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El espectro de la revolución

A PROPÓSITO DE EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS DE LEONARDO PADURA

Instituto del Pensamiento Socialista "Karl Marx"

“Adoptando un continente grave y severo, amenazador por momentos, le dije: —Mire, Jacson: es ésta la última oportunidad que le brindo para que, en su propio beneficio, me diga toda la verdad. El asesinato de Trotsky ha producido una sensación tal en el universo entero que viene ocupando las primeras páginas de todos los periódicos y relegando a un segundo término las propias informaciones de la guerra.”[1]

Gral. Leandro Sánchez Salazar

Con una estructura similar a la de su anterior obra, La novela de mi vida, el cubano Leonardo Padura nos presenta, nuevamente, tres novelas en una con El hombre que amaba a los perros (Tusquets, Buenos Aires, 2010, 572 p.).

La novela de mi vida transitaba por tres historias: la del profesor Fernando Terry –llegado a Cuba desde el exilio con el propósito de hallar un manuscrito perdido del poeta nacional del siglo XIX, José María Heredia-, la del mismo Heredia –un verdadero prócer de las letras cubanas- y, por último, la del hijo de Heredia, convertido en masón a principios del siglo XX. En El hombre que amaba a los perros, también la Historia aparece de la mano de la ficción: el protagonista Iván Cárdenas –un escritor devenido, en cierto modo, en detective- es la excusa para abrir paso a dos personajes verdaderamente protagónicos.

Y también aquí se entretejen tres líneas narrativas. Por un lado, la protagonizada por este frustrado escritor cubano que, en los ’70, es relegado –por supuestas leves críticas al régimen- a editar artículos científicos para una revista de veterinaria. Iván Cárdenas tuvo la oportunidad de escribir “la novela de su vida” gracias a que, por casualidad, se encontró con un exiliado español en las playas de La Habana que le confió la historia –hasta entonces nunca revelada- de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. A su muerte, este “hombre que amaba a los perros” le deja un manuscrito que encierra todos los detalles de esta escabrosa historia en la que se aclara que él mismo era Ramón Mercader, algo que Padura permite sospechar al lector desde el primer momento. Pero el escritor Iván Cárdenas no se atreve a hacer nada con esa historia que le relata este desconocido que pasea sus dos borzoi en la playa, más que dejarle el manuscrito heredado a otro amigo escritor, Daniel Fonseca, quien después de leerlo también decide silenciarlo.

Ésta, siendo la historia de menor relevancia, es sin duda la que actúa como nexo entre las historias de los otros dos hombres que –al igual que Iván- amaban a los perros. Pero además, es la que permite al autor desplegar, sutilmente, sus opiniones sobre la Cuba actual (¿otra “revolución traicionada”?) y el papel que pudo haber desempeñado el régimen castrista en la protección de agentes stalinistas como Ramón Mercader.

Otra línea narrativa se desarrolla alrededor de la figura de Ramón Mercader, alias Jacques Mornard o Franck Jacson o Román Pavlovich, enterrado como Héroe de la Unión Soviética bajo una lápida con un cuarto seudónimo: Ramón Ivanovich López. Se trata del “hombre sin historia que entra en la historia con otro que en cambio es todo historia”, según las palabras de Leonardo Padura.[2] Desde sus días como combatiente de la guerra civil española –cuando, a petición de su madre Caridad del Río Hernández, acepta la misión secreta para la cual deberá entrenarse en Moscú-, hasta sus últimos años en Cuba –donde muere, enfermo de cáncer, en 1978.

Finalmente, la tercera historia es la de León Trotsky, el dirigente junto con Lenin de la Revolución Rusa de 1917, el creador y dirigente político y militar del Ejército Rojo y el fundador, en 1938, de la IV Internacional. El periodo de su vida abarcado por Padura es el de los años que transcurren entre 1929, cuando es deportado desde Alma Ata a la isla de Prinkipo –expulsado definitivamente del territorio de la Unión Soviética- y 1940, cuando es asesinado en su última morada de refugiado en Coyoacán (México).

