desorientado, embarazado y desviado de lo que jamás había estado.

Para explicar la contradicción en la que ha caído el partido comunista alemán, como la mayoría de las otras secciones de la Internacional Comunista, pero mucho más profundamente que ellas, tomemos la comparación más sencilla. Para saltar una barrera, más importante es comenzar a correr a tiempo, ni demasiado tarde ni demasiado pronto, para llegar al obstáculo con la fuerza necesaria. Sin embargo, desde febrero de 1928, y sobre todo desde junio de 1929, el partido comunista alemán no hace más que tomar impulso. No hay nada de asombroso en que el partido haya comenzado a sofocarse y a arrastrar las piernas. La Internacional Comunista dio por fin una orden: "¡Más despacio!" Pero apenas el partido, sin aliento, había vuelto a lograr un ritmo más normal, apareció ante él una barrera no imaginaria, muy real, que presentaba el riesgo de exigir un salto revolucionario. ¿Sería suficiente la distancia para tomar impulso? ¿Habría que renunciar al giro y hacer un contragiro? -ésas son las cuestiones estratégicas y tácticas que se le presentan al partido alemán con toda su agudeza.

Para que los cuadros dirigentes del partido puedan encontrar una respuesta correcta a estas preguntas, deben tener la posibilidad de apreciar el camino a seguir, en relación con el análisis de la estrategia de los últimos años y de sus consecuencias, tal como ha aparecido en las elecciones. Si, contrapesando esto, la burocracia lograse con sus gritos de victoria ahogar la voz de la autocrítica política, el proletariado sería inevitablemente arrastrado a una catástrofe más espantosa que la de 1923.

Las posibles variantes del desarrollo posterior.

La situación revolucionaria, que plantea al proletariado el problema inmediato de la toma de poder, está compuesta de elementos objetivos y subjetivos que están ligados entre sí y se condicionan mutuamente en gran medida. Pero esta interdependencia es relativa. La ley del desarrollo desigual también se aplica totalmente a los factores de la situación revolucionaria. El desarrollo insuficiente de uno de ellos puede conducir a la alternativa siguiente: o bien la situación revolucionaria no llegara siquiera a la explosión y será reabsorbida, o bien, llegando a la explosión, terminará con la derrota de la clase revolucionaria. ¿Cuál es, en este sentido, la situación en Alemania hoy?

1.Estamos indudablemente en presencia de una crisis nacional profunda (economía, situación internacional). La vía normal del régimen parlamentario burgués no ofrece ninguna salida.

2. La crisis política de la clase dominante y de su sistema de gobierno es absolutamente indiscutible. No se trata de una crisis parlamentaria, sino de la crisis de la dominación de la burguesía.

3. No obstante, la clases revolucionaria está todavía profundamente dividida por contradicciones internas. El reforzamiento del partido revolucionario es detrimento del partido reformista está todavía es sus mismos inicios y se produce, por el momento, a un ritmo que está lejos de corresponderse con la profundidad de la crisis.

4. Desde el comienzo de la crisis, la pequeña burguesía ha ocupado una posición que amenaza al sistema actual de dominación del capital, pero que es al mismo tiempo mortalmente hostil a la revolución proletaria.

Dicho de otra forma, estamos en presencia de las condiciones objetivas fundamentales de la revolución proletaria; una de sus condiciones políticas existe (el estado de la clase dirigente); la otra condición política (el estado del proletariado) no hace más que comenzar a evolucionar en el sentido de la revolución, pero, por el peso de la herencia del pasado, no puede evolucionar rápidamente; en fin, la tercera condición política (el estado de la pequeña burguesía) se inclina no del lado de la revolución proletaria, sino de la contrarrevolución burguesa. Esta última condición no evolucionara en un sentido favorable más que si intervienen cambios radicales en el seno mismo del proletariado, es decir, si la socialdemocracia es liquidada políticamente.

Estamos confrontados así a una situación profundamente contradictoria. Algunos de sus componentes ponen a la orden del día la revolución proletaria; pero otros excluyen toda posibilidad de victoria en un período muy próximo, porque implican una profunda modificación previa de la correlación entre las fuerzas políticas.

Teóricamente, se pueden imaginar ciertas variantes en el desarrollo posterior de la situación actual en Alemania; estas variantes dependen tanto de las causas objetivas, entre ellas la política de los enemigos de clase, como de la actitud del mismo partido comunista. Indiquemos esquemáticamente cuatro variantes posibles de este desarrollo.

5.El partido comunista, asustado de su propia estrategia del tercer período, avanza a tientas con la máxima prudencia, tratando de evitar toda acción arriesgada, y deja pasar sin lucha una situación revolucionaria. Esto sería la repetición bajo otra forma de la política de Brandler en 1921-1923. Los brandlerianos y semibrandlerianos en el interior y el exterior del partido empujaran en esta dirección, que refleja la presión de la socialdemocracia.

6.Bajo la influencia de su éxito en las elecciones, el partido comunista efectúa, por el contrario, un giro brutal hacia la izquierda, lanzándose a una lucha directa por el poder y, convertido en el partido de una minoría activa, sufre una derrota catastrófica. El fascismo, la agitación vocinglera e imbécil del aparato, que no eleva en nada la conciencia de las masas sino que, por el contrario, la oscurece, y la desesperación y la impaciencia de una parte de la clase obrera, y sobre todo de la juventud en paro, todos estos factores empujan en esta dirección.

7. Es posible también que la dirección, sin renunciar a nada, se esfuerce por encontrar empíricamente una vía intermedia entre las dos primeras variantes y cometa así toda una nueva serie de errores; pero necesitará tanto tiempo para superar la desconfianza de las masas proletarias y semiproletarias que, durante este tiempo, las condiciones tendrán tiempo de evolucionar en un sentido desfavorable para la revolución, cediendo el lugar a un nuevo período de estabilización. El partido alemán es empujado sobre todo en esta dirección ecléctica, que une el seguidismo en general al aventurismo en casos particulares, por la dirección stalinista de Moscú, que teme tomar una posición clara y se prepara por adelantado para una coartada, es decir, para la posibilidad de hacer caer sobre los "ejecutantes" la responsabilidad, a derecha o a izquierda según los resultados. Es una política que conocemos bien, que sacrifica los intereses históricos internacionales del proletariado a los intereses de "prestigio" de la dirección burocrática. Los presupuestos teóricos de semejante orientación están dados ya en Pravda del 16 de septiembre.

