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Declaración sobre el juicio[1]

 

 

23 de agosto de 1936

 

 

 

Las confesiones

 

Las "confesiones" de Zinoviev, Kamenev, etcéte­ra -políticos conocidos en el mundo entero- consti­tuyen, por su contenido y su tono, una confirmación grosera de mi primera declaración del 19 de agosto, acerca de que los acusados serán los verdaderos acusa­dores. En el primer proceso judicial, el 15 de enero de 1935, se acusó a Zinoviev y Kamenev de responsables morales del asesinato de Kirov; en ese momento acep­taron únicamente la responsabilidad moral por el ase­sinato. Ahora se les acusa de haber organizado directamente ese atentado terrorista y preparado otros; con la misma buena voluntad forzada se confiesan culpa­bles. Pero ninguno de los dos ha dicho una sola palabra acerca de si mantenía relaciones concretas con el asesi­no Nikolaev y, de ser así, de qué manera, a través de qué intermediarios, en qué momento y lugar y con quién se realizaron las reuniones, etcétera. Por su parte, el fiscal se cuidó de importunar a los acusados y testigos con esa clase de preguntas.

Las declaraciones de Zinoviev, Kamenev y los demás se asemejan a los artículos editoriales de Pravda e Izvestia, y agreguemos de paso que se acusa a los jefes de redacción de complicidad en los atentados terroris­tas (Bujarin, Radek).[2] Es fácil comprender la conveniencia de las autoacusaciones, conscientemente fal­sas, que fundamentalmente están dirigidas contra un tercero, es decir, el autor de estas líneas. No obstante, no debe olvidarse que estas confesiones -que son pura forma sin contenido concreto-, en boca de estos infelices acusados, son una forma de decirle al público: todo esto es mentira y falsificación.

 

Las circunstancias de mi permanencia en Copenhague

 

Aparte de Bermam-Iurin, a quien no conozco, Fritz David, a quien tampoco conozco, afirma que se reunió conmigo en Copenhague y que yo le di instrucciones para cometer atentados terroristas.[3] Estos testigos demuestran en sus declaraciones que no tienen la menor idea de lo que sucedió durante mi estadía en Copenhague. Vine directamente de Prinkipo a Copen­hague acompañado por cuatro jóvenes amigos. Dado que era la primera vez que visitaba Europa Occidental en dieciséis años, algunos amigos de Alemania, Holan­da, Bélgica, Francia, Noruega y otros países vinieron inmediatamente a verme; fueron no menos de treinta o cuarenta personas, sin contar a mis anfitriones dinamarqueses y a muchos periodistas, fotógrafos, cineas­tas, etcétera. Los jóvenes, equivocadamente o no, temían por mi seguridad. Cualquiera que quisiera llegar a mi oficina debía atravesar una antesala donde siempre había cuatro, cinco, seis amigos, o más. Por consiguiente, nadie hubiera podido verme sin darse a conocer a varios amigos que actualmente residen en Europa Occidental. Cualquier tribunal ordinario tiene la oportunidad de recabar su testimonio para verificar las afirmaciones de los dos agentes de la GPU que su­puestamente recibieron mis órdenes terroristas en Copenhague, y convencerse de que las mismas son totalmente absurdas.

 

Mi hijo León Sedov

 

Todos los terroristas que habrían recibido órdenes mías mencionan a mi hijo León Sedov, a la sazón estu­diante en Berlín; actualmente reside en París, donde acaba de finalizar sus estudios en la Sorbona. De estas declaraciones, cuidadosamente retocadas por la agen­cia Tass, surge claramente que los "terroristas" fueron elegidos por mi hijo, y sólo dos de ellos entraron en contacto conmigo en Copenhague. De ahí surge la con­clusión absurda de que yo insté a personas que no cono­cía a realizar atentados terroristas, por intermedio de un joven estudiante. La única explicación que encuen­tro para tales patrañas es que a los agentes provocadores de la GPU lógicamente les resultaría mucho más fácil acercarse a un estudiante de las universidades de Berlín o de París, hablar con él o, por lo menos, vigi­larlo, que hacérmelo a mí. Además, de paso tratan de comprometer al joven ante las autoridades francesas. Cualquiera que sea capaz de pensar políticamente se formará un juicio al respecto.

 

La Gestapo

 

La insolente acusación de que mantengo vínculos con la Gestapo es tan estúpida y vulgar que no vale la pena refutarla.

 

Un juicio independiente

 

Estas notas fueron escritas apresuradamente. En estos momentos estoy preparando un estudio del material desde el punto de vista jurídico y político. Mientras tanto, estoy dispuesto a responder cualquier pregunta que la prensa mundial quiera formularme. En mi opi­nión, lo mejor sería poner en práctica la propuesta del periódico conservador Morgenbladet (21 de Agosto) lo antes posible: que un tribunal noruego independiente verifique las acusaciones formuladas por las autorida­des soviéticas.

Naturalmente, estoy dispuesto a comparecer ante un tribunal dinamarqués para rendir cuentas de mis ac­tividades en tierra dinamarquesa. Un proceso abierto y libre tendría importancia histórica, no para mi persona, sino para el juicio.



[1] Declaración sobre el juicio. Lutte Ouvriére, 5 de setiembre de 1936. Traducido del francés [al inglés] para esta obra por David Keil.

[2] Karl Radek (1885-1939): expulsado del PC en 1927 por militar en la Oposición de Izquierda. Capituló y fue rehabilitado, pero sentenciado en el segundo juicio de Moscú (1937).

[3] Fritz David (1897-1936): acusado, junto con Berman-Iurin, de haber­se reunido con Trotsky en Copenhague en 1932 para recibir instrucciones terroristas. Había militado en el PC alemán y dirigido la columna sin­dical del periódico Rote Fahne. El primer juicio de Moscú lo condenó a muerte.



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