En La novela de mi vida, el Poeta Nacional se atreve a enfrentar al tirano: “Ningún poema va a tumbar un tirano. Pero les hace una muesca, que a veces es indeleble. Porque recuerde que queda la otra Historia, la de verdad, que un día borrará su nombre de los edificios que construyó y que escupirá su tumba ya que hoy no puede escupir su figura, y con esa Historia, si es que vale en algo, estará mi poesía. Y eso, ni todo su poder lo podrá evitar.”[3] En El hombre que amaba a los perros, por el contrario, el escritor cubano desgrana su escepticismo, haciendo dudar a uno de los personajes acerca de la relevancia que pueda tener esa verdad histórica que le ha sido confiada: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”[4] En La novela de mi vida, había un manuscrito buscado por un hombre; en El hombre que amaba a los perros, tenemos a un hombre buscado fatalmente por un manuscrito. Una historia que le quema en las manos, que lo obsesiona y lo aterra, como a todos aquellos que fueron partícipes de ese secreto.

Y las tres historias entrelazadas aquí tienen como protagonistas a hombres que aman a los perros; de ahí el nombre para esta novela que, desde su título, homenajea al escritor Raymond Chandler.[5] Como en las novelas negras del norteamericano, aquí tampoco la resolución del misterio es el objetivo principal (imposible, además, tratándose de una historia sobre la cual existen abultadas biografías, obras de teatro y hasta películas) y, también como en las novelas de Chandler, a los protagonistas se los presenta como personajes decadentes (Mercader) o derrotados (Trotsky).[6]

Pero no vamos a centrarnos aquí en una valoración literaria, para la que carecemos de ilustrados criterios, sino en la visión de Trotsky que presenta Leonardo Padura y, por consecuencia, del trotskismo, en momentos en que se plantea, con mayor urgencia, el futuro de Cuba. El autor nos autoriza al decir que “la novela va a tener muchas lecturas políticas”, así que sumamos la nuestra.[7]

¿Solitario y derrotado?

Padura, ateniéndose casi estrictamente a los elementos biográficos de Trotsky que obtiene de la famosa trilogía de Isaac Deutscher[8], no puede evitar que emerja en magníficas dimensiones uno de los más grandes personajes del siglo XX. Ninguna novedad para conocedores de la biografía del creador del Ejército Rojo, pero que nos invita a pensar qué puede suscitar en la isla de Cuba, donde –como señala el mismo Padura en una entrevista- lo que fue materia de investigación para el escritor “es un asunto alrededor del cual hay gran desconocimiento, falta de información e incluso hay pasiones e historias nunca resueltas. Sobre el lado oscuro de Stalin (más grande de lo que cualquiera se imagina) no se habló ni se escribió en largos años, y Trotsky sólo fue visto como el traidor renegado, y muy poco se ha hecho para recolocarlo en el ajedrez de las luchas políticas soviéticas.”[9] El escritor cubano confiesa, incluso, que recién durante la investigación que llevó a cabo para escribir esta novela, supo de algunos hechos políticos e históricos vinculados al stalinismo.

Pero a medida que la novela avanza en su desarrollo, la gigantesca figura de Trotsky se transfigura en un hombre solo y derrotado cuyo asesinato, en última instancia, aparece fundado esencialmente en el capricho de la perversa mente asesina de un déspota como Stalin: “… el odio de Stalin, convertido en razón de Estado, había puesto en marcha la más potente maquinaria de marginación jamás dirigida contra un individuo solitario.”[10] O más adelante: “…únicamente su orgullo, su optimismo histórico y su responsabilidad le hacían empeñarse en sus ideas: al cabo de treinta años de lucha revolucionaria era evidente que aquel hombre se había quedado solo, viendo cómo a su alrededor, el mundo se quebraba bajo el peso de la reacción, los totalitarismos, la mentira y la amenaza de una guerra devastadora.”[11] Trotsky se transforma meramente en un enemigo de Stalin, un “contendiente de aquel juego por el poder y protagonista de varios horrores históricos”[12]. O en un viejo cuya conciencia vive sometida a los interrogantes y las contradicciones que el presente de la Unión Soviética le plantea sobre sus responsabilidades del pasado, por lo que Padura le atribuye la improbable sensación de estar cargando con una cruz, un fatum: “El hombre que se había enclaustrado tras aquellas paredes estaba convencido de que su vida había sido marcada por una cruz indeleble y debía de saber que, llegado el momento, ni el acero ni las piedras, ni las vigilancias podrían salvarlo porque era un condenado por la historia.”[13] Y más adelante, en las cínicas reflexiones de sus asesinos –cuando Mercader se encuentra, en la Unión Soviética comandada por Kruschev, con su entrenador del servicio secreto, dos décadas después de cometido el crimen-, el asesinato de Trotsky aparece como un gesto innecesario: “una exageración. Al viejo había que dejarlo que se muriera de soledad o que en su desesperación metiera la pata y él solo se cubriera de mierda. Nosotros lo salvamos del olvido y lo convertimos en un mártir.”[14]