8. Terminemos por la variante más favorable o, para ser más exactos, la única favorable: gracias al esfuerzo de sus elementos mejores y más conscientes, el partido alemán se da plenamente cuenta de todas las contradicciones de la situación actual. Por medio de una política correcta, audaz y flexible, el partido tiene todavía tiempo, partiendo de la situación actual, de unir a la mayoría del proletariado y de conseguir que las masas semiproletarias y las capas más explotadas de la pequeña burguesía cambien de campo. La vanguardia proletaria, en tanto que dirigente de la nación de los explotados y los oprimidos, logra la victoria. La tarea de los bolcheviques-leninistas (de la Oposición de Izquierda) es la de ayudar al partido a orientar su política por esta senda.

Sería completamente inútil intentar adivinar cuál de estas variantes tiene más probabilidades de realizarse en el próximo período. Es luchando, y no entregándose a conjeturas, como se resuelven las cuestiones de este tipo.

Una lucha ideológica implacable contra la dirección centrista de la Internacional Comunista es un elemento indispensable de este combate. Moscú ha dado ya la señal de una política de prestigio burocrático, que oculta los errores del pasado y prepara los errores de mañana con sus gritos hipócritas sobre el triunfo de la línea.

Exagerando de manera inverosímil la victoria del partido, minimizando de forma no menos inverosímil las dificultades e interpretando incluso el éxito de los fascistas como un factor positivo de la revolución proletaria, Pravda emite sin embargo una pequeña reserva: "Los éxitos del partido no deben hacerle perder la cabeza". La política pérfida de la dirección stalinista es aquí, una vez más, fiel a sí misma. El análisis de la situación se hace en el espíritu del ultraizquierdismo acrítico, lo que empuja conscientemente al partido por la vía del aventurismo. Al mismo tiempo, Stalin se prepara una coartada con la frase de ritual sobre "el vértigo del éxito". Es precisamente esta política de cortas miras y sin escrúpulos la que puede perder a la revolución alemana.

6. ¿Dónde esta la salida?

Hasta aquí, hemos ofrecido un análisis sin ningún adorno ni indulgencia y los peligros que se desprenden totalmente de la esfera política subjetiva; proceden principalmente de los errores y los crímenes de la dirección de los epígonos y, hoy en día, comprometen manifiestamente la nueva situación revolucionaria que, en nuestra opinión, está en trance de crearse. Los funcionarios, o bien ignorarán nuestro análisis, o bien renovarán sus stocks de injurias. Pero no se trata de estos funcionarios incurables, sino de la suerte del proletariado alemán. En el partido, incluido el aparato, hay un buen número de personas que observan y reflexionan, y a los que el carácter de la situación obligará mañana a reflexionar con una intensidad redoblada. Es a ellos a quienes destinamos nuestro análisis y nuestras conclusiones.

Toda situación de crisis contiene factores importantes de indeterminación. Los estados de ánimo, las opiniones y las fuerzas, tanto hostiles como amigas, se forman en el proceso mismo de la crisis. Es imposible preverlos por adelantado de forma matemática. Hay que medirlos en la lucha, por medio de la lucha, y aportar a la política las correcciones necesarias basándose sobre estas mediciones sacadas de la vida.

¿Se puede estimar de antemano la fuerza de la resistencia conservadora de los obreros socialdemócratas? No. A la luz de los acontecimientos de los últimos años esta fuerza parece gigantesca. Pero el fondo del problema está en que la política errónea del partido, que ha encontrado su expresión más acabada en la absurda teoría del socialfascismo, es lo que más ha favorecido la cohesión de la socialdemocracia. Para medir la capacidad de resistencia real de la socialdemocracia hay que encontrar otro instrumento de medida, es decir , es necesario que los comunistas se doten de una táctica correcta. Si esta condición es cubierta -y no es condición despreciable- se descubrirá, en un plazo relativamente corto, hasta qué punto la socialdemocracia está roída en su interior.

Lo que hemos dicho hasta ahora se aplica igualmente al fascismo, aunque de otra forma. Se ha desarrollado en condiciones diferentes, gracias a la levadura de la estrategia zinovievista-stalinista. ¿Cuál es su fuerza ofensiva? ¿Cuál es su estabilidad? ¿Ha alcanzado su punto culminante, como afirman los optimistas profesionales, o está dando solamente sus primeros pasos? Es imposible predecirlo mecánicamente. Sólo se puede determinar a través de la acción. Es precisamente con respecto al fascismo, que es como una navaja de afeitar en manos del enemigo de clase, que una política errónea del partido comunista puede, en un plazo muy corto, conducir a un resultado fatal. Por otra parte, una política acertada puede -esto es cierto a mucho más largo plazo- minar las posiciones del fascismo.

En el momento de la crisis del régimen, el partido revolucionario es mucho más fuerte en la lucha de masas extraparlamentaria que en el marco del parlamentarismo. Con una sola condición, no obstante: que comprenda correctamente la situación y que sea capaz de ligar prácticamente las necesidades reales de las masas a las tareas de la conquista del poder. Actualmente, todo se reduce a eso.

también sería un grave error no ver en la situación alemana actual más que dificultades y peligros. no, la situación ofrece igualmente enormes posibilidades a condición de que sea analizada en profundidad y utilizada correctamente.

¿Qué hacer para ello?

9. Un giro forzado "hacia la derecha", cuando la situación evoluciona "hacia la izquierda", exige un examen atento, concienzudo y hábil de la evolución posterior de los demás componentes de la situación.

Hay que rechazar inmediatamente la oposición abstracta entre los métodos del segundo y el tercer período. Hay que tomar la situación tal como es, con todas sus contradicciones y dentro de la dinámica viva de su desarrollo. Hay que adaptarse atentamente a los cambios reales de esta situación y actuar sobre ella en el sentido de su desarrollo efectivo, y no por complacencia hacia los esquemas de Molotov o Kuusinen.

