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El abc de la dialéctica materialista

Escépticos gangrenosos como Souvarine dicen que “nadie sabe” lo que es la dialéctica. Y hay “marxistas” que se inclinan respetuosamente ante Souvarine y esperan aprender algo de él. Y esos “marxistas” no sólo hacen su nido en el Modern Monthly. Hay una corriente souvarinista en la actual oposición del Partido Socialista Obrero (SWP). Es necesario prevenir a los jóvenes camaradas: ¡cuidado con esta infección maligna!
La dialéctica no es ficción ni misticismo, sino una ciencia de las formas de nuestro pensamiento, en tanto que intenta llegar a la comprensión de los problemas más complicados y profundos, superando las limitaciones de los asuntos de la vida diaria. La dialéctica y la lógica formal guardan una relación similar a aquella entre las altas matemáticas y las matemáticas elementales. Intento extractar lo sustancial del problema de forma muy esquemática. La lógica aristotélica del silogismo simple empieza con la proposición de que A es igual a A. Este postulado se acepta como axioma para multitud de prácticas humanas y generalizaciones elementales. Pero, en realidad, A no es igual a A. Esto es fácil de probar si observamos esas dos libras bajo una lente: son completamente diferentes. Pero, puede objetar alguien, la cuestión no es el tamaño o la forma de las letras, puesto que sólo son símbolos de cualidades iguales, por ejemplo, una libra de azúcar. La objección da en el clavo: precisamente, porque una libra de azúcar nunca es igual a otra libra de azúcar: una balanza más delicada siempre revela una diferencia. Se nos puede objetar de nuevo: pero una libra de azúcar es igual a sí misma. Tampoco es cierto: todos los cuerpos cambian constantemente de peso, tamaño, color, etc., nunca son iguales a sí mismos. Un sofista responderá que una libra de azúcar es igual a sí misma “en un momento dado”. Dejando de lado el dudoso valor práctico de semejante “axioma”, este argumento tampoco resiste una crítica teórica. ¿Cómo concebimos el término “momento”? Si es un intervalo infinitesimal de tiempo, entonces la libra de azúcar está sujeta a cambios inevitables durante el transcurso de ese “momento”. ¿O es el “momento” una abstracción matemática, un tiempo cero? Pero todo existe en el tiempo; la misma existencia es un proceso de transformación ininterrumpido; el tiempo es, en consecuencia, un elemento fundamental de la existencia. Así el axioma “A es igual a A” significa que una cosa es igual a sí misma si no cambia, es decir, si no existe.