Sin embargo, es válido preguntarse avanzando en dos sentidos sobre lo que aparece como una contradicción en El hombre que amaba a los perros: por un lado, ¿por qué Stalin esperó hasta 1940 para asesinar a Trotsky y no acabó con él en la misma Unión Soviética, antes de desterrarlo en los confines de Alma Ata o incluso, allí, antes de lanzarlo a “un planeta sin visado”? Y, por otro lado, si hacia finales de la década del ’30, Trotsky ya se había convertido en un “condenado por la historia”, en un hombre solitario, derrotado y aislado, ¿qué necesidad había de asesinarlo, corriendo el supuesto riesgo de “salvarlo del olvido y convertirlo en un mártir”?

La descripción que Padura hace de Trotsky, asumiendo esta figura derrotada que hereda acríticamente de Deutscher no se sostiene por la contradicción flagrante que representa el mismo acto de su asesinato. La realidad, creemos, dista mucho de este ícono de “luchador contra la historia” en que quiere convertirse a León Trotsky. Veamos.

Por qué no

No vamos a ahondar en la biografía del revolucionario ruso, sino sólo señalar algunos aspectos que permiten desplegar los términos de esta contradicción que señalamos anteriormente.

Al período revolucionario que abre la Primera Guerra Mundial y cuyo punto culminante es la triunfante Revolución Rusa, le sigue un período de reflujo de la lucha de clases y cierta estabilización del capitalismo. Los bolcheviques confiaban el destino de su revolución al triunfo de las masas proletarias en Alemania, uno de los países más adelantados de Europa. Pero la revolución fue derrotada en 1923. Con la oposición de Stalin, Zinoviev y Kamenev en el seno del buró político del Partido Bolchevique, Trotsky exige dar cuenta de estos cambios de la situación internacional y, considerando que se ha entrado en un período de estabilización relativa del capitalismo, propone reconsiderar las nuevas tareas de la Internacional Comunista y al interior del propio estado obrero. Entre tanto, Lenin moría y Stalin se encumbraba en la cúspide de un aparato en el que la vieja generación que había protagonizado los acontecimientos de 1917 ya constituía una pequeña minoría entre millares de arribistas, recién llegados y jóvenes inexpertos que se sumaban al partido que había salido victorioso de la Revolución de Octubre. Es por esto que, contra las tendencias a la burocratización del partido, enquistado en el aparato de Estado, Trotsky batalla por la necesidad de la industrialización y por la política de los comunistas en China, temas que ocupan gran parte de los debates, en el seno del bolchevismo.

Se calcula que, en sus inicios, la Oposición de Izquierda reunía entre 4 mil y 8 mil afiliados al partido. En 1926, incluso, Trotsky había podido exclamar en el Politburó que Stalin presentaba su candidatura para el puesto de “sepulturero de la revolución”, cuando éste solicitó que la oposición se retractara de sus posiciones, lo que demuestra, en sólo un gesto, el peso dirigente de su figura y la fortaleza de sus partidarios.

Recién en diciembre de 1927, los “bolcheviques-leninistas” fueron expulsados del partido, primero arrestados y luego, a partir de 1928 –después de enviar a Trotsky desterrado a Alma Ata-, deportados en masa a los más remotos confines de la Unión Soviética. En diciembre de 1929, es asesinado Iakov Blumkin, el mejor especialista en contraespionaje del Ejército Rojo en tiempos de Trotsky, que seguía desempeñándose en las filas de la GPU. Este hecho sólo puede explicarse porque aún para ese entonces, hasta en el mismo seno de la policía del régimen existía “gran número de militantes bolcheviques sacrificados y entusiastas”[15] que simpatizaban con la oposición que encabezaba el legendario dirigente del Ejército Rojo. Sus adherentes se contaban entre los obreros de las principales fábricas de Moscú y Leningrado, los profesores rojos, los genios militares y honestos soldados, los más encumbrados dirigentes de la revolución triunfante y los más antiguos bolcheviques que habían acompañado a Lenin en los años previos a la toma del poder. Stalin, por el contrario, aún contando con el cargo de Secretario General, no había descollado ni antes, ni durante, ni después de 1917 y cargaba, además, con las últimas palabras de Lenin que, antes de morir, había exigido que se lo apartara del cargo.

