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Conversación con un disidente de Saint-Denis[1]

 

 

Publicado el 8 de junio de 1934

 

 

 

Según l’Humanité, ustedes están cayendo detrás de nosotros en "el campo de la contrarrevolución". En ese caso, ¿cuánto puede faltar para que los expulsen del Partido Comunista? ¿Y qué piensan hacer?

En cuanto a nuestra expulsión, el Comité Central no tardará en decretarla, ya que el distrito de Saint-­Denis resolvió por más de trescientos cincuenta votos contra un puñado de ellos romper relaciones desde ahora en adelante con la dirección del partido. ¿Qué vamos a hacer? Darle vida a nuestro Comité de vigilancia y ayudar a los obreros a establecer muchos comités más para resistir al fascismo.

Concretar la unidad de los obreros está muy bien; los apoyamos en este punto, por el que hemos luchado durante muchos años (recuerde los acontecimientos alemanes). Para combatir la clase obrera necesita unidad pese a todas sus divisiones políticas; los revo­lucionarios y los reformistas deben estrechar filas. Pero si rompen con el Partido Comunista porque pisotea las enseñanzas de Lenin sobre el frente único, no creo que quieran pisotear ustedes las enseñanzas de Lenin sobre el problema del partido. Si un partido que se autotitula comunista, la Tercera Internacional, ya no es la organización de la vanguardia marxista del proletariado, hay que construir un nuevo partido y una Cuarta Internacional. ¿Se abocará su distrito a esta tarea?

No queremos pisotear las enseñanzas de Lenin pero nos negamos a seguirlos a ustedes en la construcción de un partido y de una internacional. No se puede crear arbitrariamente estas organizaciones.

Estoy de acuerdo con ustedes en que es pernicioso crear organizaciones arbitrariamente; por eso nosotros, la Liga Comunista, combatimos al movimiento Amster­dam-Pleyel, que era un aparato formado con el objetivo de evitar la unidad de acción con las organizaciones socialistas utilizando la cobertura de personalidades literarias y artísticas sobre cuyo talento no abro juicio pero que carecen totalmente de autoridad ante las orga­nizaciones obreras.

Ustedes reconocieron en la práctica que Amster­dam-Pleyel no permitía salvaguardar la unidad de ac­ción de los trabajadores. Otros (la Federación Autóno­ma de Empleados, Action Socialiste,[2] etcétera) llega­ron a las mismas conclusiones. Hay que ponerse de acuerdo para terminar con esta combinación arbitraria que puede organizar algunos mitines para que se luzca un Thorez,[3] pero que también obstaculiza la unidad de acción en todas las comunidades y barrios al contraponerse a los comités que pueda haber de las organizaciones verdaderas.

 Terminemos con las organizaciones creadas artificialmente. Pero la clase obrera necesita un partido, una internacional comunista. Si no existe, tenemos que trabajar para construirla, tenemos que plantear claramente el problema. Esto no significa que podamos resolverlo en un par de días.

Por supuesto, no es arbitrario decir que la clase obrera necesita un partido comunista, pero para crearlo hacen falta condiciones concretas. Hoy sería prematu­ro; las masas no lo seguirían. Seguirán a los Comités de Vigilancia; están por la unidad de acción. Plantear como lo hacen ustedes la creación de un nuevo partido es aparecer como divisionista y aislarse de las masas.

No puedo aceptar el argumento del "divisionismo"; usted es comunista, y en consecuencia sabe bien que nuclear a la vanguardia del proletariado no sólo significa no dividirlo, sino crear las condiciones básicas para unificarlo en la lucha. Pero tomaré los otros argumentos suyos: es demasiado pronto, somos muy pocos. Estos argumentos se refieren a la oportunidad, no a los prin­cipios. ¿Es demasiado pronto porque las masas no están en esto? En primer lugar, estoy seguro de que somos más numerosos que los partidarios de Lenin a fines de 1914, cuando proclamó "Viva la Tercera Internacional"; él conocía bien a las masas y en determinados momentos no se asustaba de quedarse casi solo. En se­gundo lugar, ¿cómo podremos orientar a las masas hacia una idea, hacia una concepción, sin explicárselas claramente? Nunca es demasiado pronto para sentar una base política clara, y éste es el medio mas seguro de dejar de ser pocos.