Orientarse en la situación es la tarea más difícil, y la más importante. Uno no puede satisfacerse con métodos burocráticos. Las estadísticas, por importantes que sean, son insuficientes para este propósito. Hay que estar cotidianamente a la escucha en profundidad del proletariado y de los trabajadores en general. No solamente hay que avanzar las consignas vitales que son retomadas por las masas. Sólo un partido que tenga por todas partes decenas de millares de antenas, que recoja sus testimonios, que examine todos los problemas y que elabore activamente una posición colectiva, podrá alcanzar un objetivo semejante.

10. El funcionamiento interno del partido está indisolublemente ligado a este problema. Gente designada por Moscú independientemente de la confianza o la desconfianza del partido respecto a ella no puede llevar a las masas al asalto de la sociedad capitalista. Cuando más artificial sea el régimen actual del partido, más profunda será la crisis el día y la hora de tomar la decisión. De todos los "giros", el más urgente y necesario es el que concierne al régimen interno del partido. Es una cuestión de vida o muerte.

11. El cambio del régimen del partido es una condición, pero también una consecuencia del cambio de orientación. Una cosa es impensable sin la otra. El partido debe escapar de esa atmósfera hipócrita, convencional, en la que se silencian los males reales y se glorifican los valores ficticios, en una palabra, la atmósfera perniciosa del stalinismo, que no es el resultado de una influencia ideológica y política, sino de una grosera dependencia material con respecto al aparato y de los métodos de dirección que derivan de ahí.

Para arrancar al partido de su prisión burocrática es indispensable verificar globalmente la "línea general" de la dirección alemana, desde 1923 e incluso desde las jornadas de marzo de 1921. La Oposición de Izquierda ha dado, en una serie de documentos y de trabajos teóricos, su valoración de todas las etapas de la funesta política oficial de la Internacional Comunista. Esta crítica debe convertirse en parte del bagaje del partido. No lograra eludirla ni reducirla al silencio. El partido no se elevará a la altura de sus grandiosas tareas sin una valoración libre de su presente a la luz de su pasado.

12. Si el partido comunista, a pesar de todas las condiciones extraordinariamente favorables, se ha mostrado impotente para conmover seriamente el edificio socialdemócrata con la formula del "socialfascismo", el fascismo real, por el contrario, amenaza ahora a ese mismo edificio no con las fórmulas puramente verbales de un radicalismo ficticio, sino con las fórmulas químicas de los explosivos. Por cierta que sea la afirmación según la cual la socialdemocracia ha preparado con toda su política la expansión del fascismo, no es menos cierto que el fascismo es una amenaza mortal sobre todo para esta misma socialdemocracia, todo cuyo esplendor está indisolublemente ligado a las formas y métodos del estado democrático, parlamentario y pacifista.

No hay ninguna duda de que los dirigentes de la socialdemocracia y una pequeña capa de la aristocracia obrera prefieren una victoria del fascismo a la dictadura revolucionaria del proletariado. Pero precisamente la inminencia de esa elección está en la base de las inmensas dificultades que conoce la dirección socialdemócrata cara a sus propios obreros. La política de frente único de los obreros contra el fascismo se desprende de toda la situación. Ofrece al partido comunista enormes posibilidades. Pero la condición del éxito estriba en el abandono de la práctica y la teoría del "socialfascismo", cuya nocividad se está volviendo peligrosa en las condiciones actuales.

La crisis social provocará inevitablemente profundas fisuras en el edificio socialdemócrata. La radicalización de las masas tocará igualmente a los obreros socialdemócratas antes de que dejen de serlo. Deberemos, inevitablemente, concluir acuerdos contra el fascismo con las diferentes organizaciones y fracciones socialdemócratas, planteando a sus dirigentes condiciones precisas ante las masas. Sólo los oportunistas asustados, aliados ayer de Cook, Chiang Kai-chek y Wang Tin-wei, pueden atarse las manos por adelantado contra estos acuerdos por una obligación formal. Hay que abandonar las declaraciones vacías de los funcionarios contra el frente único para volver a la política de frente único tal como fue formulado por Lenin y aplicado siempre por los bolcheviques, y muy particularmente en 1917.

13. El problema del paro es uno de los elementos más importantes de la crisis política actual. La lucha contra la racionalización capitalista y por la jornada de trabajo de siete horas continúa estando a la orden del día. Pero sólo la consigna de la cooperación amplia y sistemática con la URSS puede llevar esta lucha a la altura de las tareas revolucionarias. En su declaración programática para las elecciones, el comité central del partido comunista alemán declara que después de su llegada al poder los comunistas llevarán a la práctica una cooperación económica con la URSS. De esto no hay ninguna duda. Pero no hay que oponer la perspectiva histórica a las tareas políticas del momento. Es desde hoy cuando hay que movilizar a los obreros, y en primer lugar a los parados, bajo la consigna de una amplia cooperación económica con la república soviética. El Gosplan de la URSS debe elaborar con la participación de los comunistas y de los especialistas alemanes un plan de cooperación económica que, partiendo del paro actual, se desarrolle en una cooperación general, englobando las principales ramas de la economía. El problema no consiste en prometer una reorganización de la economía después de la toma de poder, sino en llegar al poder. El problema no está en prometer una cooperación entre la Alemania soviética y la URSS, sino en ganar hoy a las masas para esta cooperación, ligándola estrechamente a la crisis y al paro y desarrollándola en un plan gigantesco de reorganización social de ambos países.

14. La crisis política alemana pone en cuestión el régimen que el Tratado de Versalles ha instaurado en Europa. El comité central del partido comunista alemán dice que, una vez en el poder, el proletariado alemán liquidará los documentos de Versalles. ¿Y eso es todo? ¡La abolición del Tratado de Versalles será, pues, la más alta conquista de la revolución proletaria! ¿Por qué será reemplazado? Esta manera negativa de plantear el problema aproxima al partido a los nacionalsocialistas. Estados Unidos Soviéticos de Europa, esta es la única consigna correcta que ofrece una solución a la partición de Europa, que amenaza no solamente a Alemania sino a Europa entera con una decadencia económica y cultural total.