Por eso, aunque miles de “trotskistas” fueron entonces deportados a los campos de trabajo forzoso, encerrados en las prisiones de aislamiento y que al mismo Trotsky se lo intentaba aislar, confinándolo a Alma Ata, era imposible aún fusilarlo “sin más”, en medio de idas y venidas de la burocracia que, con el propósito de defender su propia existencia, aseguraba la supervivencia del estado obrero a costa de socavar sus propias bases.

El propio Trotsky señala en sus memorias: “El camarada Andreitchin me envía una página arrancada del número de febrero de la revista norteamericana The Nation. Después de describir concisamente los sucesos últimamente producidos aquí, el periódico, que es el órgano más prestigioso de la izquierda democrática, escribe: ‘Todo lo que queda dicho nos lleva a formular, por encima de todas, esta pregunta: ¿Quién representa en Rusia la aplicación del programa bolchevista y quién la indubitable reacción contra ella? El lector norteamericano ha creído siempre que Lenin y Trotsky sostenían la misma causa, y a idénticas conclusiones habían llegado también la prensa conservadora y los estadistas. Así, por ejemplo, el Times, de Nueva York, en el número del Año Nuevo, expresaba como su motivo de mayor regocijo que Trotsky hubiera sido expulsado felizmente del partido comunista, declarando sin ambages que ‘la oposición eliminada era partidaria de eternizar aquellas ideas y estados de cosas que habían apartado a Rusia de la civilización occidental’. En idéntico sentido se han expresado la mayoría de los grandes diarios europeos. Sir Austen Chamberlain dijo, durante la conferencia de Ginebra, si los informes de los periódicos no mienten, que Inglaterra no podía entablar ningún género de negociaciones con Rusia por la pura y sencilla razón de que ‘a Trotsky no se le había quitado todavía de en medio’. Por el momento, tendrá que contentarse con que se le haya expulsado… Desde luego, los representantes todos de la reacción en Europa están de acuerdo en que el enemigo comunista peligroso no es precisamente Stalin, sino Trotsky. Y esto, nos parece a nosotros que es bastante significativo…”[16] Sí, muy significativo.

Por qué sí

Pero en 1929 estalla la que fuera, hasta entonces, la mayor crisis económica del capitalismo en su historia. Y para los marxistas estaba claro que la crisis llevaría, inevitablemente, a la guerra, si la revolución proletaria no le salía al paso a las fuerzas capitalistas. ¿Qué significaba Trotsky, entonces? Quizás el único fragmento donde Padura entrevé la importancia histórica de la supervivencia del dirigente revolucionario ante semejante trance histórico es aquel que dice: “Pensar que su presencia aún podía generar pavor entre gobernantes y enemigos fue, más que una prueba de adversidad, una reconfortante comprobación de que todavía era considerado alguien capaz de engendrar revoluciones.”[17]

Efectivamente, la crisis económica parió las tendencias hacia la guerra mundial, pero también desarrolló tendencias revolucionarias que se plantearon efectivamente en Alemania, Francia, España, acompañadas por un sostenido ascenso obrero y campesino en Indochina, Grecia y Estados Unidos. En medio de esta situación, el proletariado enfrentaba un problema crucial para alcanzar el triunfo: sus direcciones reformistas de la socialdemocracia y el stalinismo.

En 1933, triunfa el fascismo en Alemania. Trotsky arremete contra la Internacional Comunista –guiada por la orientación staliniana del Tercer Período- por las responsabilidades que le caben en este encumbramiento de Hitler: obedeciendo a una línea política ultraizquierdista, el Partido Comunista impidió el frente único obrero para enfrentar el fascismo, alegando que la socialdemocracia también representaba los intereses de la burguesía alemana, por lo tanto, se había transformado en socialfascismo. Mientras los nazis asolaban a los comunistas y a todas las organizaciones obreras alemanas, la Internacional Comunista moría políticamente, víctima de sus propias claudicaciones. Trotsky plantea que no puede ser reformada: es necesario avanzar en la perspectiva de construir una nueva internacional y nuevos partidos revolucionarios en todo el mundo. En tanto, en la Unión Soviética, Stalin expulsaba a casi medio millón de militantes de las filas del partido.