Usted olvida el objetivo principal de la hora actual, cortarle el camino al fascismo; para eso hay que desa­rrollar comités de vigilancia y ligarlos a las masas. La nueva organización de la vanguardia proletaria se con­cretará en la acción y no discutiendo tesis.

Estoy muy lejos de olvidarme de la reacción y el fascismo; precisamente para combatirlos planteo el problema del partido sin contraponerlo, sino, por el contrario, ligándolo al trabajo de frente único. Para cortarle el paso al fascismo, para cortárselo definitivamente, no basta con que los obreros se le opongan físicamente en las manifestaciones, no basta con denun­ciar sus infamias en Alemania e Italia. Hoy nos defen­demos contra el avance de la reacción, pero -y ustedes así lo plantearon en su "Carta abierta a la Comin­tern"- para que esta resistencia sea eficaz tiene que convertirse en una lucha por el poder. El Comité de Vi­gilancia -señalaron ustedes correctamente- tiene que ser un paso hacia los soviets. Pero dígame, ¿quién puede plantear las consignas adecuadas para la lucha del Comité de Vigilancia, el programa de acción que oriente el lento proceso de nucleamiento de las masas? Estoy seguro de que no será el Partido Socialista; un comité antifascista no es una fuente de Juvencia donde la decrépita socialdemocracia puede sumergirse para salir rejuvenecida. Ni tampoco las masas de conjunto; éstas realizan las experiencias que les permiten elegir y avanzar por el camino de la revolución, pero con la condición de que encuentren una vanguardia que en cada etapa de la lucha les explique la situación, les señale los objetivos a lograr, los métodos a utilizar y las perspectivas estratégicas. Sólo a través de un nú­cleo inicial que actúe de manera independiente y dis­ciplinada se podrá realizar dentro del Comité de Vigi­lancia la selección necesaria. Sin eso, hasta el conjunto más numeroso de trabajadores carecería de futuro.

El Comité de Vigilancia no es garantía suficiente para la existencia del distrito de Saint-Denis. Limitarse a él es condenarse a la desintegración. Ninguno de los núcleos locales que se separaron del Partido Comunista escaparon a ese destino; el municipalismo, el PUP, la socialdemocracia se alimentan de ellos.

Una palabra más. Sus comités de vigilancia sin un partido comunista me recuerdan la consigna de... los mencheviques y los contrarrevolucionarios; con esto no quiero decir que ustedes sean mencheviques o contrarrevolucionarios. Cuando la Revolución de Oc­tubre se enfrentaba con las peores dificultades, cuando el país estaba arrasado por la Guerra Civil y el hambre, los enemigos del poder proletario planteaban la consigna "Soviets sin comunistas". La contrarrevolución comprendió instintivamente que ni siquiera la forma soviética está inmunizada contra su influencia, y que si en los soviets no estuvieran los comunistas impulsando la intransigencia de clase se los podría utilizar en contra de la revolución. Y si ocurre esto después que los so­viets tomaron el poder, con mucha mas razón ocurrirá con los comités de vigilancia, que no son soviets; podemos estar seguros de que los comités de vigilancia sin comunistas (es decir sin un partido, ya que no hay acción comunista fuera de una organización) nunca podrán convertirse en soviets ni tomar el poder.

Además, entre la cuestión de la lucha contra el fas­cismo y la del poder se introduce otra, la de la lucha contra la guerra. ¿Quién dirigirá esta lucha? En un sen­tido limitado, los comités podrían organizar acciones contra los preparativos de guerra, contra el servicio de dos años, etcétera. ¿Pero quién dirigirá el trabajo anti­fascista, quién planteará el derrotismo? En el frente único hay socialistas saturados de patriotismo o pacifis­tas que defienden a la Liga de las Naciones. Pronto estos últimos, debido a la entrada de la Unión Soviética en esa asociación de bandidos, estarán hasta dentro del Partido Comunista oficial.

Le advierto abiertamente que nunca aprobaremos sus ataques a la URSS; nunca los acompañaremos en esos ataques.