La consigna de la unificación proletaria de Europa es al mismo tiempo un arma muy importante en la lucha contra el chovinismo abyecto de los fascistas, frente a su cruzada contra Francia. La política más peligrosa y más incorrecta es la que consiste en adaptarse pasivamente al enemigo, en hacerse pasar por él. A las consignas de desesperación nacional y de locura nacional hay que oponer las consignas que proponen una solución internacional. Pero, para esto, es indispensable limpiar al partido del veneno del socialismo nacional, cuyo elemento esencial es la teoría del socialismo en un solo país.

Para condensar todo lo que hemos dicho hasta ahora en una fórmula simple, planteemos el problema de la manera siguiente, ¿debe situarse bajo un signo ofensivo o defensivo? A eso respondemos: defensivo.

Si el enfrentamiento tuviese lugar hoy, como consecuencia de la ofensiva del partido comunista, la vanguardia proletaria se estrellaría contra el bloque constituido por el Estado y el fascismo, refugiándose la mayoría de la clase obrera tras una neutralidad temerosa y perpleja; en cuanto a la pequeña burguesía, en su mayoría apoyaría directamente al fascismo.

Una posición defensiva implica una política de acercamiento con la mayoría de la clase obrera alemana y el frente único con los obreros socialdemócratas y sin partido contra el peligro fascista.

Negar este peligro, minimizarlo, tratarlo a la ligera es el peor crimen que se puede cometer hoy contra la revolución proletaria en Alemania.

¿Que va a "defender" el partido comunista? ¿La constitución de Weimar? No, esa atención se la dejamos a Brandler. El partido comunista debe llamar a la defensa de las posiciones materiales e intelectuales que la clase obrera ha conquistado ya en el estado alemán. Lo que está en juego es la suerte de las organizaciones políticas y sindicales, de su prensa, de sus imprentas, de sus clubes y sus bibliotecas. El obrero comunista debe decirle al obrero socialdemócrata: "La política de nuestros partidos es inconciliable; pero si los fascistas vienen esta noche a destruir el local de tu organización, yo vendré en tu ayuda con las armas en la mano. ¿Prometes tú acudir en mi ayuda en el caso de que ese mismo peligro amenace a mi organización?" Esa es la quintaesencia de la política del período actual. Toda la agitación debe ser desarrollada en este espíritu.

Cuanto más desarrollemos esta agitación con perseverancia, con seriedad, con reflexión, sin los aullidos y las fanfarronadas que tanto hastían a los obreros, más pertinentes serán las medidas organizativas defensivas que vayamos a proponer en cada fábrica, en cada barrio obrero, menor será el peligro de que el ataque de los fascistas nos coja desprevenidos, y mayor será la seguridad de que este ataque soldará y no dividirá las filas de los obreros.

En efecto, los fascistas, por el hecho de su éxito vertiginoso, por el hecho del carácter pequeñoburgués, impaciente e indisciplinado de su ejército, se sentirán inclinados a pasar al ataque en el próximo período. Intentar actualmente competir con ellos en este terreno sería no solamente desesperado, sino también mortalmente peligroso. Por el contrario, cuando más aparezcan los fascistas a los ojos de los obreros socialdemócratas como el campo que ataca, más posibilidades tendremos no sólo de aplastar la ofensiva de los fascistas, sino también de pasar a una contraofensiva victoriosa. La defensa debe ser vigilante, activa y valerosa. El Estado Mayor debe cubrir con la vista todo el campo de batalla y tener en cuenta todos los cambios para no dejar pasar una nueva modificación de la situación, porque entonces se tratará de dar la señal para el asalto general.

Hay estrategas que se pronuncian siempre y en cualesquiera circunstancias por la defensiva. Los brandlerianos, por ejemplo, son de este tipo. Asombrarse de que hablen hoy, una vez más, de defensiva, sería totalmente pueril: lo han hecho siempre. Los brandlerianos son unos de los portavoces de la socialdemocracia. Nosotros, por el contrario, debemos aproximarnos a los obreros socialdemócratas sobre el terreno de la defensiva para arrastrarlos en seguida a una ofensiva decisiva. Los brandlerianos son totalmente incapaces. Cuando la correlación de fuerzas se modifique de forma radical a favor de la revolución proletaria, los brandlerianos aparecerán una vez más como un peso muerto y como un freno para la revolución. Esta es la razón por la que una política defensiva, que busque una aproximación con las masas socialdemócratas, no debe implicar en ningún caso una atenuación de las contradicciones con el estado mayor brandleriano, tras del cual no estarán nunca las masas.

En el marco del reagrupamiento de fuerzas, caracterizado hasta aquí, y de las tareas de la vanguardia proletaria, los métodos de represión física aplicados por la vanguardia proletaria, los métodos de represión física aplicados por la burocracia stalinista en Alemania y en otros países contra los bolcheviques-leninistas toman una significación muy particular. Es un servicio directo hecho a la policía socialdemócrata y a las tropas de choque del fascismo. En contradicción total con las tradiciones del movimiento proletario revolucionario, estos métodos responden perfectamente a la mentalidad de los burócratas pequeñoburgueses, que se apegan a su salario garantizado desde arriba y temen perderlo con la irrupción de la democracia dentro del partido. Las infamias de los stalinistas deben ser objeto de un amplio trabajo de explicación, lo más concreto posible, cara a desenmascarar al papel de los funcionarios más indignos del aparato del partido. La experiencia de la URSS y de otros países prueba que aquellos que luchan con el mayor frenesí contra la Oposición de Izquierda son tristes señores que tienen la absoluta necesidad de disimular a la dirección sus errores y sus crímenes: dilapidación de fondos públicos, abusos de poder, o simplemente incapacidad total. Está perfectamente claro que la denuncia de las hazañas brutales del aparato stalinista contra los bolcheviques-leninistas se verá más coronada por el éxito cuanto más ampliamente desarrollemos nuestra agitación general sobre la base de las tareas expuestas con anterioridad.

Si hemos examinado el problema del giro táctico de la Internacional Comunista únicamente a la luz de la situación alemana es porque la crisis alemana sitúa hoy al partido comunista alemán, una vez más, en el centro de la atención de la vanguardia proletaria mundial, y porque a la luz de esta crisis aparecen todos los problemas con mayor relieve. No sería difícil, a pesar de ello, mostrar que lo que se ha dicho aquí se aplica también, más o menos, a los demás países.

