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Alemania y la URSS

 

Carta escrita con seudónimo el 17 de marzo de 1933, fue publicada en el Boletín interno de la Liga Comunista de América, n.º 11, 31 de marzo de 1933.

 

La ausencia total de resistencia por parte de los obreros alemanes ha provocado cierta inquietud en nuestras propias filas. Nosotros esperábamos que la marcha hacia adelante del peligro fascista superaría no sólo la pérfida política de los reformistas, sino también el sabotaje ultimatista de los estalinistas. Estas esperanzas no se confirmaron. ¿Eran falsas nuestras expectativas? Esta cuestión no puede plantearse de una manera tan formal. Estábamos obligados a partir de un curso basado en la resistencia, y hacer todo lo que estaba a nuestro alcance para su realización. Reconocer a priori la imposibilidad de la resistencia habría significado no hacer avanzar al proletariado, sino introducir un elemento de desmoralización adicional.

 

Los acontecimientos han aportado su comprobación. La primera lección se extrae en el artículo de Trotsky «La tragedia del proletariado alemán». Ahora puede decirse casi con certeza que sólo un cambio de coyuntura originaría un impulso hacia una verdadera lucha de masas. Entretanto, la tarea es principalmente de crítica y preparación. El régimen de terror fascista será una grave prueba para nuestros cuadros en su conjunto y para cada miembro en particular. Es precisamente un período así el que templa y educa a los revolucionarios. En tanto los fascistas toleren la existencia de los sindicatos, es necesario a toda costa que la Oposición de Izquierda penetre en ellos y empiece una labor conspirativa precisa en su seno. La transición a la ilegalidad no significa solamente pasar a la clandestinidad (crear un órgano en un país extranjero, meterlo de contrabando y distribuirlo, un núcleo ilegal dentro del país, etc.), sino también la capacidad para emprender una labor conspirativa dentro de las organizaciones de masas en la medida en que éstas existan.

 

La cuestión del posible papel del Ejército Rojo es planteado agudamente por muchos camaradas. No es, evidentemente, cuestión de revisar nuestra posición de principio. Si la situación interior de la URSS lo hubiera permitido, el gobierno soviético, en el momento del primer acercamiento de Hitler hacia el poder, habría movilizado algunas divisiones del ejército en la Rusia Blanca y Ucrania, naturalmente escudándose en la defensa de las fronteras soviéticas. Partiendo de la idea irrebatible de que el Ejército Rojo sólo puede auxiliar y no sustituir la revolución en otro país, algunos camaradas se inclinan a la conclusión de que, en ausencia de una guerra civil en Alemania, sería inadmisible recurrir a la movilización en la URSS. Plantear de tal manera la cuestión es demasiado abstracto. Naturalmente, el Ejército Rojo no puede sustituir a los obreros alemanes en hacer la revolución; mejor aún, sólo puede auxiliar la revolución de los obreros alemanes. Pero, en las diferentes fases, esta ayuda puede tener diferentes manifestaciones. Por ejemplo, el Ejército Rojo puede ayudar a los obreros alemanes a empezar la revolución.

 

Lo que paralizó al proletariado alemán fue el sentimiento de desunión, de aislamiento y de desesperanza. Solamente la perspectiva de una ayuda armada del exterior habría ejercido una influencia enormemente estimulante sobre la vanguardia. El primer acto de resistencia serio contra Hitler por parte de los obreros alemanes habría provocado una disensión entre la Alemania fascista y la URSS y podía haber conducido a una solución militar. El gobierno soviético no puede tener el más pequeño interés en actuar como agresor.

 

No es una cuestión de principio, sino de oportunidad política. Para las masas campesinas, una guerra con el objetivo de ayudar al proletariado alemán habría sido difícilmente comprensible. Pero es posible atraer a los campesinos a una clase de guerra que empieza como defensa del territorio soviético contra un peligro amenazador. (Todo lo que se decía en la Historia de la revolución rusa, de Trotsky, sobre el tema de la defensa y el ataque respecto a la revolución incumbe igualmente a la cuestión de la guerra.)

 

La forma que pueda tener la acción del Ejército Rojo en los acontecimientos alemanes por supuesto que tendría que coincidir completamente con el desarrollo de aquéllos y con el estado de ánimo de las masas obreras alemanas. Pero, precisamente porque los obreros alemanes se sienten incapaces de romper las cadenas de la pasividad, la iniciativa en la lucha, incluso en la forma preliminar arriba mencionada, pertenecería al Ejército Rojo. El obstáculo a esta iniciativa, sin embargo, no es la situación actual en Alemania, sino la situación en la URSS. Parece que muchos camaradas extranjeros prestan una atención insuficiente a este aspecto de la cuestión. Hace más de un año desde que hablamos de la necesidad de la intervención del Ejército Rojo en caso de que el fascismo llegase al poder, En esto basamos nuestro pensamiento sobre la esperanza de que no sólo en Alemania sino también en Rusia se produciría el cambio político necesario que mejoraría la situación económica y, por tanto, el poder soviético habría adquirido la libertad de movimiento necesaria. En realidad, sin embargo, los desarrollos internos durante el último año han adoptado un carácter extremadamente desfavorable. La situación económica, lo mismo que el espíritu de las masas, hace difícil en alto grado una guerra.

 

Toda la información de la URSS afirma que, en las condiciones actuales, la consigna de ayuda militar al proletariado alemán parecería, incluso para los obreros avanzados rusos, como irrealizable, irreal e ilusoria.

 

Nosotros no cedemos ni un ápice en nuestra posición de principio. Aun cuando la posición de internacionalismo activo nos sirve en la actualidad sobre todo para proseguir una crítica despiadada de la burocracia soviética, que en el momento decisivo paraliza al Estado obrero, sin embargo, en ningún caso podemos dejar la situación objetiva fuera de consideración: las consecuencias de los errores se han convertido en factores objetivos. Exigir la movilización del Ejército Rojo en las condiciones actuales sería puro aventurismo. Pero tanto más resueltamente debemos, pues, exigir un cambio en la política de la URSS en nombre de la consolidación de la dictadura proletaria y el papel activo del Ejército Rojo.

 

 



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