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El frente Único defensivo

Carta a un obrero socialdemócrata

 

 

Escrito el 23 de febrero de 1933, fue publicado en The Militant, 1 y 15 de abril de 1933

 

Este folleto se dirige a los obreros socialdemócratas, aunque el autor pertenezca personalmente a otro partido. Los desacuerdos entre el comu­nismo y la socialdemocracia han llegado muy lejos. Yo los considero irreconciliables. Sin embargo, el curso de los acontecimientos plantea con frecuencia ante la clase obrera tareas que exigen imperiosamente la ac­ción común de los dos partidos. ¿Es posible una acción semejante? Perfectamente posible, como atestiguan la teoría y la experiencia histó­rica: todo depende de las condiciones y el carácter de las tareas citadas. Ahora es mucho más fácil emprender una acción conjunta, cuando para el proletariado no se trata de iniciar la ofensiva por lograr nuevos obje­tivos, sino de defender las posiciones ya conquistadas.

Así es como se plantea la cuestión en Alemania. El proletariado ale­mán está en una situación en que retrocede y entrega sus posiciones. Seguramente no faltan charlatanes que afirmen que al parecer estamos en presencia de una ofensiva revolucionaria.

 

Evidentemente, esa gente no sabe distinguir entre su derecha y su izquierda. No hay ninguna duda de que sonará la hora de la ofensiva. Pero hoy el problema es detener la retirada desordenada y proceder a reagrupar fuerzas para la ofensiva. En política, como en el arte militar, comprender claramente un problema es facilitar su solución. Estar intoxicado de frases es ayudar al adversa­rio. Hay que ver claramente lo que ocurre: el enemigo de clase, esto es, el capital monopolista y los grandes propietarios feudales, dispersados por la revolución de Noviembre, ataca en toda la línea de combate. El enemigo utiliza dos medios de diferente origen histórico: en primer lugar, el aparato militar y policíaco preparado por todos los gobiernos anteriores, situados en el terreno de la Constitución de Weimar; en segundo lugar, el nacionalsocialismo, es decir, las tropas de la contrarre­volución pequeñoburguesa que el capital financiero arma e incita contra los obreros.

 

El objetivo del capital y de la casta terrateniente está claro: aplastar las organizaciones del proletariado, quitarles la posibilidad no sólo de tomar la ofensiva, sino también de defenderse. Como puede verse, veinte años de colaboración de la socialdemocracia con la burguesía no han ablandado ni un ápice el corazón de los capitalistas. Éstos sólo recono­cen una ley: la lucha por el beneficio. Y llevan esta lucha con una fiere­za y una determinación implacables, no deteniéndose ante nada y toda­vía menos ante sus propias leyes.

La clase de los explotadores habría preferido desarmar y atomizar al proletariado con el menor coste posible, sin guerra civil, con la ayuda de la policía y el ejército de la república de Weimar. Pero teme, y con razón, que los medios «legales» sean por sí mismos insuficientes para hacer retroceder a los obreros a una posición en que no tengan ningún derecho. Para esto, necesita al fascismo como una fuerza complementaria. Pero el partido de Hitler, cebado por el capital monopolista, quiere con­vertirse no en una fuerza complementaria, sino en la única fuerza gober­nante de Alemania. Esta situación origina conflictos incesantes entre los aliados gubernamentales, conflictos que a veces alcanzan un carácter crítico. Los salvadores pueden permitirse el lujo de entretenerse en in­trigas sólo porque el proletariado abandona sus posiciones sin batalla y se retira sin plan, sin sistema y sin dirección. El enemigo esta` tan suelto que no deja de discutir en público cómo y cuándo dar el siguiente golpe: ataque frontal, hundiendo el flanco izquierdo comunista, penetrando profundamente en la retaguardia de los sindicatos y cortar las comunica­ciones, etc... Los explotadores a quienes ha salvado hablan de la re­pública de Weimar como si fuera una lámpara gastada; se preguntan si todavía tiene que ser utilizada o arrojada bien lejos.

 

La burguesía disfruta de plena libertad de maniobra, es decir, para elegir los medios, la ocasión y el lugar. Sus jefes combinan las armas de la ley y las armas del bandolerismo. El proletariado no combina nada en absoluto y no se defiende. Sus tropas están divididas, y sus jefes discurren lánguidamente sobre si es posible o no asociar las fuerzas. En eso reside la esencia de las discusiones interminables sobre el frente único. Si los obreros de vanguardia no toman conciencia de la situación y. no intervienen rápidamente en el debate, el proletariado alemán puede verse crucificado durante años en la cruz del fascismo.

 

¿No es demasiado tarde?

 

Puede ser que aquí mi interlocutor socialdemócrata me interrumpa y diga, «¿no vienes demasiado tarde a hacer propaganda del frente único? ¿Qué hacías antes?»

 

Esta objeción no sería correcta. No es ésta la primera ocasión en que se plantea la cuestión de un frente único defensivo contra el fas­cismo. Me permito remitirme a lo que tuve ocasión de decir sobre este tema en septiembre de 1930, tras el primer gran éxito de los nacional­socialistas. Dirigiéndome a los obreros comunistas, escribía:

 

«El partido comunista debe llamar a la defensa de las posiciones materiales y morales que la clase obrera ha logrado conquistar en el Estado alemán. Esto se refiere muy directamente al destino de las orga­nizaciones políticas obreras, los sindicatos, periódicos, imprentas, clubs, bibliotecas, etc. Los obreros comunistas deben decir a sus compañeros socialdemócratas: "Las políticas de nuestros partidos se oponen irrecon­ciliablemente; pero si los fascistas vienen esta noche a destrozar el local de vuestra organización, vendremos corriendo, arma en mano, para ayu­daros. ¿Nos prometéis que si nuestra organización es amenazada corre­réis en nuestra ayuda?" Esta es la quintaesencia de nuestra política en el período actual. Toda nuestra agitación debe ser acometida en este tono.

 

»Cuanto más persistente, sería y precavidamente... llevemos a cabo esta agitación; cuanto más propongamos serias medidas defensivas en cada fábrica, en cada barrio y distrito obrero, menor será el peligro de que nos coja por sorpresa un ataque fascista, y mayor será la certeza de que semejante ataque unirá, en vez de separar, las filas de los obreros.»