A primera vista, podría parecer que estas “sutilezas” son inútiles. En realidad, son de importancia decisiva. El axioma “A es igual a A”, parece ser, por un lado, la base de todo nuestro conocimiento, y por otro, la fuente de todos nuestros errores. Usar el axioma “A es igual a A” impunemente es posible sólo dentro de ciertos límites. Cuando los cambios cuantitativos en A son insignificantes podemos presumir que “A es igual a A”. Este es el caso del comprador y el vendedor de una libra de azúcar. De la misma manera consideramos la temperatura del sol. Hasta hace poco considerábamos de la misma manera el poder adquisitivo del dólar. Pero, una vez traspasados ciertos límites, los cambios cuantitativos pueden llegar a ser cualitativos. Una libra de azúcar sometida a la acción del agua o del kerosene deja de ser una libra de azúcar. Un dólar en manos de un presidente deja de ser un dólar. Determinar en qué momento el cambio cuantitativo se convierte en cualitativo es una de las tareas más importantes y difíciles en todas las esferas del conocimiento, incluida la sociología.
Todo trabajador sabe que es imposible hacer dos objetos totalmente iguales. En la transformación del bronce en conos, los conos sufren una cierta desviación que no debe, sin embargo, traspasar ciertos límites (a esto se le llama tolerancia). Pero, si cumplen las normas de la tolerancia, los conos son considerados iguales (A es igual a A). Cuando se sobrepasa la tolerancia, la cantidad se convierte en cualidad: en otras palabras, los conos serán inferiores o totalmente inservibles.
Nuestro pensamiento científico es sólo una parte de nuestra práctica, incluso de la técnica. También existe “tolerancia” para los conceptos, tolerancia establecida no por la lógica formal basada en el axioma “A es igual a A”, sino por la lógica dialéctica basada en el axioma de que todo está cambiando siempre. El “sentido común” se caracteriza por exceder sistemáticamente la “tolerancia” dialéctica.
El pensamiento vulgar utiliza conceptos como capitalismo, moral, libertad, estado obrero, etc., como abstracciones fijas, presuponiendo que capitalismo es igual a capitalismo, moral a moral, etc. El pensamiento dialéctico analiza todas las cosas y todos los fenómenos en su cambio continuo, determinando en las condiciones materiales de aquellos cambios el límite tras el cual “A” deja de ser “A”, un Estado obrero deja de ser un Estado obrero. El defecto fundamental del pensamiento vulgar radica en que desea conformarse con imágenes inmóviles de una realidad que consiste en movimiento perpetuo. El pensamiento dialéctico da a los conceptos, por medio de aproximaciones sucesivas, correcciones, concretizaciones, una riqueza de contenido y flexibilidad: me atrevería a decir que les da una suculencia que les aproxima mucho a los fenómenos vivos. No hablamos de capitalismo en general, sino de un determinado capitalismo en un determinado nivel de desarrollo. No hablamos de Estado obrero, sino de un Estado obrero dado, en un país atrasado y con un cerco imperialista, etc.
El pensamiento dialéctico es al vulgar lo que una película a una fotografía. La película no proscribe la fotografía, sino que las combina en series según las leyes del movimiento. La dialéctica no niega el silogismo, sino que nos enseña a combinar los silogismos de modo que nos lleven lo más cerca posible de la comprensión de una realidad eternamente cambiante.
Hegel estableció en su Lógica una serie de leyes: cambio de la cantidad en cualidad, desarrollo a través de las contradicciones, conflicto entre forma y contenido, interrupción de la continuidad, cambio de posibilidad en inevitabilidad, etc., que son tan importantes para el pensamiento teórico como el silogismo simple para tareas más elementales.
Hegel escribió antes que Darwin y antes que Marx. Gracias al poderoso impulso dado al pensamiento por la Revolución Francesa, Hegel anticipó el movimiento general de la ciencia. Pero como sólo era una anticipación, aunque fuera la de un genio, recibió de Hegel un carácter idealista. Hegel operó con sombras ideológicas como realidad última. Marx demostró que el movimiento de esas sombras ideológicas no reflejaba sino el movimiento de cuerpos materiales.
Llamamos “materialista” a nuestra dialéctica porque sus raíces no están en el cielo ni en las profundidades del “libre albedrío” sino en la realidad objetiva, en la naturaleza. Lo conciente surgió de lo inconciente, la psicología de la fisiología, el mundo orgánico del inorgánico, el sistema solar de la nebulosa. En todos los estadíos de esta escala de desarrollo, los cambios cuantitativos se convirtieron en saltos cualitativos. Nuestro pensamiento, incluso el pensamiento dialéctico, es solamente una de las formas de expresión de la materia cambiante. En este sistema no hay lugar para Dios, ni para el Diablo, ni para el alma inmortal, ni para leyes y normas morales eternas. La dialéctica del pensamiento, habiendo surgido de la dialéctica de la naturaleza, posee en consecuencia un carácter profundamente materialista.
El darwinismo, que explica la evolución de las especies mediante “saltos cualitativos”, fue el mayor triunfo de la dialéctica en el campo de la materia orgánica. Otro gran triunfo fue el descubrimiento de la tabla de pesos atómicos de los elementos químicos y posteriormente de los procesos de transformación de un elemento en otro.
A estas transformaciones (de especies, elementos, etc.) está muy ligado el problema de la clasificación, tan importante en las ciencias naturales como en las sociales. El sistema de Linneo (siglo XVIII), basado en la inmutabilidad de las especies, se limitaba a la descripción y clasificación de las plantas de acuerdo con sus características externas. El período infantil de la botánica es análogo al período infantil de la lógica, porque las formas de nuestro pensamiento evolucionan como todas las cosas vivas. Sólo el rechazo definitivo de la idea de las especies fijas, sólo el estudio de la historia de la evolución de las plantas y de su anatomía nos proporciona las bases para una clasificación realmente científica.
Marx, que, al contrario de Darwin, era conscientemente dialéctico, descubrió las bases para la clasificación científica de las sociedades humanas en el desarrollo de sus fuerzas productivas, y de la estructura de sus relaciones de propiedad, que constituyen la anatomía de la sociedad. El marxismo sustituyó la clasificación vulgar de las sociedades y los Estados, que todavía hoy prevalece en nuestras universidades, por una clasificación materialista dialéctica. Sólo mediante el método de Marx es posible determinar correctamente el concepto de estado obrero y el momento de su caída.
Todo esto, hasta donde nos es posible ver, no contiene nada de “escolástico” o de “metafísico”, como afirman los ignorantes contumaces. La lógica dialéctica expresa las leyes del movimiento en el pensamiento científico contemporáneo. Por el contrario, la lucha contra la dialéctica materialista expresa un pasado distante, el conservadurismo de la pequeña burguesía, el engreimiento de los universitarios rutinarios... y un poquito de fe en la otra vida.



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