En Francia, todas las formas tomadas por la lucha de clases después de la guerra tienen un carácter infinitamente menos agudo y decisivo que en Alemania. Pero las tendencias generales del desarrollo son las mimas, por no hablar, evidentemente, de la dependencia directa que liga la suerte de Francia a la de Alemania. Los giros de la Internacional Comunista tienen, en todo caso, un carácter universal. El partido comunista francés, proclamado desde 1928 por Molotov primer candidato al poder, ha llevado adelante en estos últimos años una política totalmente suicida. En particular, no ha visto el ascenso económico. En Francia fue anunciado un giro táctico en el momento en que la recuperación económica dejaba paso a una crisis. De este modo, las mismas contradicciones, las mismas dificultades y las mismas tareas de las que hemos hablado a propósito de Alemania, están también a la orden del día en Francia.

El giro de la Internacional Comunista, en relación con el cambio de la situación, coloca a la Oposición Comunista de Izquierda ante tareas nuevas y extremadamente importantes. Sus fuerzas son reducidas. Pero cada corriente se desarrolla paralelamente a sus tareas. Comprenderlas claramente es poseer una de las garantías más importantes de la victoria.

 

1931 (14 de abril): Thaelmann y la "Revolución Popular"

Thaelmann y la "Revolución Popular" es una carta escrita por Trotsky a un camarada español el 14 de abril de 1931 (el mismo día en que se proclamaba la II República en España) en su destierro en la isla de Prinkipo (Turquía). Fue publicado por primera vez en The Militant el 11 de julio de 1931.

Gracias por la cita sobre la revolución "popular" del discurso de Thaelmann, al que he echado una ojeada. ¡No es posible imaginar una forma más ridícula y maliciosamente confusa de plantear el problema! ¡La "revolución popular" como consigna, incluso con una referencia a Lenin! Todavía hoy, cada número del periódico del fascista Strasser es acicalado con la consigna de la revolución popular como opuesta a la consigna marxista de la revolución de clase. Se sobreentiende que toda gran revolución es una revolución popular o nacional, en el sentido de que une alrededor de la clase revolucionaria a toda las fuerzas viriles y creativas de la nación y la reconstruye en torno a un nuevo núcleo. Pero esto no es una consigna, sino una descripción sociológica de la revolución que requiere, además, una definición precisa y concreta. Como consigna es necia y charlatanesca, competencia mercantil con los fascistas pagada al precio de inyectar la confusión en la mente de los trabajadores.

La evolución de las consignas de la Comintern es una evolución sorprendente precisamente en torno a esta cuestión. A partir del III Congreso de la Comintern, la consigna de "clase contra clase" se convirtió en la expresión popular de la política de frente único proletario. Esto era bastante correcto: todos los trabajadores debían ser agrupados contra la burguesía. Después transformaron esto en la alianza con los burócratas reformistas contra los trabajadores (la experiencia de la huelga general inglesa). Más tarde saltaron al extremo opuesto: ningún acuerdo con los reformistas, "clase contra clase". La misma consigna que había de servir para acercar a los obreros socialdemócratas a los obreros comunistas vino a significar, en el "tercer período", la lucha contra los obreros socialdemócratas como contra una clase diferente. Y ahora el nuevo giro: la revolución popular en lugar de la revolución proletaria. El fascista Strasser dice que el 95 por ciento del pueblo está interesado en la revolución, que por lo tanto no es una revolución de clase sino una revolución popular. Thaelmann repite a coro. En realidad, el obrero comunista debería decirle al obrero fascista: por supuesto, el 95 por ciento de la población, si es que no es el 98 por ciento, está explotada por el capital financiero. Pero esta explotación está organizada de modo jerárquico: hay explotadores, subexplotadores, subsubexplotadores, etc. Sólo gracias a esta jerarquía pueden los superexplotadores mantener sujeta a la mayoría de la nación. Para que la nación sea efectivamente capaz de reconstruirse a sí misma alrededor de un nuevo núcleo de clase, deberá ser reconstruida ideológicamente, y esto sólo podrá conseguirse si el proletariado no se disuelve a sí mismo en el "pueblo", en la "nación", sino que, por el contrario, desarrolla un programa de su revolución proletaria y fuerza a la pequeña burguesía a elegir entre dos regímenes. La consigna de la revolución popular adormece a la pequeña burguesía así como a amplias masas de obreros, les reconcilia con la estructura burguesa jerárquica del "pueblo" y retrasa su liberación. Pero, en las condiciones actuales de Alemania, la consigna de una "revolución popular" borra la frontera ideológica entre el marxismo y el fascismo y reconcilia a parte de los obreros y la pequeña burguesía con la ideología fascista, permitiéndoles pensar que no están obligados a tomar una opción, ya que en ambos campos se trata de una "revolución popular". Estos miserables revolucionarios, cuando entran en conflicto con cualquier enemigo, se ponen antes que nada a pensar cómo imitarle, cómo disfrazarse a sí mismos con sus colores, cómo ganar a las masas por medio de un truco astuto en vez de con la lucha revolucionaria. ¡Una forma verdaderamente vergonzosa de plantear el problema! Si los débiles comunistas españoles hiciesen suya esta fórmula, llegarían a la política de un Kuomintang español.

EL CONTROL OBRERO DE LA PRODUCCIÓN [1]

Al contestar a su pregunta debo esforzarme por apuntar aquí, como preludio a un intercambio de opiniones, algunas consideraciones generales con respecto a la consigna del control obrero de la producción.

La primera pregunta que surge en relación con esto es la siguiente: ¿podemos presentar el control obrero de la producción como un régimen estable, por supuesto que no eterno, pero de una duración bastante larga? Para contestar a esta pregunta es preciso determinar más claramente la naturaleza de clase de este régimen. El control se encuentra en manos de los trabajadores. Esto significa que la propiedad y el derecho a enajenarla continúan en manos de los capitalistas. Por lo tanto, el régimen tiene un carácter contradictorio, constituyéndose una especie de interregno económico.