 

El folleto del que tomo este extracto fue escrito hace dos años y medio. Hoy no existe la más ligera duda de que si se hubiera adoptado a tiempo esta política, Hitler no sería canciller en la actualidad, y las posiciones del proletariado alemán serían intomables. Pero no se puede volver al pasado. Como resultado de los errores cometidos y del tiempo que se dejó pasar, el problema de la defensa se plantea hoy con mucha mayor dificultad: pero la tarea sigue siendo la de entonces. Incluso ahora es posible alterar la relación de fuerzas a favor del proletariado. Para este objetivo, hay que tener un plan, un método, una combinación de fuerzas para la defensa, Pero, ante todo hay que tener la voluntad de defenderse. Me apresuro a añadir que sólo se defiende bien quien no se limita a la defensiva, sino quien, a la primera ocasión, esta decidido a pasar a la ofensiva.

¿Qué actitud adopta hacia esta cuestión la socialdemocracia?

 

Un pacto de no agresión

 

Los dirigentes socialdemócratas proponen al partido comunista sellar un «pacto de no agresión». Cuando leí por primera vez esta frase en el Vorwarts, pensé que era una broma casual y no muy feliz. Sin embar­go, la fórmula del pacto de no agresión esta hoy en boga y, en la actualidad, está en el centro de todas las discusiones. Los dirigentes social­demócratas no carecen de políticas probadas y habilidosas. Mayor razón para preguntarse cómo es que han podido elegir una consigna semejante, que va contra sus propios intereses.

 

La fórmula ha sido copiada de la diplomacia. El significado de este tipo de pacto es el siguiente: dos Estados que tienen causas suficientes para ir a la guerra, se comprometen durante un periodo determinado a no recurrir mutuamente a la fuerza de las armas. La Unión Soviética, por ejemplo, ha firmado un pacto semejante, inflexiblemente limitado, con Polonia. Suponiendo que estallase una guerra entre Alemania y Polonia, el pacto citado no obligaría en forma alguna a la Unión Soviética a acudir en ayuda de Polonia. No agresión, y nada más. No implica, de ninguna manera, una acción defensiva común; por el contrario, la excluye: sin esto, el pacto tendría un carácter completamente diferente y tendría que llamársele con un nombre completamente diferente.

 

¿Qué sentido, pues, dan los dirigentes socialdemócratas a esta fór­mula? ¿Amenazan los comunistas con meterse en el saco a las organiza­ciones socialdemócratas? ¿O está dispuesta la socialdemocracia a emprender una cruzada contra los comunistas? En realidad, lo que está en cuestión es algo enteramente diferente. Si se quiere emplear el lenguaje de la diplomacia, sería mejor hablar no de un pacto de no agresión, sino de una alianza defensiva contra un tercer partido, es decir, contra el fascismo. El objetivo no es detener ni conjurar una lucha armada entre comunistas y socialdemócratas -en eso no hay problema de un peligro de guerra-, sino de unir las fuerzas de los socialdemócratas y de los comunistas contra el ataque armado que ya han lanzado contra ellos los nacionalsocialistas.

 

Por increíble que pueda parecer, los dirigentes socialdemócratas están poniendo en lugar de la cuestión de la defensa verdadera contra las ac­ciones armadas del fascismo, la cuestión de la controversia política entre comunistas y socialdemócratas. Es exactamente como si en lugar de cómo prevenir el descarrilamiento de un tren, se pusiera la cuestión de la necesidad de mutua cortesía entre los viajeros de segunda y tercera clase.

 

La desgracia, en todo caso, es que la desafortunada fórmula del «pacto de no agresión» no podrá ni servir para lograr el objetivo inferior en cuyo nombre se ha agarrado por los pelos. El compromiso asumido por dos Estados de no atacarse mutuamente no elimina en forma alguna su lucha, su polémica, sus intrigas y sus maniobras. Los periódicos polacos semioficiales, a pesar del pacto, echan espuma por la boca cuando hablan de la Unión Soviética. Por su parte, la prensa soviética está lejos de hacer cumplidos al régimen polaco. La pura verdad es que los diri­gentes socialdemócratas han tomado un curso equivocado al intentar sustituir una fórmula diplomática convencional por las tareas políticas del proletariado.

 

 

Organizar conjuntamente la defensa; No olvidar el pasado; Prepararse para el futuro

 

Los periodistas socialdemócratas más prudentes traducen su pensa­miento en este sentido: no se oponen a una «crítica basada en los hechos», pero están contra las desconfianzas, los insultos y las calumnias. ¡Una actitud muy loable! Pero, ¿cómo averiguar el límite entre la crí­tica consentida y las campañas inadmisibles? ¿Y dónde están los jueces imparciales? Como regla general, la crítica nunca gusta al criticado, sobre todo cuando no puede oponer ninguna objeción a lo esencial de la crítica.

 

La cuestión de si la crítica de los comunistas es buena o mala, es una cuestión aparte. Si los comunistas y los socialdemócratas tuviesen la misma opinión sobre este tema, no habrían dos partidos en el mundo, mutua­mente independientes. Admitamos que la polémica de los comunistas no merezca mucho la pena. ¿Menoscaba ese hecho el peligro mortal del fas­cismo o hace desaparecer la necesidad de una resistencia común?

 

Sin embargo, miremos la otra cara del cuadro: la polémica de la so­cialdemocracia contra el comunismo. El Vorwärts (tomo simplemente el primer ejemplar a mano) publica el discurso que efectuó Stampfer sobre el pacto de no agresión. En este mismo número, aparece una caricatura con el siguiente lema: Los bolcheviques firman un pacto de no agresión con Pilsudsky, pero se niegan a firmar un pacto parecido con la social­democracia. Ahora bien, una caricatura también es una «agresión» polé­mica, y ésta en particular es de lo más desafortunada. El Vorwärts olvida por completo que existió un tratado de no agresión entre los soviets y Alemania durante el período en que el socialdemócrata Müller estuvo al frente del gobierno del Reich.

 

El Vorwärts del 15 de febrero, en la misma página, defiende en la primera columna la idea de un pacto de no agresión, y en la cuarta colum­na acusa a los comunistas de que su comité de fábrica de la compañía Aschinger traicionó los intereses de los obreros durante las negociaciones de una nueva escala de salarios. Emplean abiertamente la palabra «trai­cionó». El secreto que hay detrás de esta polémica (¿es una crítica basa­da en los hechos o una campaña de difamación?) es muy simple: en esa época iban a tener lugar nuevas elecciones para el comité de fábrica de la compañía Aschinger. ¿Podemos, en interés del frente único, pregunta el Vorwärts, poner fin a ataques de este género? Para que eso ocurra, el Vorwärts tendría que dejar de ser lo que es, es decir, un periódico so­cialdemócrata. Si el Vorwärts cree que imprime a propósito de los comu­nistas su primera obligación es abrir los ojos de los obreros a las faltas, crímenes, y «traiciones» de aquéllos. ¿Cómo podría ser de otra manera? La necesidad de un acuerdo de lucha proviene de la existencia de dos partidos, pero no la suprime. La vida política continúa. Cada partido, incluso aunque adopte la actitud más sincera sobre la cuestión del frente único no puede dejar de pensar en su propio futuro.