En España se había iniciado el proceso revolucionario que, en 1936, abre paso a la guerra civil. Pero los que otrora fueran ultraizquierdistas en Alemania, se convierten aquí en aliados de las fuerzas republicanas y enemigos mortales de los socialistas de izquierda. Como señalara Trotsky, la tarea del Frente Popular era frenar la revolución y volver a ganar la confianza de las clases dominantes, que se veían empujadas a recurrir al fascismo para imponer el orden. Todo hecho bajo la cobertura provista por el propio Stalin frente a los obreros combatientes.

Entre tanto, en agosto de 1936, en la Unión Soviética se iniciaban los Juicios de Moscú que prosiguieron en enero de 1937 y marzo de 1938. En este último año son asesinados León Sedov, hijo de Trotsky y Rudolph Klement, uno de sus secretarios. Trotsky predice que Stalin buscará el acuerdo con Hitler. Algo que no tarda en llegar: en agosto de 1939, el stalinismo firma un pacto de no agresión con el nazismo. Ambos temen al espectro de la revolución: “El régimen totalitario de Hitler surgió del terror de las clases poseedoras de Alemania ante la revolución socialista. Hitler recibió de los propietarios el mandato de salvar su propiedad de la amenaza del bolchevismo a cualquier precio y de abrirles el camino a la dominación del mundo. El régimen totalitario de Stalin surgió del gran terror al pueblo revolucionario estrangulado que siente la nueva casta de advenedizos de la revolución. (…). En caso de que la URSS entre a la guerra, con las innumerables víctimas y privaciones que ésta implica, el fraude del régimen oficial, sus desmanes y violencia, provocarán inevitablemente una profunda reacción por parte del pueblo que ya lleva realizadas tres revoluciones en lo que va del siglo: nadie lo sabe mejor que Stalin.”[18]

La burocracia stalinista, en 1933, había puesto en pie de igualdad a la socialdemocracia y el fascismo, para impulsar –dos años más tarde- una alianza antifascista con sus anteriores adversarios e incluso sectores de la burguesía. En 1939 terminaba firmando una alianza con la Alemania de Hitler. ¿Cuál era la racionalidad de estos zigzags políticos? Ningún otro más que el de evitar la revolución proletaria que, de triunfar, fortalecería a las masas de la misma Unión Soviética, que terminarían por enfrentar al aparato que había usurpado el poder por medio de la liquidación del Partido Bolchevique y el estrangulamiento de la revolución socialista.

Como señaló Trotsky: “Hitler comprendió antes que otros el significado social de los juicios y las purgas de Moscú; al fin de cuentas, para él no es un secreto que ni Zinoviev, ni Kamenev, ni Rikov, ni Bujarin, ni el mariscal Tujachevsky, ni las docenas y centenares de otros revolucionarios, estadistas, diplomáticos y generales no eran sus agentes.”[19] Ciertamente, Hitler comprendió bien el peligro de la revolución, como lo atestigua esta anécdota. El diario France Soir comenta acerca de una entrevista entre Hitler y el embajador francés Coulondre, acaecida el 25 de agosto de 1939 (premonitoriamente, un año antes de que Trotsky fuera asesinado por los esbirros de Stalin), en la que el Führer se jacta del pacto que ha firmado con Stalin, lamentando que habrá de derramarse sangre francesa y alemana. “Pero –objeta Coulondre- Stalin se expone por los dos lados. El verdadero ganador [en caso de guerra] va a ser Trotsky, ¿no cree usted?” Trotsky, haciendo alusión a esta anécdota, reflexiona: “Estos caballeros han tenido a bien ponerle un nombre individual a los que esperan la revolución. Pero ésta no es la esencia de esta dramática conversación, justo en el momento en que se rompían las relaciones diplomáticas. ‘La guerra va a provocar inevitablemente la revolución’, dice el representante de la democracia imperialista, temblando de pies a cabeza y tratando de atemorizar a su adversario. ‘Lo sé –responde Hitler-, lo sé’, como si se tratara de una cuestión decidida hace ya mucho tiempo. ¡Sorprendente diálogo! Los dos, Hitler y Coulondre, representan la barbarie que avanza sobre Europa. Ninguno de ellos duda que su barbarie será derrotada por la revolución socialista. Las clases dominantes de todos los países capitalistas del mundo son hoy conscientes de ello. Su total desmoralización es uno de los elementos más importantes de la correlación de fuerzas actual. El proletariado tiene una dirección joven y todavía ilusionada. Pero la dirección de la burguesía apenas se tiene en pie. Al principio de una guerra que no pueden impedir, estos caballeros están convencidos de antemano del colapso de su régimen. ¡Este hecho debe de ser para nosotros fuente de un invencible optimismo revolucionario!”[20]