Los obreros no necesitan el control para fines platónicos, sino para ejercer una influencia práctica sobre la producción y sobre las operaciones comerciales de los patronos. Sin embargo, esto no se podrá alcanzar a menos que el control, de una forma u otra, dentro de ciertos límites, se transforme en gestión directa. En forma desarrollada, el control implica, por consiguiente, una especie de poder económico dual en las fábricas, la banca, las empresas comerciales, etc.

Si la participación de los trabajadores en la gestión de la producción ha de ser duradera, estable, "normal", deberá apoyarse en la colaboración y no en la lucha de clases. Tal colaboración de clases solamente puede llevarse a cabo a través de los estratos superiores de los sindicatos y las asociaciones capitalistas. No han faltado los experimentos de este tipo en Alemania (la "democracia económica"), en Inglaterra (el "mondismo"), etcétera. No obstante, en todos estos casos, no se trataba del control de los obreros sobre el capital, sino de la subordinación de la burocracia del trabajo al capital. Esta subordinación, como lo muestra la experiencia, puede durar mucho tiempo: depende de la paciencia del proletariado.

Cuando más se aproxima a la producción, a la fábrica, al taller, menos viable resulta un régimen de este tipo, porque aquí se trata ya de los intereses inmediatos y vitales de los trabajadores y todo el proceso se despliega ante sus mismos ojos. El control obrero a través de los consejos de fábrica sólo es concebible sobre la base de una aguda lucha de clases, no sobre la base de la colaboración. Pero esto significa en realidad la dualidad de poder en las empresas, en los trusts, en todas las ramas de la industria, en la totalidad de la economía.

¿Qué régimen estatal corresponde al control obrero de la producción? Es obvio que el poder no está todavía en manos de los trabajadores, pues de otro modo no tendríamos el control obrero de la producción, sino el control de la producción por el estado obrero como introducción a un régimen de producción estatal basado en la nacionalización. De lo que estamos hablando es del control obrero bajo el régimen capitalista, bajo el poder de la burguesía. En cualquier caso, una burguesía que se sienta firmemente asentada en el poder nunca tolerará la dualidad de poder en sus empresas. El control obrero, en consecuencia, solamente puede ser logrado en las condiciones de un cambio brusco en la correlación de fuerzas desfavorable a la burguesía por la fuerza, por un proletariado que va camino de arrancarle el poder, y por tanto también la propiedad de los medios de producción. Así pues, el régimen de control obrero, un régimen provisional y transitorio por su misma esencia, sólo puede corresponder al período de las convulsiones del Estado burgués, de la ofensiva proletaria y el retroceso de la burguesía, es decir, al período de la revolución proletaria en el sentido más completo del término.

Si la burguesía no es ya la dueña de la situación en su fábrica, si no es ya enteramente la dueña, de ahí se desprende que tampoco es ya enteramente dueña de su Estado. Esto significa que el régimen de dualidad de poder en las fábricas corresponde al régimen de dualidad de poder en el Estado.

Esta correspondencia, de todos modos, no debería ser entendida mecánicamente, esto es, no en el sentido de que la dualidad de poder en las empresas y la dualidad de poder en el Estado nazcan en un mismo y solo día. Un régimen avanzado de dualidad de poder, como una de las etapas altamente probables de la revolución proletaria en todos los países, puede desarrollarse de forma distinta en distintos países, a partir de elementos diversos. Así, por ejemplo, en ciertas circunstancias (una crisis económica profunda y persistente, un fuerte grado de organización de los trabajadores en las empresas, un partido revolucionario relativamente débil, un Estado relativamente fuerte manteniendo un fascismo vigoroso en reserva, etcétera) el control obrero sobre la producción puede ir considerablemente por delante del poder político dual desarrollado en un país.

En las condiciones señaladas a grandes rasgos más arriba, especialmente características de Alemania en estos momentos, la dualidad de poder en el país puede desarrollarse precisamente a partir del control obrero como fuente principal. Hay que detenerse en este hecho, aunque sólo sea para rechazar ese fetichismo de la forma soviética que han puesto en circulación los epígonos de la Comintern.

De acuerdo con el punto de vista oficial que prevalece en la actualidad, la revolución proletaria solamente puede llevarse a cabo por medio de los soviets; éstos, por su parte, deben ser creados específicamente para el propósito del levantamiento armado. Este cliché no sirve para nada. Los soviets son únicamente una forma organizativa; el problema se decide por el contenido de clase de la política, en modo alguno por su forma. En Alemania hubo unos soviets de Ebert y Scheidemann. En Rusia los soviets conciliadores atacaron a los obreros y soldados en julio de 1917. Después de esto, Lenin pensó durante un tiempo que habríamos de llegar al levantamiento armado apoyándonos no en los soviets sino en los comités de fábrica. Este cálculo fue rechazado por el curso de los acontecimientos, ya que fuimos capaces, en las seis u ocho semanas anteriores al levantamiento, de ganarnos a los soviets más importantes. Pero este mismo ejemplo muestra qué poco inclinados nos sentíamos a considerar los soviets como una panacea. En otoño de 1923, defendiendo contra Stalin y otros la necesidad de pasar a una ofensiva revolucionaria, luché al mismo tiempo contra la creación por encargo de soviets en Alemania, pegados a los consejos de fábrica que estaban comenzando ya de hecho a cubrir el papel de los soviets.

Se podrían decir muchas cosas en favor de la idea de que, en el actual ascenso revolucionario, igualmente, los consejos de fábrica alemanes, al llegar a un cierto estadio, serán capaces de jugar el papel de los soviets y remplazarlos. ¿En qué baso esta suposición? En el análisis de las condiciones en que surgieron los soviets en Rusia en febrero-marzo de 1917, y en Alemania y Austria en noviembre de 1918. En los tres sitios, los principales organizadores de los soviets fueron los mencheviques y socialdemócratas, que se vieron forzados a ello por las condiciones de la revolución "democrática" en tiempo de guerra. En Rusia, los bolcheviques tuvieron éxito en ganar los soviets a los conciliadores. En Alemania no lo lograron, y es por esto que los soviets desaparecieron.