 

 

Los adversarios cierran filas frente al peligro común

 

Supongamos por el momento que un miembro comunista del comité de fábrica de la compañía Aschinger le dice al miembro socialdemócrata: «Puesto que el Vorwärts caracteriza mi actitud sobre la cuestión de la escala de salarios como un acto de traición, no quiero defender junto a ti ni mi cabeza ni tu pescuezo de las balas fascistas.» No importa con cuanta indulgencia queramos contemplar esta acción, sólo podríamos ca­racterizar la respuesta como completamente insensata.

 

El comunista inteligente, el bolchevique sensato, dirá al socialde­mócrata: «Eres consciente de mi hostilidad hacia las opiniones expresadas por el Vorwärts. Dedico y dedicaré toda mi energía a socavar la peligro­sa influencia que este periódico tiene entre los obreros. Pero eso lo hago y lo haré mediante mis discursos, la crítica y la persuasión. Pero los fascistas quieren acabar arbitrariamente con la existencia del Vorwärts. Te prometo que conjuntamente con vosotros defenderé vuestro periódico hasta el límite de mi capacidad, pero espero que digas que al primer llamamiento también vendréis en defensa de Die Rote Fahne, prescin­diendo de tu actitud hacia sus opiniones.» ¿No es ésta una manera irre­prochable de plantear la cuestión? ¿No corresponde este método a los intereses fundamentales de todo el proletariado?

 

El bolchevique no exige al socialdemócrata que cambie la opinión que tiene del bolchevismo y de la prensa bolchevique. Además, no pide que el socialdemócrata guarde silencio durante la duración del acuerdo sobre su opinión del comunismo. Tal exigencia sería absolutamente im­perdonable. El comunista dice: «En tanto yo no te haya convencido a ti y tú no me hayas convencido a mí, nos criticaremos mutuamente con total libertad, utilizando los argumentos y términos que cada cual juzgue necesarios. Pero cuando el fascista quiera amordazarnos la boca, ¡lo re­chazaremos juntos!» ¿Puede negarse un obrero socialdemócrata inteli­gente a esta propuesta?

 

La polémica entre los periódicos comunista y socialdemócrata, no im­porta cuán encarnizada pueda ser, no puede impedir a quienes componen los periódicos que lleguen a un acuerdo de lucha para organizar una de­fensa común de sus prensas de los ataques de las bandas fascistas. Los diputados socialdemócratas y comunistas en el Reichstag y en los Land­tags, los concejales, etc., están obligados a llegar a la defensa física mutua cuando los nazis recurran a los bastones cargados y a las sillas. ¿Se necesitan más ejemplos?

 

Lo que es cierto en cada caso particular también es cierto como regla general: la lucha inevitable en que están empeñados la socialdemocracia y el comunismo por ganar la dirección de la clase obrera no puede ni debe impedirles cerrar sus filas cuando hay golpes que amenazan a la clase obrera en su conjunto. ¿No es esto obvio?.

 

Dos pesos y dos balanzas

 

El Vorwärts está indignado porque los comunistas acusan a los social­demócratas (Ebert, Scheidemann, Noske, Hermann Müller, Grzesinsky) de facilitar el camino a Hitler. El Vorwärts tiene un derecho legítimo a la indignación. Pero esta observación es demasiado: ¿cómo podemos, voci­fera, formar un frente Único con tales calumniadores? ¿Qué hay aquí: sentimentalismo? ¿Sensibilidad mojigata? No, eso realmente huele a hipo­cresía. En realidad, los dirigentes de la socialdemocracia alemana no pue­den haber olvidado que Wilhem Liebknecht y August Bebel afirmaron a menudo que la socialdemocracia estaba dispuesta, para objetivos definidos, a llegar a un acuerdo con el diablo y con su abuela. Los fundadores de la socialdemocracia no exigían ciertamente que en esta ocasión el diablo dejase los cuernos en el museo ni que su abuela se convirtiese al lute­ranismo. ¿De dónde, pues, viene esta sensibilidad mojigata entre los políticos socialdemócratas que, desde 1924, han hecho frentes únicos con el kaiser, Ludendorff, Gróner, Brüning, Hindenburg? ¿De dónde vienen estos dos pesos y estas dos balanzas: una para los partidos burgue­ses, la otra para los comunistas?

Los dirigentes del Centro consideran que todo infiel que niega los dogmas de la Iglesia católica, el único salvador, está condenado y desti­nado en breve a los tormentos eternos. Eso no impidió a Hilferding, que no tenía ninguna razón particular para creer en la inmaculada concep­ción, establecer un frente único con los católicos en el gobierno y en el parlamento. Junto con el Centro, los socialdemócratas pusieron en pie el «Frente de Hierro». Sin embargo, ni por un solo instante cesaron los católicos su dura propaganda ni su polémica en las iglesias. ¿Por qué esas exigencias de Hilferding para con los comunistas? 0 un cese com­pleto de la crítica mutua, es decir, de la lucha de tendencias en el seno de la clase obrera, o un rechazo de toda acción conjunta. «¡O todo o nada!» La socialdemocracia nunca ha planteado tales ultimátums a la sociedad burguesa. Todo obrero socialdemócrata debe reflexionar sobre estos dos pesos y estas dos medidas.

 

Supongamos que en una reunión, incluso en la actualidad, alguien pre­gunta a Wels cómo es que la socialdemocracia, que dio a la república su primer canciller y su primer presidente, ha llevado al país a Hitler. Wels responderá seguramente que, en gran medida, es culpa del bolche­vismo. Seguramente no habrá día en que el Vorwärts no deje de repetir esta explicación ad nauseam. ¿Pensáis que en el frente único con los co­munistas renunciará a su derecho y deber de decir a los obreros lo que considera la verdad? Los comunistas, ciertamente, no tienen necesidad de eso. El frente único contra el fascismo es solamente un capitulo en el libro de la lucha del proletariado. Los capítulos pasados no pueden bo­rrarse. El pasado no puede olvidarse. Debemos partir de él. Recordamos la alianza de Ebert con Gröner y el papel de Noske. Recordamos en qué condiciones murieron Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht.