Stalin comprendió también, antes que Padura, que la figura de Trotsky era mucho más peligrosa ahora, cuando la guerra –esa partera de revoluciones- se avecinaba. El aislamiento, el cerco y la persecución de todos sus seguidores –incluyendo la aniquilación de prácticamente toda su familia- ya no eran suficientes. Mientras los obreros alemanes perecían bajo la bota nazi, los combatientes revolucionarios de España caían bajo las balas fascistas y los revolucionarios rusos morían en las cárceles y campos de prisioneros de la Unión Soviética, eran fusilados en juicios espurios, torturados o asesinados en cualquier otra parte del mundo por las garras siniestras de los servicios secretos stalinistas, en el mundo retumbaban los tambores de la guerra que habría de liquidar a 60 millones de seres humanos y Trotsky dedicaba todos sus máximos esfuerzos a la fundación de la IV Internacional.

Nadie como Trotsky advirtió que ante semejante carnicería, “la situación política mundial del momento, se caracteriza, ante todo, por la crisis histórica de la dirección del proletariado.”[21] Él encarnaba la continuidad del leninismo, durante la reacción, y ahora –frente a la conflagración mundial y las nuevas perspectivas de guerras y revoluciones que se abrían para el proletariado mundial- era quien podía enarbolar, sin mácula, las banderas del socialismo a las que se incorporaban la lucha contra la burocratización del estado obrero. El trotskismo era la única corriente que presentaba un programa a la altura del pronóstico alternativo que planteaba la situación del estado obrero degenerado por la burocracia stalinista: la burocracia se transformaría cada vez más en órgano de la burguesía mundial al interior del propio estado obrero, avanzando en la restauración capitalista, o bien la clase obrera aplastaba a la burocracia, abriendo el camino hacia el socialismo. “El odio social de los obreros por la burocracia, es precisamente lo que a los ojos de la camarilla staliniana es el trotskismo. Teme mortalmente, y con mucha razón, la vinculación de la sorda indignación de los trabajadores con la organización de la IV Internacional.”[22]

La defensa incondicional del estado obrero frente a la amenaza imperialista –esto es, centralmente, la defensa de la economía planificada, el monopolio del comercio exterior, la propiedad estatal de los medios de producción- formaba parte del programa de los trotskistas, al tiempo que se planteaba la necesidad de un levantamiento revolucionario de las masas para acabar con el régimen opresor de la burocracia stalinista, reinstaurando la democracia soviética.

Trotsky, el creador y otrora dirigente político y militar del Ejército Rojo, sabía que estaba “desarmado”, que era un capitán sin ejército y que, paradójicamente, ante la inminencia de una guerra mundial, debía prepararse para impedir la flagrante derrota de “un ejército que carecía de capitanes”. Ahí apuntaba su tarea, a la que dedicó implacablemente los últimos años de su existencia: a la formación de un partido internacional de la revolución socialista. Una tarea ineludible para el viejo revolucionario; un exceso de voluntarismo para su biógrafo, Isaac Deutscher –retomado acríticamente por Padura en esta novela- para quien la derrota se daba por descontada.

Cuba: leer a Padura como invitación a leer a Trotsky

Leonardo Padura, en distintas ocasiones, ha sugerido que su libro causará un gran debate cuando sea publicado en la isla. Y por alguna razón que desconocemos, a varios meses de su aparición y de haber sido un éxito editorial en varios países de habla hispana, incluso habiendo sido anunciada su pronta edición en el país del autor, aun no ha sido publicada en Cuba.