Hoy, en 1931, la palabra "soviet" suena bastante diferente de como sonaba en 1917-1918. Hoy es sinónimo de la dictadura de los bolcheviques, y por lo tanto una pesadilla en los labios de la socialdemocracia. Los socialdemócratas alemanes no sólo no tomarán la iniciativa en la creación de los soviets por segunda vez, ni se unirán voluntariamente a esta iniciativa, sino que lucharán contra ella hasta el fin. A los ojos del estado burgués, en especial de su guardia fascista, el que los comunistas pongan manos a la obra en la creación de soviets será equivalente a una declaración directa de guerra civil por parte del proletariado, y en consecuencia podría provocar un choque decisivo antes de que el partido comunista lo juzgue conveniente.

Todas estas consideraciones nos empujan fuertemente a dudar que se pueda llegar a tener éxito, antes del levantamiento y la toma de poder en Alemania, en la creación de soviets que agrupen realmente a la mayoría de los trabajadores. En mi opinión, es más probable que los soviets nazcan al día siguiente de la victoria, pero entonces ya como órganos directos de poder.

El problema de los consejos de fábrica es enteramente otro asunto. Éstos existen ya hoy. Los están construyendo comunistas y socialdemócratas. En cierto sentido, los consejos de fábrica son la realización del frente único de la clase obrera. Ampliarán y profundizarán esta función con el ascenso de la ola revolucionaria. Su papel crecerá, como lo harán sus incursiones en la vida de la fábrica, de la ciudad, de las ramas de la industria, de las regiones y, finalmente, de todo el Estado. Los congresos provinciales, regionales y nacionales de los consejos de fábrica pueden servir como base para los órganos que desempeñarán de hecho el papel de los soviets, esto es, para los órganos de doble poder. Arrastrar a los trabajadores socialdemócratas a este régimen por medio de los consejos de fábrica será mucho más fácil que llamar a los obreros directamente a construir los soviets un día determinado y a una hora dada.

El cuerpo central de los consejos de fábrica de una ciudad puede cumplir ampliamente el papel del soviet de la ciudad. Esto pudo observarse en Alemania en 1923. Extendiendo sus funciones, abordando por sí mismos tareas cada vez más audaces y creando sus propios órganos federales, los consejos de fábrica pueden convertirse en soviets, uniendo estrechamente a los trabajadores socialdemócratas y comunistas; y pueden servir como base organizativa de la insurrección. Después de la victoria del proletariado, estos consejos de fábrica/soviets tendrán naturalmente que separarse en consejos de fábrica propiamente dichos y soviets, éstos como órganos de la dictadura del proletariado.

Con todo esto no queremos decir que la creación de soviets antes del levantamiento proletario en Alemania esté completamente excluida de antemano. No es posible prever todas las variantes concebibles del desarrollo. Si la desmembración del estado burgués viniese mucho antes de la revolución proletaria, si el fascismo llegase a ser aplastado y hecho añicos o se quemase antes del alzamiento del proletariado, entonces se podrían crear las condiciones para la construcción de los soviets como órganos de la lucha por el poder. Desde luego, en ese caso los comunistas tendrían que percibir la situación a tiempo y lanzar la consigna de los soviets. Ésta sería la situación más favorable que se pueda imaginar para la insurrección proletaria. Si cobra cuerpo, tiene que ser utilizada hasta el final. Pero contar con ella por adelantado es casi imposible. Mientras los comunistas tengan que entendérselas con un Estado burgués todavía lo bastante fuerte, con el ejército de reserva del fascismo a sus espaldas, el camino que pasa por los consejos de fábrica, en vez de por los soviets, se presentará como mucho más probable.

Los epígonos han adoptado de una forma puramente mecánica la noción de que el control obrero de la producción, así como los soviets, solamente puede ser realizado en condiciones revolucionarias. Si los estalinistas intentasen plasmar sus prejuicios en un sistema definido, argumentarían probablemente así: el control obrero, como forma de poder económico dual, es inconcebible sin el poder político dual en el país, que a su vez es inconcebible sin la oposición de los soviets al poder de la burguesía: en consecuencia -se sentirán inclinados a concluir los estalinistas- avanzar la consigna del control obrero de la producción es admisible solo simultáneamente con la consigna de los soviets.

De todo lo que se ha dicho arriba se desprende claramente cuán falsa, esquemática y falta de vida es semejante construcción. En la práctica, se ha transformado en el ultimátum único que le partido plantea a los trabajadores: yo, el partido, os permitiré luchar por el control obrero sólo en el caso de que estéis de acuerdo en construir simultáneamente los soviets. Pero esto es precisamente lo que está en cuestión: que estos dos procesos no tienen necesariamente que desarrollarse paralela y simultáneamente. Bajo la influencia de la crisis, el desempleo y las manipulaciones rapaces de los capitalistas, la clase obrera puede llegar a estar preparada en su mayoría para luchar por la abolición del secreto comercial y por el control sobre la banca, el comercio y la producción antes de haber llegado a entender la necesidad de la conquista revolucionaria del poder.

Después de tomar el camino del control de la producción, el proletariado presionará inevitablemente en el sentido de la toma del poder y de los medios de producción. Los problemas de crédito, materiales de guerra, mercados, extenderán inmediatamente el control más allá de lo límites de las empresas individuales. En un país tan altamente industrializado como Alemania, los problemas de las exportaciones importantes deberían elevar directamente el control obrero a los órganos oficiales del estado burgués. Las contradicciones del régimen de control obrero, irreconciliables en su esencia, se verán inevitablemente agudizadas en la medida en que se amplíen su esfera y sus tareas, y se volverán pronto intolerables. Se puede encontrar una salida a estas contradicciones o bien en la toma del poder por el proletariado (Rusia) o bien en la contrarrevolución fascista, que establece la dictadura abierta del capital (Italia). Es precisamente en Alemania, con su poderosa socialdemocracia, donde la lucha por el control obrero de la producción será con toda probabilidad la primera etapa del frente único revolucionario de los trabajadores, que precede a su lucha abierta por el poder.

¿Es posible avanzar precisamente ahora, de todos modos , la consigna del control obrero? ¿Ha madurado la situación revolucionaria lo bastante para ello? La pregunta es difícil de contestar desde la barrera. No existe ningún termómetro que permita determinar de forma inmediata y precisa, la temperatura de la situación revolucionaria. Es obligatorio determinarla en la acción, en la lucha, con la ayuda de los más variados instrumentos de medida. Uno de estos instrumentos, quizás uno de los más importantes en las condiciones existente, es precisamente la consigna del control obrero de la producción.