 

Nosotros, los bolcheviques, hemos enseñado a los obreros a no olvidar nada. Nosotros no le exigimos al diablo que se corte la cola: eso lo lastimaría y a noso­tros no nos beneficiaría. Aceptamos al diablo tal como lo ha creado la naturaleza. No necesitamos el arrepentimiento de los dirigentes social­demócratas ni su lealtad al marxismo; pero sí necesitamos la voluntad de la socialdemocracia para luchar contra el enemigo que actualmente nos amenaza de muerte. Por nuestra parte, estamos dispuestos a cumplir en la lucha común todas las promesas que hemos hecho. Prometemos luchar valientemente y llevar la lucha hasta el final. Eso basta para un acuerdo de lucha.

 

 

¡Vuestros dirigentes no quieren luchar!

 

Sin embargo, todavía queda por saber por qué los dirigentes social­demócratas hablan siempre de la polémica, de pactos de no agresión, y de las formas ofensivas de los comunistas en vez de responder esta sencilla cuestión: ¿de qué forma combatiremos a los fascistas? Por la sencilla razón de que los dirigentes socialdemócratas no quieren luchar. Acarician la esperanza de que Hindenburg los salve de Hitler. Ahora esperan otro milagro. No quieren luchar. Hace tiempo que perdieron el hábito de lu­char. La lucha los aterroriza.

 

Stampfer escribió a Eisleben respecto a las acciones del bandolerismo fascista: «La fe en el derecho y la justicia no han muerto todavía en Ale­mania» [1].

 

Es imposible leer estas palabras sin revolverse. En lugar de llamar a un frente único de lucha, encontramos las palabras consoladoras: «La fe en la justicia no ha muerto.» Ahora bien, la burguesía tiene su justiciaa, y el proletariado también tiene la suya. La injusticia armada siempre surge de la cima de la justicia desarmada. Toda la historia de la huma­nidad lo demuestra. Quienquiera que efectúe un llamamiento a este evi­dente fantasma de la justicia está engañando al proletariado. Cualquiera que desee la victoria de la justicia proletaria sobre la violencia fascista, debe agitar por la lucha y poner en pie los órganos del frente único proletario.

 

En toda la prensa socialdemócrata es imposible encontrar ni una sola línea que indique una verdadera preparación para la lucha. No hay ni una sola, tan sólo algunas frases generales, aplazamientos hasta un futuro indeterminado, confusas consolaciones. «Sólo con que los nazis empiecen algo y entonces ... » Y los nazis empezaron algo. Ellos avanzan paso a paso, ocupan tranquilamente una posición tras otra. A estos reacciona­rios malhechores pequeñoburguesas no les importan los riesgos. Ahora bien, ellos no necesitan arriesgar absolutamente nada: están seguros de antemano de que el enemigo retrocederá sin lucha. Yo no están equivo­cados en sus cálculos.

 

Por supuesto, ocurre con frecuencia que un combatiente ha de retroceder para tomar buen impulso y saltar hacia adelante. Pero los diri­gentes socialdemócratas no están inclinados a saltar hacia adelante. No quieren saltar. Y todas sus disertaciones están encaminadas a ocultar este hecho. Precisamente hace poco tiempo que afirmaban que en tanto los nazis no abandonasen el terreno de la legalidad, no habría lugar para el combate. Ahora tenemos una buena prueba de lo que era esta legalidad: una serie de pagarés sobre el golpe de Estado. No obstante, el golpe de Estado es sólo posible porque los dirigentes socialdemócratas adormecen a los obreros con frases sobre la legalidad del golpe de Estado y los consuelan con la esperanza de un nuevo Reíchstag todavía más impotente que el que le precedió. Los fascistas no pueden pedir nada mejor.

 

En la actualidad, la socialdemocracia ha dejado incluso de hablar de luchar en un futuro indeterminado. Sobre el tema de la destrucción de la organización y prensa de la clase obrera, ya iniciada, el Vorwärts «re­cuerda» al gobierno que no olvide que «en un país capitalista desarrolla­do, las condiciones de producción agrupan a los obreros en las fábricas». Estas palabras indican que la dirección de la socialdemocracia acepta por adelantado la destrucción de las organizaciones políticas, económicas y culturales creadas por tres generaciones del proletariado. «A pesar de esto» los obreros seguirán agrupados por las industrias mismas. Entonces, ¿para qué* sirven las organizaciones proletarias si la cuestión puede resol­verse así de sencillamente?

 

Los dirigentes de la socialdemocracia y de los sindicatos se lavan las manos, y se automarginan mientras esperan. Si los obreros, «agrupados por las industrias», rompen los lazos de la disciplina y empiezan la lucha, los dirigentes, evidentemente, intervendrán como lo hicieron en 1918, en el papel de pacificadores y mediadores, y se apoyarán sobre las espaldas de los obreros para restablecer las posiciones que han perdido.

 

Los dirigentes ocultan a los ojos de las masas su rechazo a luchar y su terror a la lucha mediante frases vacías sobre los pactos de no agre­sión. Obreros socialdemócratas ¡vuestros dirigentes no quieren luchar!

 

 

¿Es una maniobra nuestra propuesta?

 

Aquí el socialdemócrata nos interrumpirá de nuevo para decir: «Pues­to que no creéis en el deseo de nuestros dirigentes de luchar contra el fascismo, ¿no es una maniobra evidente vuestra propuesta de frente único?» Aún más, repetirá las reflexiones impresas en el Vorwärts res­pecto a que los obreros precisan la unidad, y no «maniobras».