¿En qué sentido esta novela, presentada casi como una historia policial, puede echar luz sobre la “transición” de la que se habla en Cuba?

Trotsky trazó un pronóstico alternativo para la URSS a la salida de la II Guerra Mundial, que no llegó a avizorar porque cayó vilmente asesinado: triunfaría una revolución política o el dominio de la burocracia llevaría, inevitablemente, a la restauración capitalista. Sin embargo, ese pronóstico no se confirmó en lo inmediato; más bien se fortaleció la burocracia stalinista que mantuvo su poderío durante varias décadas más, profundizando su dominio. ¿Cómo podía explicarse esta posibilidad que no había sido prevista por Trotsky? Muchos auguraron la existencia in aeternum de la burocracia, alentaron teorías acerca de un nuevo tipo de estado –ni obrero ni burgués, sino colectivista burocrático-; otros sostuvieron que ya no había estado obrero y que la burocracia se había transformado en una clase dominante y propietaria.

Contradiciendo estas visiones antidialécticas, sostenemos que lo que sucedió fue que las condiciones “excepcionales” que Trotsky preveía en el Programa de Transición (guerra, derrota, crack financiero, ofensiva revolucionaria de las masas, etc.), fueron las que se extendieron y dieron lugar a lo “excepcional”: que partidos comunistas como el chino o el yugoeslavo, de base campesina, rompieran con la burguesía; que Stalin –fortalecido por el resultado de la conflagración- llevara adelante expropiaciones de la burguesía en el este europeo, hechas “desde arriba”, es decir, mediante la invasión de las fuerzas del Ejército Rojo.[23] Pero estas revoluciones también demuestran que si bien, por las condiciones “excepcionales” de la época, pudieron expropiar a la burguesía y llevar adelante tareas proletarias, por el carácter de clase de sus organizaciones –es decir, por ser llevadas adelante por partidos de base campesina o por partidos-ejércitos, al igual que ocurrió más tarde en Cuba o Vietnam- arrojaron el resultado de estados obreros que surgieron burocratizados desde un comienzo, bloqueando la dinámica permanentista de la revolución. Los triunfos de entonces fueron sembrando las derrotas posteriores: el orden de Yalta y Potsdam significó, esencialmente, el compromiso contrarrevolucionario del stalinismo de no propagar, ni colaborar ni alentar a la revolución a las masas de Occidente. Y la defensa de los estados obreros degenerados y deformados, hecha por la burocracia según sus propios intereses, fue socavando sus propias bases y preparando su pasaje, con armas y bagajes, al campo de la restauración.

En última instancia, el pronóstico de Trotsky –a pesar de los tiempos previstos- resultó acertado en lo esencial: el dominio de la burocracia llevó, inevitablemente, a la restauración capitalista. Las leyes de la Historia resultaron ser mucho más fuertes que los aparatos burocráticos.

¿A dónde va Cuba? De triunfar la restauración capitalista en Cuba, sin duda se propinará una gran derrota a la clase trabajadora, el campesinado y todos los explotados de América Latina y el Caribe. Para evitarlo, es necesario que la clase trabajadora y el campesinado cubano encabecen la lucha por una revolución política que, defendiendo las conquistas de la revolución social, avancen en derrotar el bloqueo imperialista y termine con los privilegios y la opresión política de la burocracia, para que, nuevamente, Cuba se convierta en la avanzada de la lucha por la revolución socialista internacional. Ni la propia burocracia gobernante, ni mucho menos el imperialismo y los “gusanos” contrarrevolucionarios de Miami pueden llevar adelante estas tareas. Para llevar a cabo este programa es necesaria la construcción de un partido obrero revolucionario internacionalista, es decir que se funde en las lecciones de la historia condensadas en la teoría y el programa revolucionario que levanta el trotskismo. Es por eso que el espectro de Trotsky sigue siendo, para los amigos de la restauración, el más temido (y por eso, el más censurado, el menos “publicable”).