La significación de esta consigna se basa principalmente en el hecho de que sobre su base puede ser preparado el frente único de los trabajadores comunistas con los socialdemócratas, los sin partido y los cristianos. La actitud de los obreros socialdemócratas es decisiva. El frente único revolucionario de los comunistas y los socialdemócratas, esa es la condición política fundamental que falta en Alemania para una situación directamente revolucionaria. La presencia de un fascismo fuerte es sin duda un obstáculo serio en el camino hacia la victoria. Pero el fascismo solamente puede conservar su capacidad de atracción gracias a que el proletariado está dividido y es débil, y porque le falta la posibilidad de conducir al pueblo alemán por el camino de la revolución victoriosa. El frente único revolucionario de la clase obrera significa ya, en sí mismo, un golpe político fatal para el fascismo.

Por esta razón, dicho sea de paso, la política de la dirección del partido comunista alemán sobre la cuestión del referéndum tiene un carácter especialmente criminal. A su peor enemigo no se le habría ocurrido una forma más segura de incitar a los obreros socialdemócratas contra el partido comunista y detener el desarrollo de la política de frente único revolucionario.

Este error debe ser corregido ahora. La consigna del control obrero puede ser extraordinariamente útil en este aspecto. De todos modos, debe ser abordada correctamente. Avanzada sin la preparación necesaria, como una orden burocrática, la consigna del control obrero puede no solamente mostrarse como un disparo de fogueo sino que, más aún, puede comprometer al partido a los ojos de las masas obreras socavando la confianza en él, incluso entre los trabajadores que hoy le votan. Antes de lanzar oficialmente esta consigna fundamental, se debe medir bien la situación y prepararle el camino.

Debemos empezar desde abajo, desde la fábrica, desde el taller. Los problemas del control obrero deben ser puestos a prueba y adaptados al funcionamiento de ciertas empresas industriales, bancarias y comerciales típicas. Debemos tomar como punto de partida casos especialmente claros de especulación, lock-out encubierto, ocultación pérfida de beneficios destinada a reducir los salarios o exageración mendaz de los costes de producción con el mismo propósito, etc. En una empresa que haya caído víctima de tales maquinaciones, debe ser a través de los trabajadores comunistas como se sienta el estado de ánimo del resto de las masas obreras, sobre todo de los obreros socialdemócratas: en qué medida estarían dispuestos a responder a la exigencia de abolir el secreto comercial y establecer el control obrero de la producción. Utilizando la ocasión proporcionada por casos individuales particularmente claros, debemos comenzar estableciendo directamente el problema y continuar con una propaganda persistente, y medir de este modo la fuerza de resistencia del conservadurismo socialdemócrata. Ésta sería una de las mejores formas de establecer en qué medida ha madurado la situación revolucionaria.

El tanteo preliminar del terreno supone una elaboración simultánea, teórica y propagandística, de la cuestión del partido, una instrucción seria y objetiva de los trabajadores avanzados, en primer lugar de los miembros del consejo de fábrica, de los obreros sindicalistas prominentes, etc. Solamente el desarrollo de este trabajo preparatorio, esto es, el grado en que tenga éxito, puede sugerir en qué momento puede pasar el partido de la propaganda a la agitación abierta y a la acción práctica directa bajo la consigna del control obrero.

La política de la Oposición de Izquierda sobre este problema se desprende con suficiente claridad de lo que se ha planteado, al menos en sus rasgos esenciales. En el primer período, es cuestión de propaganda sobre el modo correcto en los principios de plantear la cuestión y, al mismo tiempo, de estudio de las condiciones concretas de la lucha por el control obrero. La oposición, en pequeña escala y al modesto nivel que corresponde a sus fuerzas, debe abordar el trabajo preparatorio que fue caracterizado antes como la próxima tarea del partido. Sobre la base de esta tarea, la oposición debe buscar el contacto con los comunistas que están trabajando en los consejos de fábrica y en los sindicatos, explicarles nuestra caracterización de la situación en su conjunto y aprender de ellos cómo debe ser adaptada nuestra correcta visión del desarrollo de la revolución a las condiciones concretas de la fábrica y el taller.

Postscriptum

P.S.: Quería terminar con esto, pero se me ocurre que los estalinistas podrían presentar la siguiente objeción: vosotros estáis dispuestos s "minimizar" la consigna de los soviets para Alemania, pero nos criticasteis duramente y nos estigmatizasteis porque en otro tiempo nos negamos a lanzar la consigna de los soviets en China. En realidad, semejante "objeción" pertenece a la más baja sofística, basada en el mismo fetichismo organizativo, es decir, en la identificación de la esencia de clase con la forma organizativa. Si los estalinistas hubiesen declarado entonces que había razones en China que dificultaban la aplicación de la forma soviética, si hubiesen recomendado otra forma organizativa del frente único revolucionario de las masas, habríamos prestado, naturalmente, la mayor atención a esa propuesta. Pero se nos recomendaba sustituir los soviets por el Kuomintang, esto es, por el encadenamiento de los obreros a los capitalistas. La polémica era sobre el contenido de clase de una organización, y en absoluto sobre su "técnica" organizativa. Pero debemos añadir a esto que, precisamente en China, no había obstáculos subjetivos en absoluto para la construcción de soviets, si es que tomamos en consideración la conciencia de las masas y no la de los aliados de Stalin por aquel entonces, Chiang Kai-chek y Wang Tin-wei. Los trabajadores chinos no tienen tradiciones socialdemócratas y conservadoras. El entusiasmo por la Unión Soviética era realmente universal. Incluso en la actualidad, el movimiento campesino en China se esfuerza por adoptar formas soviéticas. Todavía más general era el esfuerzo de las masas en favor de los soviets en los años 1925-27


[1] carta escrita por Trotsky a un grupo de opositores alemanes el 20 de agosto de 1931 y publicado por primera vez en el en el Biulleten Oppozitsii (Boletín de la oposición en lengua rusa) en el nº 24 de septiembre de 1931.



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