 

Esta clase de argumento suena totalmente convincente. En realidad, es una frase vacía. Sí, nosotros los comunistas sabemos positivamente que los funcionarios socialdemócratas y sindicales seguirán evitando la lucha con sus mejores recursos. En el momento crítico, un amplio sector de la burocracia obrera se pasará directamente a los fascistas. El otro sector, que habrá logrado enviar a cualquier otro país sus recursos financieros cuidadosamente acumulados, emigrará en el momento oportuno. Todas estas acciones ya han empezado, y su desarrollo posterior es inevitable. Pero nosotros no confundimos este sector, en la actualidad el más influ­yente de la burocracia reformista, con el partido socialdemócrata o los sindicatos en su totalidad. El núcleo proletario del partido luchará con golpes efectivos, y arrastrará tras él a un buen sector del aparato. Exacta­mente ¿por dónde pasará` la línea de demarcación entre los renegados, traidores y desertores, de un lado, y los que quieren luchar, por el otro? Sólo podemos saberlo por la experiencia. Por eso, sin tener la más ligera confianza en la burocracia socialdemócrata, los comunistas no pueden dejar de dirigirse a todo el partido. Sólo de esta manera será posible separar a los que quieren luchar de los que quieren desertar. Si estamos equivoca­dos en nuestra valoración de WeIs, Breitscheid, Hílferding, Crispien y demás, que prueben con sus actos que somos unos embusteros. Entona­remos públicamente el mea culpa. Si todo esto es solamente una «manio­bra» por nuestra parte, es una maniobra correcta y necesaria que sirve a los intereses de la causa.

 

Vosotros, socialdemócratas, seguís en vuestro partido porque tenéis fe en su programa, en su táctica y en su dirección. Nosotros reconocemos este hecho. Vosotros consideráis falsa nuestra crítica. Eso es prerrogativa vuestra. No estáis obligados de ninguna forma a creer por fe a los comu­nistas, y ningún comunista sensato os lo exigirá. Pero, por su parte, los comunistas tienen derecho a no depositar ninguna confianza en los funcionarios de la socialdemocracia y a no considerar a los socialdemócratas como marxistas, revolucionarios y auténticos socialistas. De otra manera, los comunistas no habrían tenido ninguna necesidad de crear un partido y una internacional separados. Debemos tomar los hechos tal cual son. De­bemos levantar el frente único no en las nubes, sino sobre la base sentada por todo el desarrollo anterior. Sí vosotros creéis sinceramente que vues­tra dirección llevará a los obreros a luchar contra el fascismo, ¿qué ma­niobra comunista puede haceros desconfiar? Entonces, ¿cuál es la maniobra de que habla continuamente el Vorwärts? Pensadlo detenidamente. ¿No es esto una maniobra de vuestros dirigentes, que quieren atemorizaros con la palabra vacía «maniobra» y manteneros así alejados del frente único?

 

 

Las tareas y métodos del frente único

 

El frente único, debe tener sus órganos. No hay ninguna necesidad de imaginar cómo pueden ser: la situación misma dicta la naturaleza de esos órganos. En muchas localidades, los obreros ya han insinuado la forma de organización del frente único, como una especie de consorcio defensivo basado en todas las organizaciones e instituciones proletarias locales. Ésta es una iniciativa que hay que tomar, profundizar, consolidar y extender hasta cubrir los centros industriales con consorcios, vinculándolos mutuamente y preparando un congreso obrero alemán de defensa.

 

El hecho de que los obreros empleados y los parados se separen cada vez más conlleva un peligro mortal no sólo para los convenios colectivos, sino también para los sindicatos, incluso sin necesidad alguna de una cru­zada fascista. El frente único entre socialdemócratas y comunistas signi­fica ante todo un frente único de los obreros empleados y parados. Sin eso, cualquier lucha seria en Alemania es completamente impensable.

 

La RGO debe entrar en los Sindicatos Libres como fracción comunista. lisa es una de las condiciones principales para el éxito del frente único. Los comunistas dentro de los sindicatos deben disfrutar de los derechos de la democracia obrera y, en primer lugar, de plena libertad de crítica. Por su parte, deben de respetar los estatutos de los sindicatos y su dis­ciplina.

 

La defensa contra el fascismo no es algo aislado. El fascismo es sola­mente un garrote en manos del capital financiero. La finalidad de aplastar la democracia proletaria es elevar la tasa de explotación de la fuerza de trabajo. Ahí hay un terreno inmenso para el frente único del proletariado: la lucha por el pan diario, extendida y agudizada, conduce directamente, en las condiciones actuales, a la lucha por el control obrero de la pro­ducción.

 

Las fábricas, las minas, las grandes fincas cumplen sus funciones so­ciales sólo gracias al trabajo de los obreros. ¿Puede ser que éstos no tengan derecho a saber hacia dónde dirige el propietario el establecimientoo, por qué reduce la producción y expulsa a los obreros, cómo fija los precios, etc.? Se nos responderá: «Secretos comerciales.» ¿Qué son los se­cretos comerciales? Una confabulación de los capitalistas contra los obre­ros y todo el pueblo. Productores y consumidores, los obreros en esta doble condición, deben conquistar el derecho a controlar todas las operaciones de sus establecimientos, desenmascarando el fraude y el engaño para defen­der sus intereses y los de todo el pueblo, hechos y cifras en la mano. La lucha por el control obrero de la producción puede y debe convertirse en la consigna del frente único.

 

Respecto a la organización, las formas necesarias para la cooperación entre obreros socialdemócratas y comunistas se hallarán sin dificultad: sólo se necesita pasar de las palabras a los hechos.

 

 

El carácter irreconciliable de los partidos socialdemócrata y comunista

 

Ahora bien,, si es posible una defensa común contra la ofensiva del capital ¿no podemos ir más lejos y formar un verdadero bloque de los dos partidos sobre todas las cuestiones? Entonces, la polémica entre ambos adoptaría un carácter interno, pacífico y cordial. Ciertos socialdemócratas de izquierda, del tipo de Seydewitz, como se sabe, incluso llegan a soñar en una unión completa del partido socialdemócrata con el partido comu­nista. ¡Pero todo esto es un sueño hueco! Lo que separa a los comunis­tas de la socialdemocracia son antagonismos sobre cuestiones fundamen­tales. La forma más simple de traducir la esencia de sus desacuerdos es esta: la socialdemocracia se considera el doctor democrático del capita­lismo; nosotros somos sus enterradores revolucionarios.

El carácter irreconciliable de los dos partidos aparece con particular claridad a la luz de la reciente evolución de Alemania. Leipart lamenta que, al llamar a Hitler al poder, las clases burguesas han reventado «la integración de los obreros en el Estado» y advierte a la burguesía contra los «peligros» que se derivan de ello [2]. Leipart se convierte así en el perro guardián del Estado burgués, al querer protegerlo de la revolución proletaria. ¿Podemos soñar incluso en la unión con Leipart?