De ahí que saludemos a Padura por esta obra que, aun en clave novelesca, abre la ventana de Cuba a las ideas del gran revolucionario ruso, invitando a sus lectores a leerlo de primera fuente. Pero también de ahí, que discutamos con el renombrado escritor cubano, que ni siquiera el más estúpido de los burócratas pondría tanto empeño en asesinar a un hombre solitario y derrotado, a riesgo de convertirlo en un mártir y convertirse a sí mismo en un criminal, si no fuera porque este hombre representaba en sí mismo, por sus ideas, por su programa y por la organización que se proponía poner en pie, un peligro: el peligro, para burgueses y burócratas del mundo, de la revolución proletaria internacional.


[1] Palabras del Gral. Leandro Sánchez Salazar, ex jefe del Servicio Secreto de la Policía Mexicana, durante el interrogatorio al asesino de Trotsky, el agente stalinista Ramón Mercader, en Leandro Sánchez Salazar, Así asesinaron a Trotsky, Editora de Periódicos, México, 1955.

[2] Elena Hevia, “Leonardo Padura: ‘El asesinato de Trotsky fue el fin de la utopía’”, El Periódico, Barcelona, 4/oct/09.

[3] Leonardo Padura, La novela de mi vida, Tusquets Editores, Barcelona, 2002.

[4] Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, Tusquets Editores, Buenos Aires, 2010.

[5] Raymond Chandler, escritor de novelas negras, publica el cuento “El hombre que amaba a los perros”, donde el protagonista es un asesino a sueldo, en 1936.

[6] Iván, el protagonista del tercer hilo narrativo, quizás sea quien reúne ambas características. El mismo Padura señala en la entrevista de Fernando Bogado “es una historia de fracasados históricos, de derrotados totales, de seres a los que la historia los devora, sean protagonistas o simples testigos, como es el caso de Iván.”

[7] Fernando Bogado, “El huracán de la historia”, entrevista a Leonardo Padura, Página/12, Buenos Aires, 16/may/10.

[8] La trilogía biográfica de Trotsky escrita por Deutscher (El profeta armado, El profeta desarmado, El profeta desterrado) fue publicada por primera vez en inglés, en 1959. La primera edición en español apareció en México, en 1968.

[9] Gerardo Arreola, “Padura penetra la ‘esencia de lo más tétrico del estalinismo’”, entrevista a Leonardo Padura, La Jornada, México, 13/set/09.

[10] Leonardo Padura, op.cit., p. 110.

[11] Íd., p. 142.

[12] Ibíd., p. 320.

[13] Ibíd., p. 338.

[14] Ibíd., p. 545.

[15] Pierre Broué, Los trotskistas en la URSS (1929-1938), Ediciones Rebelión, Buenos Aires, s/f.

[16] León Trotsky, Mi vida, Antídoto, Buenos Aires, 2006.

[17] Leonardo Padura, op.cit., p. 109.

[18] León Trotsky, “Los astros gemelos: Hitler-Stalin”, 4 de diciembre de 1939. Reproducido en Guerra y Revolución, CEIP, Buenos Aires, 2004.

[19] León Trotsky, “El enigma de la URSS”, 21 de junio de 1939. Publicado en Escritos (1929-1940), CD-ROM, CEIP, Buenos Aires, 2000.

[20] León Trotsky, En defensa del marxismo, El Yunque Editora, Buenos Aires, 1975.

[21] Con esta frase comienza el texto conocido como Programa de Transición, de 1938.

[22] León Trotsky, “El Programa de Transición (La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional)”, en El Programa de Transición y la fundación de la IV Internacional, compilación del CEIP, Buenos Aires, 2008.

[23] “¿Es posible la creación del gobierno obrero y campesino por las organizaciones obreras tradicionales? La experiencia del pasado demuestra, como ya lo hemos dicho, que esto es por lo menos poco probable. No obstante no es posible negar categóricamente a priori la posibilidad teórica de que bajo la influencia de una combinación de circunstancias muy excepcionales (guerra, derrota, crack financiero, ofensiva revolucionaria de las masas, etc.) partidos pequeñoburgueses, incluyendo a los stalinistas, puedan llegar más lejos de lo que ellos quisieran en el camino de una ruptura con la burguesía. En todo caso, algo es indudable: si esta variante, poco probable, llegara a realizarse en alguna parte y un ‘gobierno obrero y campesino’ –en el sentido indicado más arriba- llegara a constituirse, no representaría más que un corto episodio en el camino de la verdadera dictadura del proletariado.” León Trotsky, “El Programa de Transición”, op.cit.



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