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Cómo funciona la fragua stalinista de mentiras[1]

 

 

30 de enero de 1936

 

 

 

El periódico stalinista local Arbeideren, órgano central del PC stalinista, acaba de publicar un despa­cho donde dice que Trotsky está librando una guerra contra la Unión Soviética en alianza con Hearst, zar del periodismo norteamericano, bandido de fama mun­dial y amigo de Hitler[2]. Según el despacho publiqué una serie de artículos en los diarios de Hearst bajo mi propio nombre. El día anterior a la aparición de este artículo sensacionalista recibí un telegrama de mis amigos en Nueva York, relativo a la falsificación de Hearst. Inmediatamente envié el siguiente telegrama a Cannon en Nueva York:

"Publicación de artículo Tarov por Hearst acto de bandolerismo periodístico. Pero insolencia de Hearst no justifica crímenes de camarilla stalinista. Entregué declaración a Associated Press. Trotsky."

Al mismo tiempo entregué una declaración a Associated Press.

Es sumamente interesante constatar que el pequeño Arbeideren recibió de inmediato un telegrama de Nueva York sobre mis supuestos artículos, es decir, sobre el fraude cometido por Hearst. Es evidente que los demás periódicos de la Comintern recibieron ins­trucciones todavía más amplias para que pudieran actuar. Esto demuestra la participación, no sólo del trust periodístico Hearst, sino de otro "trust" mucho más importante.

Para aclararle mi pensamiento, citaré otro caso: el 20 de junio de 1931, el periódico polaco Kuryer Cod­zienny publicó en lugar destacado un articulo supues­tamente firmado por mí. Se trataba de una falsifica­ción, fabricada a partir de unas cuantas citas de un artículo mío, combinadas con inventos groseros agre­gados por la pluma del falsificador.

Inmediatamente el Pravda de Moscú reprodujo el artículo bajo el titular "Un nuevo asistente de Pilsudski". El artículo también fue reproducido por un periódico archirreaccionario de Nueva York. Acto seguido envié una breve nota a Pravda exigiendo que se retrac­tara para no engañar a los obreros y a los campesinos rusos [véase "Carta a Pravda" en Escritos 1930-31]. En Biulleten Opozitsi, del cual soy editor, y en muchos otros periódicos, desmentí el asunto y además demostré que Kuryer Codzienny obtuvo la falsifica­ción a través de un agente de la GPU actuando bajo las órdenes de Moscú, para proseguir la campaña de ca­lumnias mediante un artículo que causaría sensación [véase "Los canallas y sus asistentes" en Escritos 1930-31].

Las cosas casi no han cambiado. Las revelaciones de Tarov y Ciliga resultan altamente comprometedoras para los stalinistas, porque no se trata de discusiones teóricas o políticas, sino de hechos reales e irrefutables. Estos hechos son tanto más inoportunos para los stali­nistas cuanto que en los últimos meses, según datos publicados en la prensa de Moscú, se han expulsado a no menos de diez mil (en realidad mucho mas) bol­cheviques-leninistas del partido, lo cual significa, naturalmente, que los han arrestado y enviado a campos de concentración, al exilio, etcétera.

¿Se trata, acaso, de enemigos de la Unión Soviéti­ca? Todos podéis estar seguros de que en el momento de mayor peligro, cuando el noventa y nueve por ciento de los autotitulados "amigos de la Unión Soviética" y quizás una buena parte de la burocracia soviética trai­cionen a la Revolución de Octubre, los arrestados se­rán sus más leales defensores. Su "crimen" consiste precisamente en el deseo de salvar a la Revolución de Octubre de la infamia y la degeneración; es decir, se oponen a la desigualdad social que crece desenfre­nadamente, a la intolerable presión sobre los obreros, a la creación de grados militares encabezados por mariscales en el Ejército Rojo, etcétera.

Ante la necesidad de contrarrestar estas revelacio­nes desagradables, y puesto que no está en posición de responder con hechos y argumentos políticos, Mos­cú trata de realizar una maniobra desviacionista. Trataron de involucrarme en el asunto de Kirov. Fracasaron porque los atentados terroristas de Nikolaev, dirigido por la GPU, tomaron un cariz muy grave. La bala fue disparada antes de que Iagoda y Medved pudieran detener a la organización que ellos mismos controlan [véanse los diversos artículos acerca del asesinato de Kirov en Escritos 1934-35]. Luego intentaron la ma­niobra de la tarjeta postal de Zeller. Tampoco tuvo gran éxito. De ahora en adelante dirán: quien mencio­ne los crímenes abominables de la burocracia de Moscú es camarada de armas de Hitler. Sabemos que la pren­sa mundial tratará de utilizar cada revelación. Cada vez que el moderado Maxton critica al Partido Laborista en el parlamento, los intransigentes [conservadores] aplauden irónicamente. ¿Acaso esto es razón para que Maxton calle? Para impedir que la reacción utilice los crímenes de la camarilla de Stalin, deben cesar los crímenes, no las revelaciones.

No sé sí Hearst tomó algunos de mis artículos directamente del Biulleten ruso, o si su "ayudante" (que bien podría ser a la vez "ayudante" de la GPU) fabri­có una serie de artículos. Esto prácticamente no alte­ra la esencia de la cuestión. Trataré de demandar a Hearst por fraude o por violación de derechos de autor. Pero la cuestión no cambia. Las canalladas de Hearst no constituyen un atenuante para los crímenes de los bonapartistas de Moscú.

Dado que Arbeideren os menciona en su última revelación, os envío esta información, que queda a vuestra disposición. Podéis usarla a vuestro criterio.

Al mismo tiempo, envío una copia de esta nota al editor de la sección internacional de Arbeiderbladet con el mismo objeto.



[1] Cómo funciona la fragua stalinista de mentiras. New Militant, 22 de febrero de 1936. Carta a Olav Scheflo, director de Soerlandet, uno de los periódicos del NAP.

[2] William Randolph Hearst (1863-1951): director de una cadena de periódicos derechistas sensacionalistas. El 19 de enero de 1936 los perió­dicos de Hearst piratearon el artículo de Tarov, que había aparecido en New Militant, el 28 de setiembre y el 19 de octubre de 1935. El mismo día, el periódico stalinista Sunday Worker publicó la noticia de que Trotsky era agente de Hearst y prometía revelar el precio que éste pagó por el artículo.



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