 

El Vorwärts se enorgullece cada día de que cientos de miles de social­demócratas muriesen durante la guerra «por el ideal de una Alemania mejor y más libre ... ». Solamente se olvida de explicar por qué esta Ale­mania mejor se convirtió en la Alemania de Hitler-Hugenberg. En reali­dad, los obreros alemanes, como los obreros de los demás países belige­rantes, murieron como carne de cañón, como esclavos del capital. Idea­lizar este hecho es proseguir la traición del 4 de agosto de 1914.

 

El Vorwärts sigue recurriendo a Marx, a Engels, a Wilhelm Liebk­necht, a Bebel, quien desde 1848 hasta 1871 habló de la lucha por la unidad de la nación alemana. ¡Falsos recursos! En esa época era cuestión de concluir la revolución burguesa. Todo revolucionario proletario tenía que luchar contra el particularismo y el provincianismo heredado del feudalismo. Todo revolucionario proletario tenía que luchar contra este particularismo y provincianismo en nombre de la formación de un Esta­do nacional. En la época actual, tal objetivo está investido con un carác­ter progresivo sólo en China, en Indochina, en India, en Indonesia y demás países coloniales atrasados y semicoloniales. Para los países avan­zados de Europa, las fronteras nacionales son exactamente las mismas cadenas reaccionarias que fueron en otro tiempo las fronteras feudales.

 

«La nación y la democracia son gemelos», dice el Vorwärts de nuevo. ¡Totalmente cierto! Pero esos gemelos se han vuelto viejos, achacosos y han llegado a la senilidad. La nación, como un todo económico, y la demo­cracia, como forma de la dominación de la burguesía, se han convertido en grilletes para el desarrollo de las fuerzas productivas y la civilización. Recordemos una vez más a Goethe: «Todo lo que nace está destinado a perecer.»

 

Unos cuantos millones más pueden ser sacrificados por el «corredor», por Alsacia-Lorena, por Malmedy. Estos trozos de tierra disputados pue­den estar cubiertos por tres, cinco o diez hileras de cadáveres. Todo esto puede llamarse defensa nacional. Pero la humanidad no progresará a causa de ello; por el contrario, caerá a cuatro patas en la barbarie. La salida no está en la «liberación nacional» de Alemania, sino en la liberación de Euro­pa de las fronteras nacionales. Es un problema que la burguesía no puede resolver, menos aún de lo que en su época pudieron los señores feudales poner fin al particularismo. De aquí que la coalición con la burguesía sea doblemente censurable. Una revolución proletaria es necesaria. Una federación de las repúblicas proletarias de Europa y de todo el mundo es necesaria.

 

El socialpatriotismo es el programa de los doctores del capitalismo; el internacionalismo es el programa de los enterradores de la sociedad burguesa. Este antagonismo es irreductible.

 

Democracia y dictadura

Los socialdemócratas consideran que la constitución democrática está por encima de la lucha de clases. Para nosotros, la lucha de clases está por encima de la constitución democrática. ¿Puede ser que la experiencia vivida por la Alemania de la posguerra haya pasado sin dejar huella, lo mismo que las experiencias vividas durante la guerra? La revolución de Noviembre llevó a la socialdemocracia al poder. La socialdemocracia esti­muló el poderoso movimiento de las masas por el camino del «derecho» y la «constitución». Toda la vida política que siguió en Alemania se desen­volvió sobre las bases y en el marco de la república de Weimar.

Los resultados están en la mano: la democracia burguesa se transforma legalmente, pacíficamente, en una dictadura fascista. El secreto es bastante sencillo: la democracia burguesa y la dictadura fascista son los instrumen­tos de una sola clase, los explotadores. Es absolutamente imposible impe­dir la sustitución de un instrumento por otro recurriendo a la constitución., al Tribunal Supremo de Leipzig, a las nuevas elecciones, etc. Lo necesa­rio es movilizar las fuerzas revolucionarias del proletariado. El fetichismo constitucional presta la mejor ayuda al fascismo. En la actualidad, esto ya no es una prevísión, una afirmación teórica, sino la realidad viva. Yo te pregunto, obrero socialdemócrata: si la democracia de Weimar señaló el camino para la dictadura fascista, ¿cómo puede esperarse que señale el camino para el socialismo?

 

«Pero, ¿no podemos nosotros, los obreros socialdemócratas, conquis­tar la mayoría del Reichstag democrático?»

No podéis. El capitalismo ha dejado de desarrollarse; está pudriéndose. El número de obreros industriales ya no aumenta. Un sector importante del proletariado está siendo degradado en el desempleo prolongado. Por sí mismos, estos hechos sociales excluyen la posibilidad de cualquier desa­rrollo estable y sistemático de un partido obrero en el parlamento como antes de la guerra. Pero incluso si, contra toda probabilidad, la represen­tación obrera en el parlamento aumentase rápidamente, ¿aguardaría la burguesía una expropiación pacifica? ¡La maquinaria gubernamental está completamente en sus manos! Aun aceptando que la burguesía dejase pasar el momento y permitiese que el proletariado obtuviese una represen­tación parlamentaria del 51 %, ¿no dispersarían la Reichswher, la poli­cía, la StahIhelm, y las tropas de asalto fascistas este parlamento, de la misma manera que la camarilla actual dispersa de un plumazo todos los parlamentos que le molestan?

 

«Entonces, ¿abajo con el Reichstag y las elecciones?»

 

No., no es eso lo que quiero decir. Nosotros somos marxistas, y no anarquistas. Defendemos la utilizaci5n del parlamento: no es un instru­mento para transformar la sociedad, sino un medio de reagrupar a los obreros. Sin embargo, en el desarrollo de la lucha de clases, llega un mo­mento en que es necesario decidir la cuestión de quién es el amo del país: el capital financiero o el proletariado. Las disertaciones sobre la nación y sobre la democracia en general constituyen, en tales condiciones, el em­buste más descarado. A nuestros ojos, una pequeña minoría alemana está organizando y armando, por as¡ decirlo, a la mitad de la nación para aplastar y estrangular a la otra mitad. No es cuestión ahora de reformas secundarias, sino de la vida o la muerte de la sociedad burguesa. Tales cuestiones nunca han sido decididas por un voto. Quienquiera que en la actualidad recurra al parlamento o al Tribunal Supremo de Leipzig, está engañando a los obreros y, en la práctica, está ayudando al fascismo.

 

 

No hay ningún otro camino

 

«¿Qué hay que hacer en tales condiciones?» preguntará mi interlo­cutor socialdemócrata.

 

La revolución proletaria.

 

«¿Y luego?»

 

La dictadura del proletariado.