Y yo le contesto con no menos franqueza; nunca hemos atacado a la URSS. Por lo tanto, ustedes no tie­nen por qué acompañarnos en algo que no existe. Lo que hicimos fue combatir una política que considera­mos falsa y perniciosa para la Revolución de Octubre y para la revolución mundial. Ustedes combaten la política de la Comintern en Francia; ¿creen que es indepen­diente de la política general de la Comintern y de la política de la URSS? Cuando Lenin y Trotsky dirigían la Comintern y la Unión Soviética no aplicaban dos políticas contradictorias, una buena y otra mala; la política de la Comintern y la de la Unión Soviética se comple­mentaban para servir a las necesidades de la revolución proletaria internacional. Cuando la oleada revoluciona­ria retrocedió, cuando el estado obrero tuvo que hacer concesiones, sus dirigentes lo explicaron abiertamente a todos los trabajadores. Mientras que hoy, ¿qué lee­mos en l’Humanité? Primero, que el movimiento revolucionario de todos los países no deja de crecer, que va de triunfo en triunfo, que al mismo tiempo la URSS marcha a paso acelerado al socialismo y, finalmente, que la URSS va a entrar a la Liga de las Naciones. ¿Cree usted que ésta es una manifestación de fuerza, de poder?

La URSS está rodeada de un mundo hostil; tiene que saber cómo utilizar las diferencias que se dan dentro de la clase capitalista y cómo hacer compromisos con determinados estados para romper el bloque de sus enemigos.

Obviamente, ningún comunista puede reprocharle al gobierno soviético que haga acuerdos, aunque hay acuerdos y acuerdos. Pero lo inadmisible es, por un lado, que los presente como triunfos sobre la burguesía, y por el otro que base toda su actividad en su diplo­macia en lugar de construir la defensa de la URSS sobre la fuerza del movimiento revolucionario. ¿Por qué dio un giro tan abrupto hacia la derecha la política ex­terior de la Unión Soviética si no por la derrota del proletariado alemán? ¿Y cree usted que si la reacción triunfara en Francia el talento de Litvinov bastaría para proteger las conquistas del Primer Plan Quinquenal contra la marea fascista? La hostilidad a la unidad de acción y el presentar como un triunfo la entrada de la URSS en la Liga de las Naciones son manifestaciones de una sola y única política, la de la burocracia gober­nante en la URSS, cuyo horizonte se limita a la Unión Soviética y que rechaza e incluso teme las luchas revolucionarias de los demás países.

Por lo tanto, para defender a la URSS no sólo con frases huecas sino en la realidad, para desarrollar una lucha revolucionaria frente a un aparato que no sirve para nada y en contra de él, hay que hacer lo que hace­mos nosotros, lo que hace la Liga Comunista: trabajar por la reconstrucción de un partido revolucionario del proletariado. Este es el camino que ustedes, la región de Saint-Denis, tienen que seguir para estar seguros de sí mismos; éste es "el camino de Trotsky" con que los quiere asustar l’Humanité.

Nosotros queremos seguir el camino de la revo­lución.

Es lo mismo.



[1] Conversación con un disidente de Saint-Denis. The Militant, 30 de junio de 1934. Sin firma. Jaques Doriot, dirigente del PC y alcalde de Saint-Denis -un suburbio industrial donde el PC era fuerte- comenzó a plantear la necesidad del frente único contra el fascismo a principios de 1934, antes de que lo hiciera Moscú. Como el PC no discutía sus propuestas, las hizo públicas m el periódico l’Emacipation. Cuando el partido quiso echarlo renunció como alcalde pero fue reelecto y mantuvo el apoyo de la gran mayoría del PC de Saint-Denis. Poco después de la "conversación" tema de este artículo, Doriot fue llamado a Moscú a "discutir" y fue expulsado del PC. Durante un tiempo coqueteó con elementos centristas ligados al Buró de Londres-Amsterdam, luego giró a la derecha y en 1935 formó un partido fascista.

[2] Action Socialiste (Acción Socialista) era la publicación de una tendencia de izquierda de la SFIO, el Comité d’Action Socialiste et Revolutionnaire (Comité de Acción Socialista y Revolucionaria) entre cuyos dirigentes estaba Claude Just.

[3] Maurice Thorez (1900-1964): simpatizó a mediados de la década del 20 con las ideas de la Oposición de Izquierda pero después se convirtió en el principal stalinista de Francia, defensor de todos los virajes de la Comintern y, después de la Segunda Guerra Mundial, en ministro del gobierno de De Gaulle.



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