 

«¿Como en Rusia? ¿Privaciones y sacrificios? ¿La supresión absoluta de la libertad de opinión? No, no para mí.»

Precisamente porque no estás dispuesto a pisar el camino de la revo­lución y de la dictadura, no podemos formar juntos un solo partido. Pero, sin embargo, déjame decirte que tu objeción no es digna de un proletario consciente. Sí, las privaciones de los obreros rusos son enormes. Pero, en primer lugar, los obreros rusos saben en nombre de qué están reali­zando esos sacrificios. Incluso si sufriesen una derrota, la humanidad ha­bría aprendido mucho de su experiencia. Pero, ¿en nombre de qué se sa­crificó la clase obrera alemana durante los años de la guerra imperialista? ¿O, de nuevo, durante los años de desempleo? ¿A qué conducen esos sacrificios? ¿Qué producen? ¿Qué enseñan? Sólo los sacrificios que seña­lan el camino para un futuro mejor son dignos del hombre. Esa es la primera objeción que escuché; la primera, pero no la única.

 

Los sufrimientos de los obreros rusos son enormes porque en Rusia, como consecuencia de factores históricos específicos, surgió el primer Es­tado proletario, que se ve obligado a elevarse por su propia fuerza desde una extrema pobreza. No olvides que Rusia era el país más atrasado de Europa. Allí el proletariado constituye tan sólo una reducida parte de la población. En ese país, la dictadura del proletariado tuvo que adoptar necesariamente las formas más duras. De ahí las consecuencias que de ello se derivaron: el desarrollo de la burocracia que detenta el poder, y la cadena de errores cometidos por la dirección política que ha caído bajo la influencia de esta burocracia. Sí a finales de 1918, cuando el poder estaba completamente en sus manos, la socialdemocracia hubiese entrado audazmente en el camino hacia el socialismo y hubiese concluido una alianza indisoluble con la Rusia soviética, toda la historia de Europa hu­biera tomado otra dirección y la humanidad habría llegado al socialismo en un espacio de tiempo más corto y con infinitamente menos sacrificio. No es culpa nuestra que eso no ocurriese.

 

Sí, la dictadura en la Unión Soviética, en la época actual, tiene un carácter extremadamente burocrático y deformado. Yo personalmente he criticado más de una vez en la prensa el actual régimen soviético, que es una deformación del Estado obrero. Millares y millares de mis camaradas llenan las cárceles y los lugares de exilio por haber luchado contra la burocracia estalinista. Sin embargo, aun juzgando los aspectos negativos del actual régimen soviético, hay que conservar una perspectiva histórica correcta. Si el proletariado alemán, mucho más numeroso y más civilizado que el ruso, fuera a tomar mañana el poder, esto no sólo abriría gigan­tescas perspectivas económicas y culturales, sino que también llevaría inmediatamente a una atenuación de la dictadura en la Unión Soviética.

 

No hay que pensar que la dictadura del proletariado está unida necesariamente a los métodos del terror rojo que nosotros tuvimos que aplicar en Rusia. Nosotros fuimos los pioneros. Ofendidas, las clases poseedoras rusas no creían que el nuevo régimen durase. La burguesía de Europa y de América apoyaba a la contrarrevolución rusa. En esas condiciones, solo podíamos mantenernos al precio de esfuerzos espantosos y del castigo im­placable de nuestros enemigos de clase. La victoria del proletariado en Ale­mania tendría un carácter completamente diferente. La burguesía alema­na, una vez perdido el poder, ya no tendrían ninguna esperanza de reto­marlo. La alianza de la Alemania soviética con la Rusia soviética multipli­caría, no por dos, sino por diez, la fuerza de los dos países. En el resto de Europa, la posición de la burguesía es tan comprometida que no es muy plausible que pudiese hacer que sus ejércitos avanzasen contra la Alemania proletaria. Sin duda, la guerra civil sería inevitable: hay bas­tantes fascistas para eso. Pero el proletariado alemán, armado con el poder del Estado y contando con la Unión Soviética tras él, pronto conse­guiría la atomización del fascismo, arrastrando a su lado a sectores funda­mentales de la pequeña burguesía. La dictadura del proletariado en Ale­mania tendría formas incomparablemente más suaves y civilizadas que la dictadura del proletariado en Rusia.

 

«En ese caso, ¿por qué la dictadura?»

 

Para aniquilar la explotación y el parasitismo; para aplastar la resis­tencia de los explotadores; para acabar con su inclinación a pensar en restablecer la explotación; para poner todo el poder, todos los medios de producción, todas las fuentes de civilización en las manos del proleta­riado; y para permitirle emplear todas esas fuerzas y medios en interés de la transformación socialista de la sociedad: no hay ningún otro camino.

 

 

El proletariado alemán tendrá la revolución en alemán, y no en ruso

 

«Sin embargo, ocurre a menudo que nuestros comunistas se nos apro­ximan a nosotros, socialdemócratas, con esta amenaza: esperad, que tan pronto como estemos en el poder os pondremos contra la pared.»

 

Sólo un puñado de imbéciles, charlatanes y bravucones, que están a buen seguro para huir en el momento de peligro, pueden efectuar tales amenazas. Un revolucionario serio, aun cuando reconoce la inevitablidad de la violencia revolucionaria y su función creadora, comprende al mismo tiempo que la aplicación de la violencia en la transformación socialista de la sociedad tiene límites bien definidos. Los comunistas no pueden pre­pararse a menos que busquen un entendimiento mutuo y un acercamiento con los obreros socialdemócratas. La unanimidad revolucionaria de la abrumadora mayoría del proletariado alemán reducirán al mínimo la re­presión que ejercerá la dictadura revolucionaria. No es cuestión de copiar servilmente a la Rusia sovié*tica, o de convertir sus necesidades en virtud. Eso es impropio de marxistas. Aprovechar la experiencia de la revolución de Octubre no quiere decir copiarla a ciegas. Hay que tener en cuenta las diferencias entre las naciones, en la estructura social y, sobre todo, en la importancia relativa y en el nivel cultural del proletariado. Suponer que puede hacerse la revolución socialista de una manera pacífica, presu­miblemente constitucional, con la aquiescencia del Tribunal Supremo de Leipzig, eso sólo pueden hacerlo los filisteos incurables. El proletariado alemán no podrá dar vueltas a la revolución. Pero en su revolución, habla­rá alemán, y no ruso. Estoy convencido de que hablará mucho mejor que nosotros.

 

 

¿Qué defenderemos?

 

«Muy bien, pero nosotros, los socialdemócratas, proponemos no obs­tante llegar al poder democráticamente. Vosotros, comunistas, consideráis eso una utopía absurda. En ese caso, ¿es posible el frente único defensi­vo? Para ello es necesario tener una idea clara de lo que hay que defender. Si nosotros defendemos una cosa y vosotros otra, ¿no acabaremos con las acciones comunes? ¿Aceptáis vosotros, los comunistas, defender la Consti­tución de Weimar?»

 

La pregunta es adecuada, y yo intentaré responderla sinceramente. La Constitución de Weimar representa todo un sistema de instituciones, de derechos y de leyes. Comencemos por arriba. La república tiene a su frente un presidente. ¿Aceptamos nosotros, los comunistas, defender a Hindenburg contra el fascismo? Pienso que esa necesidad deja de sentirse por sí misma, después de que Hindenburg haya llamado a los fascistas al poder. Luego viene el gobierno, presidido por Hitler. El gobierno no necesita ser defendido contra el fascismo. En tercer lugar, viene el parla­mento. Cuando aparezcan estas líneas, la suerte del parlamento surgido de las elecciones del 5 de marzo probablemente haya sido decidida. Pero incluso en esta coyuntura puede decirse con certeza que si la composi­ción del Reichstag demuestra ser hostil al gobierno; si Hitler piensa suprimir el Reichstag, y la socialdemocracia muestra determinación para luchar a favor del Reichstag, los comunistas ayudarán a la socialdemocra­cia con toda su fuerza.

 

Nosotros, los comunistas, no podemos ni queremos establecer la dictadura del proletariado contra vosotros ni sin vosotros, obreros social­demócratas. Queremos llegar a esta dictadura junto con vosotros. Y no­sotros contemplamos la defensa común contra el fascismo como el primer paso en este sentido. Evidentemente, a nuestros ojos, el Reichstag no es una conquista histórica capital que el proletariado deba defender contra los vándalos fascistas. Hay cosas más valiosas. Dentro del marco de la democracia burguesa y paralela a la incesante lucha contra ella, los elemen­tos de la democracia proletaria se han formado en el curso de muchas décadas: partidos políticos, prensa obrera, sindicato, comités de fábrica, clubs, cooperativas, sociedades deportivas, etc. La misión del fascismo no es tanto completar la destrucción de la democracia burguesa como aplas­tar los primeros esbozos de democracia proletaria. En cuanto a nuestra misión, consiste en situar esos elementos de democracia proletaria, ya creados, en la base del sistema soviético del Estado obrero. Para este fin, es necesario romper la cáscara de la democracia burguesa y liberar de ella el meollo de la democracia obrera. En eso reside la esencia de la revolu­ción proletaria. El fascismo amenaza el núcleo vital de la democracia obrera. Esto mismo dicta claramente el programa del frente único. Esta­mos dispuestos a defender vuestras imprentas y las nuestras, pero tam­bién el principio democrático de la libertad de prensa; vuestros locales y los nuestros, pero también el principio democrático de la libertad de reunión y asociación. Somos materialistas, y por eso no separamos el alma del cuerpo. En tanto no tengamos todavía la fuerza para establecer el sistema soviético, nos situamos en el terreno de la democracia burguesa. Pero, al mismo tiempo, no abrigamos ninguna ilusión.

 

 

Respecto a la libertad de prensa

 

«¿Y qué haréis con la prensa socialdemócrata si lográis tomar el poder? ¿Prohibiréis nuestros periódicos igual que los bolcheviques rusos prohibieron los periódicos mencheviques?»

 

Planteas el problema equivocadamente. ¿Qué entiendes por «nuestros» periódicos? En Rusia, la dictadura del proletariado se demostró posible sólo después de que la abrumadora mayoría de los obreros mencheviques se pasaran al lado de los bolcheviques, mientras que los despojos pequéñoburgueses del menchevismo intentaban colaborar en la lucha burguesa por la restauración de la «democracia», es decir, el capitalismo. Sin em­bargo, incluso en Rusia no inscribimos en modo alguno en nuestra ban­dera la prohibición de los periódicos mencheviques. Fuimos empujados a hacerlo por las condiciones increíblemente duras de la lucha que había que sostener para salvar y mantener la dictadura revolucionaria. En la Alemania soviética, la situación será, como ya he dicho, infinitamente más favorable; y el régimen de la prensa sentirá necesariamente los efectos de ello. Yo no creo que en este terreno el proletariado alemán necesite recurrir a la represión.

 

Sin duda, no quiero decir que el Estado obrero tolere ni aun un día el régimen de «la libertad (burguesa) de la prensa», es decir, el estado de cosas en que sólo aquellos que controlan las imprentas, las papeleras, las librerías, etc., es decir, los capitalistas, pueden publicar periódicos y libros. La «libertad de prensa» burguesa significa un monopolio del capital financiero para imponer los prejuicios capitalistas al pueblo mediante cien­tos y miles de periódicos encargados de esparcir el virus de la mentira con la forma técnica más perfecta. La libertad proletaria de prensa significará la nacionalización de las imprentas, de las papeleras y de la librerías en interés de los obreros. Nosotros no separamos el alma del cuerpo. La libertad de prensa, sin linotipias, sin imprentas y sin papel, es una ficción miserable. En el Estado proletario, los medios técnicos de imprimir se pondrán a la disposición de grupo de ciudadanos según su importancia numérica real. ¿Cómo se hará eso? La socialdemocracia obtendrá las fa­cilidades de impresión correspondientes al número de sus seguidores. No creo que en esa época este número sea muy elevado: de lo contrario, el régimen mismo de la dictadura del proletariado sería imposible. No obstante, dejemos que el futuro resuelva esta cuestión. Pero el principio mismo de distribuir los medios técnicos de impresión no según el grosor de la chequera, sino según el número de seguidores de un programa deter­minado, de una corriente determinada o de una escuela determinada, es, espero, el más honesto, el más democrático, el principio más auténtica­mente proletario. ¿No es así?

 

«Tal vez.»

 

Entonces, ¿va esa mano?

 

«Me gustaría pensarlo un poco.»

 

Yo no quería nada más, querido amigo: el objetivo de todas mis refle­xiones es hacerte meditar una vez más sobre todos los grandes problemas de la política proletaria.

 

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[1] Vorwärts, 14 de febrero de 1933.

[2] Vorwärts, 15 de febrero de 1933.

 

 



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